DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XVII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

Publicado: 27/07/2003: 617

1.- El Evangelio de hoy narra un milagro de Jesús. Con sólo 5 panes de cebada y dos peces, logró que comieran y se hartaran más de 5000 personas. Los presentes quisieron hacerlo rey, pero Él se quitó de en medio y se fue a rezar a la montaña.

Todos los evangelistas narran este milagro; pero ninguno ha subrayado tanto como San Juan, en el capítulo 6, el carácter eucarístico de la multiplicación de los panes. El relato evoca claramente la celebración eucarística de las primeras comunidades.

Para los primeros creyentes la Eucaristía no era sólo un precepto, ni sólo el recuerdo de la muerte y la resurrección del Señor. Era, al mismo tiempo, una “vivencia” anticipada de la fraternidad del Reino, de la Iglesia. La Eucaristía tiene que ser también una invitación constante a crear fraternidad y a vivir compartiendo lo nuestro, aunque sea poco, aunque no sea más que “los cinco panes y los dos peces” que tenemos.


2.- Dios nos ha creado inteligentes y libres y ha puesto en nuestras manos la historia de cada día. Todos tenemos que sentirnos responsables de su marcha, de su grandeza y sus fracasos. Es verdad que la fe mueve montañas y puede realizar grandes milagros, pero siempre a través del esfuerzo personal de cada uno de nosotros. Porque el problema que hoy tenemos en el mundo de hoy, no es la falta de  alimentos, sino la escasez de amor y de justicia para compartir los bienes de la tierra. Y esa pobreza que se cobra miles de vidas inocentes cada día, la hemos creado y la mantenemos entre todos.


3.- Muchos de nuestros hermanos, como ese joven que, según el Evangelio ofreció cuanto tenía, comparten sus vidas con los pobres: así nos lo enseñan Cáritas, Manos Unidas y los misioneros, que, unidos, consiguen crear fuentes de riqueza, levantar hospitales y escuelas en los sitios más pobres del planeta. Lo que hacen son auténticos milagros que brotan de la fe en Jesucristo. Por eso, lejos de culpar a Dios por el reparto injusto de los bienes y por los sufrimientos de las guerras que hacemos los hombres, se trata de saber poner manos a la obra y vivir una existencia solidaria. Cada uno aporta lo que tiene y se realiza el milagro.

El verdadero creyente no utiliza a Dios para sus fines, ni pretende ponerle a su servicio. Sabe que la fe es fuente inagotable de amor y de energía, que nos lleva a vivir como hijos de Dios, a respetar los derechos de los otros, a apoyar a los necesitados y a compartir con todos lo que somos y tenemos. Pues Dios nos ha puesto en este mundo para que pongamos orden en el caos, cultivemos la tierra con respeto y multipliquemos los frutos del campo.

Pero no basta con hacer que el mundo sea muy rico, si luego, el mundo, no es de todos y para todos.

Cuando los resultados de la ciencia y del trabajo humano no son para todos, hemos errado el camino y no se puede afirmar que haya progreso.

Mediante sus mandamientos, Jesucristo nos enseña a vivir fraternalmente y en la Misa del Domingo reaviva nuestra esperanza y alimenta nuestro amor. Para que, igual que repartimos el Pan de la Eucaristía, compartamos los bienes de la tierra y dejemos que Dios lo trascienda todo, lo penetre todo y lo invada todo, como dice San Pablo en la Segunda Lectura.

El Pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. Nos impulsa a ir creando una mayor comunicación y solidaridad; no un mundo en el que nos desentendamos unos de otros. Amén.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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