DiócesisHomilías Mons. Dorado

María Santísima de los Milagros

Publicado: 05/09/1991: 653

María Santísima de los Milagros

Puerto de Santa María: 5 de septiembre de 1991

1.- Nos reunimos para prepararnos a la celebración de las Bodas de Diamante de la Coronación Canónica de vuestra excelsa Patrona, María Santísima de los Milagros.

Y os invito en este primer día del Triduo a una reflexión sencilla centrada en el Misterio de María y el Misterio de la Iglesia.


2.- La época actual que nos toca vivir es un tiempo hermoso y esperanzador para la Iglesia, que extendida por todo el universo, es bandera de paz y reconciliación entre los hombres. La Iglesia quizá, pese a todos sus errores y pecados, en ningún tiempo ha tenido tanto prestigio moral como tiene hoy. La Iglesia que gracias a Dios ha perdido “peso político” y ha ganado “fuerza moral”, está levantada entre las naciones como símbolo de renovación y de novedad a la que dirigen su mirada los hombres de buena voluntad que buscan la paz.


3.- Hay una relación muy viva entre el Misterio de María y el Misterio de la Iglesia. Nuestra Santa Madre la Iglesia y nuestra Madre la Virgen. Dos misterios relacionados, dos misterios vivos que llevamos tan fuertemente en el corazón. El Misterio de la Iglesia a la que amamos entrañablemente y el Misterio de María por la cual sentimos esa pasión enamorada de los hijos.

La Iglesia tiene una relación estrecha con la Virgen. Un teólogo moderno ha dicho de una manera muy expresiva: “Iglesia, sé como María”. La Iglesia tiene que mirarse en María para ser como debe ser. Si la Iglesia no se parece a María, no sería la Iglesia de Jesús. No hay Iglesia verdadera sin las notas fundamentales que definen el Misterio de María.


4.- El Misterio de María está constituido por su Maternidad y por su Virginidad. El Misterio de María está constituido porque es Madre y porque es Virgen; y la Iglesia tiene que manifestarse delante de todos los hombres como Madre y como Virgen.


5.- La Iglesia se tiene que manifestar como MADRE. La Iglesia Madre, o lo que es lo mismo, la Iglesia que engendra, que alimenta, la Iglesia que vivifica, la Iglesia que nutre, la Iglesia que hace hombres nuevos, el estilo de María.

La Iglesia es Madre porque cuida sobre todo de los pequeños o debe cuidar, cada día más, de los pequeños, de los débiles, de los últimos, de los que no tienen lugar en la mesa, de los que no tienen voz en la vida. La Iglesia Madre que nutre, que alimenta, que vivifica. La Iglesia tiene que dar signos visibles de amor a sus hijos, al estilo de María: con la misma delicadeza, con la misma ternura y con la solicitud con que Ella cuida de Jesús. La Iglesia tiene que atender a los hombres de nuestro tiempo, con frecuencia doloridos, desesperanzados, desilusionados, para llevarles un viento fresco de esperanza, un viento de ilusión. La Iglesia tiene que ser la Casa grande, casa de acogimiento, donde todos tengan nombre y sean reconocidos como personas; con capacidad de oír y tomar en serio al otro, porque la suprema angustia es no contar nada para nadie.

La Iglesia tendrá, como María, que llegar a la casa de los pobres, como Madre; tendrá que llegar a la casa de los parados y los marginados, como Madre; tendrá que llegar al mundo de la cultura como Madre que lleva la Buena Noticia.

La Iglesia tiene que dar signos sensibles de que es Madre. No debe quedarse replegada sobre sí misma, sino que tiene que salir de casa, camino de Jericó, en busca de los hijos. Hoy, el hombre que somos y la sociedad que nos rodea, reclama por encima de todo nuestra compasión, en el sentido de compartir amarguras e incertidumbres, de tener por propias las llagas ajenas. En la sociedad de hoy, tan laica y tan desmantelada, tan suficiente y tan vulnerable, una de las actitudes y tareas más necesarias para la Iglesia es la que se expresa de forma tan atractiva en la parábola del Buen Samaritano.

La sociedad necesita una Iglesia Madre evangelizadora, que anuncie verdaderamente el nombre de Dios, que dé al mundo a Jesucristo. Nuestra gente necesita oír hablar de Dios y de Jesucristo de primera mano, sin distorsiones ni caricaturas. Sólo sí podremos ayudar a encontrar una fundamentación, un sentido, unas razones para vivir, que cada vez se echan más de menos.

Y es que la comunidad política que parece ser el todo de la sociedad de hoy no ofrece ni motivos, ni ideales, ni horizontes últimos, ni esperanza suficiente para luchar, amar, aguantar y construir.


6.- Como María, la Iglesia tiene que ser también Virgen. La Virgen Santísima tiene ese privilegio y la Iglesia tiene que copiar también de Ella porque la virginidad no es un dato poético de la mujer, no es un dato puramente de castidad, sino que la virginidad es un amor de totalidad. La virginidad se define por un amor de totalidad.

Una mujer o un hombre virgen es quien entregó su vida al servicio de los demás, quien ama con totalidad, con la totalidad de su vida, el que da la salud, el que da el tiempo, el que da el dinero, quien ama con un amor que abarca a todo hombre y a todo el hombre. Los hijos de la Iglesia tenemos que amar a nuestros hermanos con un amor tan fuerte que abarque todo nuestro yo, que invada nuestro yo. No pude haber un amor mediatizado, porque no sería verdadero amor. Copiando esta faceta de la Santísima Virgen, tenemos que amar a los hombres con un amor que ocupe entendimiento, corazón, tiempo, dinero, posibilidades, talentos de todo tipo que tengamos.

La Iglesia, repartida por los distintos lugares del mundo, está llamada a ser una parábola de comunión, un simple reflejo de esta única comunión que es el Cuerpo de Cristo; y por ello también un fermento de la familia humana.

En nuestra vida común sólo es posible evangelizar redescubriendo una y otra vez el milagro de amor en el perdón diario, en la confianza del corazón y en una mirada de paz dirigida hacia los que nos son confiados. Alejándose del milagro del amor, todo se pierde, todo se disipa.


7.- A semejanza de María, la Virgen y Madre, deseamos una Iglesia que sea de verdad la comunidad de los creyentes convertidos al Evangelio de Jesucristo, una Iglesia de hombres y mujeres que crean en Dios como origen y garantía de la plena salvación de los hombres y testifiquen ante la sociedad el valor liberador y humanizante de esta fe.

La sociedad necesita una Iglesia que le ayude a moralizarse y purificarse intensamente en el campo de la economía, de todas las actividades profesionales y de la vida cívica y familiar. Debe ayudarle a recuperar la salud social y las razones verdaderas para vivir reconciliada, con tolerancia, con solidaridad y con esperanza.

Para ello es urgente redescubrir el valor decisivo de lo estrictamente religioso en la vida del hombre. La Iglesia no encontrará su camino sustituyendo su misión religiosa por otra cultura, social o política, por noble y justa que sea, sino redescubriendo la decisiva importancia de la aceptación de Dios y de su Gracia para la realización de la vida humana.

Siendo como María, la Virgen Fiel, Iglesia del Puerto de Santa María: Sé como maría Santísima de los Milagros, Madre de los hombres y Virgen Fiel.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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