DiócesisHomilías Mons. Dorado

Profesores de Religión y Catequistas (Melilla)

Publicado: 20/09/2002: 546

Profesores de Religión y Catequistas

Homilía: Melilla, 20 de septiembre de 2002

1.- Mis primeras palabras quieren ser, ante todo, unas palabras de gratitud y reconocimiento por el trabajo que hacéis cada día, cuya dificultad percibís vosotros mismos mucho más de cerca que yo.

2.- Al comenzar este curso os invito a seguir haciendo con ilusión y esperanza vuestro trabajo en el campo de la educación.

Espiritualidad del evangelizador: este año vamos a centrar nuestra mente y nuestro corazón en la persona del Espíritu Santo. Se trata de hundir nuestras raíces creyentes en la tierra fértil de la que brota la santidad, la comunión, la vitalidad y la eterna juventud de la Iglesia. De Él brotan “ríos de agua viva”.

3.- Este tema del Espíritu Santo nos recuerda la importancia y la necesidad de una espiritualidad auténticamente cristiana del educador. ¿Cuál es la espiritualidad del educador cristiano?

Es dejarse guiar por el Espíritu.

Algunos rasgos:

4.- El amor, fundamento de la acción educativa. La auténtica y verdadera educación presupone un auténtico y verdadero amor del educador hacia el educando. El educador que dejara de mirar con una mirada de amor a los que educa, dejaría de ser educador. Sin el amor personalizado a cada niño, adolescente o joven, no es posible educar. Se podrán hacer otras cosas: transmitir conocimientos, señalar pautas de comportamiento, … pero sólo desde el amor se podrá llegar a la profundidad del ser del cada uno de los educandos, tal como lo pide la verdadera educación.

La raíz de uno de los mayores sufrimientos del educador está en la falta de correspondencia afectiva del educando, manifestada como desconfianza, lejanía, indiferencia o desinterés.

En el educador han de tener una resonancia especial aquellas palabras de San Pablo: “Si no tengo caridad, nada aprovecha… La caridad es paciente, es servicial… no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal… La caridad no acaba nunca”.

Ese amor nos ayuda a soportar la cruz inherente a la tarea educadora.


5.- Creer en la apertura del hombre a la verdad y a la bondad. El educador mantiene la esperanza de que aquel a quien ama es capaz de abrirse también a la bondad que yo le quiero transmitir.

La fe en el valor de la acción educativa se apoya en la fe de la bondad de la persona a quien quiero educar, porque en él actúa la fuerza del Espíritu.


6.- Creer en el valor de lo que comunicamos. Es necesario que los educadores cristianos sepamos descubrir la belleza y la plenitud de una forma de vivir integralmente humana y cristiana a nuestros alumnos desde nuestra propia experiencia: que vean que lo que les enseñamos, de alguna manera, es verdad en nosotros.

“Hoy la gente cree más a los testigos que a los maestros; y si cree a los maestros es porque son testigos”.

Ofrecer una forma de vivir y de entender la vida desde las referencias fundamentales al Evangelio de Jesucristo, tal como lo vivimos nosotros.


7.- Ayudar a descubrir el rostro humano de Dios. En las personas se refleja el rostro de Dios, que ha de ir emergiendo cada vez más lúcido a través de un proceso en el que vosotros jugáis un papel insustituible.

El Espíritu insufló en la creación un aliento de vida. Ese Espíritu es el que debéis transmitir a las criaturas llamadas a ser personas.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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