DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo de Resurrección

Publicado: 23/04/2000: 583

Domingo de Resurrección

Año 2000


1.- En la madrugada de hoy, Domingo, millones de personas hemos proclamado por todos los rincones de la tierra que Jesucristo ha resucitado y está vivo. Y el Evangelio de la Misa nos pone de manifiesto que no es fácil llegar a esa confesión de fe. También los apóstoles tuvieron dificultad para creer y cuentan los Evangelios que veían a Jesús Resucitado y no le reconocían, que lo tenían delante de ellos y no acababan de creerlo.

La oración y las distintas experiencias pascuales les fueron abriendo a la luz y al aliento de Dios. Y fue entonces cuando sintieron en el seno de la comunidad y en cada uno de ellos, la fuerza del Espíritu Santo que cambió sus vidas, despertó sus mejores energías y su esperanza y se lanzaron a dar testimonio para que otros muchos entonces, y nosotros hoy, vivamos esa experiencia gozosa y transformadora.


2.- Cuando se proclaman estas lecturas es difícil no verse retratado: en nuestros miedos, en la desesperanza ante la misión evangelizadora, en el no saber descubrir a Jesús vivo y presente en medio de nosotros y en nuestra Iglesia. Es el Viernes Santo del evangelizador y de todo cristiano. Ahora, una vez más, el Señor nos invita a dar un paso hacia la Pascua y hacia una nueva forma de vivir que brota de su Resurrección. Y tenemos la tentación de dudar de nuestra capacidad de esperanza, de que el Evangelio tenga fuerza para interesar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, de que vayamos a convertirnos nosotros y de que el egoísmo y la injusticia puedan ser vencidos.

En las experiencias de Pascua que vivieron los primeros cristianos y que nos cuentan los Evangelios encontramos tres afirmaciones básicas:

• Que Jesús ha resucitado verdaderamente y vive en ellos una vida gloriosa.

• Que el encuentro con el resucitado ha renovado su fe y les ha cambiado en los cimientos mismos de su ser.

• Y que la fuerza del Espíritu los ha hecho testigos valientes y convencidos del Evangelio.


3.- Nosotros estamos también viviendo la Pascua de Jesús Resucitado que nos invita a abrir todas las puertas que nos tienen encerrados en nuestros miedos. Y a abrirnos al Espíritu Santo y a dejarnos guiar por él y “por la fuerza de sus santos dones para cruzar con valentía el umbral del nuevo milenio y llevar a las generaciones venideras la luz de la Palabra que salva”.

Tenemos que vivir esta Pascua en las circunstancias concretas de una sociedad que ha cambiado profundamente y que es menos favorable cuanto más directamente contraria a la fe en Dios y a la vida cristiana. Y que por eso nos exige fortalecer nuestra fe –una fe personal, decidida y clara- y nuestro testimonio cristiano. “Es necesario –como dice el Papa- suscitar en cada fiel un anhelo de santidad, un fuerte deseo de conversión y de renovación personal en un clima de oración siempre más intenso y de solidaria acogida del prójimo, especialmente del más necesitado”.

Nuestra Iglesia, y cada uno de nosotros, debemos redescubrir y actualizar nuestras propias fuerzas espirituales.


4.- Cuando Jesús resucitado se hizo presente en medio de los discípulos, la alegría de su presencia comenzó a disipar los miedos y las sombras: se sintieron perdonados, acogidos, agraciados. Descubrieron que el amor es más fuerte que el odio y que hace brotar vida de la muerte; y que el amor que es capaz de dar la vida, termina por dar la vida a todos. Vivieron una experiencia tan intensa de paz, de alegría y de esperanza, que les hizo proclamar que este regalo del Resucitado es la auténtica salvación.

Era la gran noticia que el hombre necesitaba, el verdadero Evangelio: que Dios vive y actúa en medio de su pueblo, que podemos amarnos y que el amor engendra vida. Una buena noticia de perdón y de corazón nuevos, que manan de la fe en el Resucitado; porque nos ha dado su Espíritu para que podamos amar y construir nuestra convivencia, no sobre el egoísmo, sino sobre el amor y la comunión. Y se sintieron empujados para salir al mundo a comentárselo a todos, se vieron enviados a evangelizar.

La celebración de la Pascua debe avivar en nosotros la convicción de que el Espíritu Santo existe también hoy, como en tiempos de Jesús y de los apóstoles; existe y está actuando; no tenemos que inventarlo ni despertarlo, sino reconocer su presencia en la Iglesia y en el mundo, acogerlo, secundarlo, abrirle camino y dejarnos conducir por Él.

Que el Año Santo sea para cada uno y para la Iglesia causa de renovada esperanza y de gozo en el Espíritu.

Nuestra esperanza y nuestro gozo se basa en la firme convicción de que, como dice San Pablo, “si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en nosotros, el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos hará revivir nuestros cuerpos mortales por medio de ese Espíritu que habita en nosotros” (Rom 8, 11 ss.).

Hermanos: “este es el día en que actuó el Señor. Sea nuestra alegría y nuestro gozo”. ¡Allelulia!


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga