Publicado: 16/04/2000: 535

Domingo de Ramos
Año 2000


1. Hoy comenzamos una semana que, con razón, llamamos Santa, porque está consagrada a celebrar, es decir a recordar y actualizar, los acontecimientos más importantes de la vida de Jesucristo: su Pasión, su Muerte y su Resurrección. Todos juntos comprenden lo que entendemos por Misterio Pascual o Pascua cristiana.

A lo largo de estos días, en las procesiones y especialmente en los oficios litúrgicos iremos contemplando y celebrando los diferentes aspectos de este Misterio de Fe.


2. Con una sabiduría llena de sentido pedagógico, hoy Domingo de Ramos, la Liturgia nos ofrece de manera unitaria y condensada todo el Misterio Pascual.

Este Misterio, como hemos dicho, encierra en sí dos dimensiones capitales: la Muerte y la Resurrección del Señor. Una y otra quedan subrayadas en la celebración del Domingo de Ramos:

La muerte del Señor queda retratada ante todo, en el relato que nos hace San Marcos de la Pasión. Y queda también profetizada en el texto de Isaías (Primera Lectura), que nos descubre con trazos conmovedores el sufrimiento del siervo de Yahvé y en el himno poético y teológico que canta San Pablo al Señor, que se sometió voluntariamente a la muerte en la Cruz.

La Resurrección del Señor se torna también gesto y palabra en esta Liturgia del Domingo de Ramos. La procesión de Ramos es una gozosa proclama pública por la que el pueblo creyente reconoce a Jesucristo como Señor y Salvador. En la oración inicial de la Misa hemos pedido al Padre “que un día participemos de la gloriosa Resurrección” de su Hijo. Y en el Prefacio vamos a cantar al Señor “que al morir destruyó nuestra culpa y al resucitar nos alcanzó la justificación”.


3. Esta doble dimensión del Misterio Pascual modela, de arriba abajo, toda la vida cristiana. La Muerte sin la Resurrección nos conduciría a un dolorísmo quejumbroso y pesimista. La Resurrección sin la Muerte nos llevaría a un triunfalismo vacío e ilusorio. Muerte y Resurrección juntas sitúan la vida cristiana en un realismo rebosante de esperanza.

- El realismo de la Pasión nos hace reconocer que el mal, el pecado, la debilidad, la incoherencia, la injusticia y el orgullo son compañeros inevitables de nuestro camino personal y comunitario. Tienen fuerza y están arraigados en nuestro propio corazón y en las entretelas de nuestra sociedad y de la Iglesia. Este realismo nos hace pacientes e incluso indulgentes con la debilidad de los demás. Al mismo tiempo, abre nuestros ojos para que vean muchas realidades nobles y hermosas: muchos gestos de solidaridad y de honestidad, muchas actitudes de generosidad y heroísmo.

- La esperanza, que es fundamental en la fe en la Resurrección, evita que confundamos el realismo con el fatalismo. Vivimos, al mismo tiempo, en una atmósfera de gracia y de pecado. Estamos inclinados al mal y al pecado, pero hay en nosotros y fuera de nosotros una fuerza que nos impulsa a levantarnos, a superarnos, a abrirnos a los demás y al Señor. Es la fuerza de la Resurrección de Jesucristo, que actúa en el fondo de nuestra alma, en el corazón de nuestra Iglesia y en el seno de la sociedad. Y esta fuerza, a pesar de su apariencia débil, es más vigorosa que la fuerza del mal, porque este ha sido vencido definitivamente en la Cruz del Señor.

Esta es la primera lección de nuestra Semana Santa. A nosotros nos corresponde acoger con corazón de discípulos diligentes el Misterio de que en la Muerte-con Cristo está la Vida y en la Cruz la Gloria.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga