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Vigilia de la Inmaculada. Fiesta de optimismo y esperanza

Publicado: 08/12/1992: 655

Vigilia de la Inmaculada, año 1992


FIESTA DE OPTIMISMO Y ESPERANZA

En pleno tiempo litúrgico de Adviento, “cuando salimos animosos al encuentro de Jesucristo”, la Iglesia pone ante nuestros ojos la figura de María en el límpido misterio de la Inmaculada Concepción. Es una fiesta radiante, de optimismo y esperanza, que nosotros queremos preparar gozosamente en esta Vigilia de alabanza. Celebramos la limpieza, la hermosura de esa singular mujer a la que el mismo Dios destinó a ser la Madre de su Hijo. Y por esto fue preservada incluso de la mancha del pecado original.

Hay que contemplar despacio a María. Dejarse envolver por el misterio de su belleza de alma y cuerpo. Respirar el aire puro que rodea su persona, su historia, su obra y su vida. Uno cae en la cuenta enseguida de que así, embelesados por su hermosura, siguiendo sus huellas, llevado como de la mano por Ella, es como se puede “salir al encuentro de Jesucristo”.

La Iglesia, en la fiesta de la Inmaculada, tiene mucho interés en hacernos caer en la cuenta de la especialísima participación de María, por designio divino, en la salvación de los hombres, que se expresa ya desde el momento de su Inmaculada Concepción.

En medio de todo el grandioso proyecto salvífico de Dios está Cristo: “Libraste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que, en la plenitud de la gracia, fuese digna Madre de tu Hijo”.En el centro, Cristo. María iba a ser su Madre y por eso convenía que la adornara “la plenitud de la gracia” desde el primer momento.

Esta mujer “llena de juventud y de limpia hermosura” es proclamada “comienzo e imagen de la Iglesia”. Dando a luz a Jesús, que es la Cabeza, nos hacía nacer también a los demás miembros del Cristo total, como llaman los Santos Padres a la Iglesia. De esta Iglesia, Ella es, desde el primer momento de su existencia, “la imagen y el comienzo”. Ella acompañará siempre a la Iglesia –a cada comunidad cristiana- “al encuentro de Cristo”.

El “Cordero Inocente” que nos viene de la Virgen purísima es el que quita el pecado del mundo. Y María, la Purísima, se convierte así en “abogada de gracia y modelo de santidad” para todo el pueblo cristiano.

La que ilumina con su luz el camino que nos conduce al encuentro con su Hijo. La que estimula y da aliento, y ayuda a continuar, y a vivir, con la esperanza de llegar a Cristo.

Todos los cristianos, y particularmente vosotros los jóvenes, mirad a María, la Inmaculada, la bendita entre todas las mujeres, y decidle con gozo y admiración:

Bendita sea tu pureza,
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A Ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, madre mía!


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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