DiócesisHomilías Mons. Dorado

Fiesta de la Inmaculada

Publicado: 08/12/1997: 648

1.- En el primer tramo del camino del Adviento nos encontramos cada año con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Esta fiesta, que se celebra en la Iglesia desde 1476, ha llegado al corazón del pueblo y sigue teniendo eco entre los jóvenes. En miles de lugares hemos celebrado, en la noche pasada, la Vigilia de la Inmaculada. Y en todos los templos del mundo católico, los hijos de la Iglesia se reúnen hoy en torno a María para saludarla con alegría como “bendita entre todas las mujeres”, como “llena de gracia”, como “la Santísima Virgen María”. Nosotros nos unimos desde esta Iglesia Catedral a esa coral inmensa de las voces de todos los fieles del mundo.


2.- El himno del Prefacio de la festividad señala el doble motivo de este especial privilegio de la Inmaculada Concepción:

- Dios preservó a la Virgen María de toda mancha de pecado original “para que en la plenitud de la gracia fuese digna Madre de su Hijo”, porque está destinada por Dios a ser la Madre del Salvador.

- Y, en segundo lugar, porque Dios la quería como imagen y modelo de una Iglesia llamada también a ser limpia y purificadora, contemplando en Ella a la abogada de la gracia y un ejemplo de santidad.


2.- Las lecturas bíblicas de la Liturgia de hoy nos ayudan a comprender el significado de la fiesta que celebramos:

En el fragmento del Evangelio de Lucas, que hemos proclamado, han sonado dos expresiones que reflejan el meollo de la fiesta de la Inmaculada: la primera es “Alégrate, llena de gracia”; la segunda es: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Al llamarla “llena de gracia” se nos está diciendo que María es la única persona humana en la que la gracia de Cristo ha sido plenamente victoriosa desde el primer instante de su vida humana hasta el último momento de su existencia mortal. En Ella no convivieron, como en nosotros, la luz de la gracia y la oscuridad del pecado. Nunca en la vida de María el egoísmo, la frivolidad, la infidelidad, se opusieron a la llamada de la gracia.

Este combate entre la invitación de Dios y la resistencia humana, que tiñe de infidelidad la vida de todos nosotros y convierte nuestro corazón en un campo de batalla en el que se alternan la victoria de la gracia y las heridas del pecado, no se dio en María. La gracia victoriosa en María nos enseña que también la gracia que nosotros recibimos tiene una virtualidad para sanar lo enfermo, para liberar nuestras esclavitudes, para dar vida a lo que hay muerto en nosotros, para alegrar lo triste y para movilizar lo que está paralizado.

La “llena de gracia”, la Purísima, nos asegura que la gracia es más poderosa que el pecado; que la honestidad es más vigorosa que la corrupción; que el amor es más fuerte que el egoísmo y que el odio. Y nos invita a tener siempre el valor para empezar de nuevo, para no instalarnos en la mediocridad ni en el escepticismo.

La respuesta de María al Ángel: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” nos revela que María fue, ante todo, apertura a Dios, docilidad al Espíritu. Su vida no consistió en buscarse a sí misma, sino en responder a Dios. La “gracia” de la Purísima fue una gracia “correspondida”. En María encontramos lucidez para descubrir las llamadas de Dios y prontitud para responder a ellas. Ella dijo siempre sí a Dios de manera total. La vida entera de María puede condensarse en una palabra: Sí, “Fiat”. Un sí que fue, en muchas ocasiones, doloroso para Ella. Vivir despierta a las invitaciones y llamadas de Dios y decirle Sí es una preciosa enseñanza que hoy nos brinda la Purísima.

La Segunda Lectura, tomada de la Carta a los Efesios, nos ayuda a comprender la común vocación que nos vincula a María. Ella es “santa e irreprochable por el amor”. Nosotros estamos llamados a serlo progresivamente, dolorosamente, en el camino de cada día. También en nosotros la gracia de Cristo, que por el Espíritu Santo hizo “santísima” a María, tiene que ir ganando terreno a la fuerza del pecado persistente en nuestra vida. María fue privilegiada precisamente para extender entre nosotros los efectos de su privilegio: “Tu victoria es nuestra victoria”, podemos decirle con verdad en este día de su fiesta. Por eso no hay mejor manera de sintonizar con la fiesta de la Inmaculada que acoger y secundar el dinamismo de la gracia de Cristo que solicita constantemente nuestra cooperación para transformar nuestra vida personal, nuestra comunidad cristiana, nuestra familia y la sociedad. La Fiesta de la Inmaculada es una llamada a la santidad, como nos recuerda el Papa al decirnos que uno de los objetivos de la preparación del Gran Jubileo del Año debe ser “suscitar en cada fiel un verdadero anhelo de santidad” (TMA, 42).

En ese empeño nos enseña a dejarnos conducir con docilidad por el Espíritu Santo y nos acompaña como “abogada de gracia y ejemplo de santidad”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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