DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo de Resurrección

Publicado: 03/04/1988: 455

1.- La celebración de la Pascua nos pone en contacto vivo con los fundamentos de nuestra fe. La Palabra de Dios, que se proclama en la celebración de la Eucaristía, nos va narrando el proceso que vivieron los primeros cristianos. Su huida cobarde cuando arrestaron al Nazareno y su profunda crisis de fe y de esperanza; sus dudas y sus miedos cuando les anuncian que ha resucitado; su incapacidad de descubrirle cuando se presenta lleno de vida en medio de ellos; y hasta su misma ansiedad, cuando ya están convencidos de que ha resucitado y no saben cómo desenvolverse en aquel mundo hostil y tan poco propicio al Evangelio. Ellos mismos nos dicen que se encerraron llenos de miedo y se pusieron a orar.

La oración les fue abriendo a la luz y al Aliento de Dios. Y fue entonces cuando sintieron en el seno de la comunidad y en cada uno de ellos, la fuerza del Espíritu. El Aliento de Dios despertó sus mejores energías y su esperanza y se lanzaron a dar testimonio para que otros muchos entonces, y nosotros hoy, vivamos esa experiencia gozosa y transformadora.


2.- Cuando se proclaman estas lecturas es difícil no verse retratado: en nuestros miedos, en la huida, en la desesperanza ante la misión, en el no saber descubrir a Jesús vivo y presente en medio de la comunidad. Es el Viernes Santo del evangelizador y de todo cristiano. Pero ahora se nos invita a dar un paso hacia la Pascua y hacia esa nueva forma de vivir que brota de la Resurrección. Y dudamos en lo más profundo de nuestro ser: dudamos de nuestra capacidad de esperanza, de que el Evangelio tenga fuerza para interesar a nuestros hombres y mujeres, de que vayamos a convertirnos, de que el desamor y la injusticia puedan ser vencidos.

En las experiencias de Pascua que se nos narran, encontramos tres afirmaciones básicas:

• Que Jesús ha resucitado verdaderamente y vive en ellos una vida gloriosa.

• Que el encuentro con el Resucitado ha renovado su fe y les ha cambiado en los cimientos mismos de su ser.

• Y que la fuerza del Espíritu les ha hecho testigos valientes y convencidos del Evangelio.


3.- Nosotros estamos también viviendo la Pascua de Jesús Resucitado que nos invita a abrir todas las puertas que nos tienen encerrados en nuestros miedos; que nos fuerza a abrirnos al Espíritu y a salir al encuentro de nuestro mundo del siglo XX.

Vamos a vivir esta Pascua en circunstancias muy concretas. La sociedad  española ha cambiado profundamente. Son cambios de todos los órdenes, que no es necesario describir aquí, pero que nos han afectado a los católicos y han provocado reacciones de temor y de pesimismo en unos, el endurecimiento y la agresividad en otros, y en casi todos el desconcierto. Una cosa parece muy clara: que la fe se ha hecho más cara y más exigente; y que para ser cristiano en esta sociedad más libre y más culta, más consumista y más pragmática, menos favorable, cuando no directamente contraria a la fe en Dios y a la vida cristiana, hace falta un grado mayor de convencimiento y de formación doctrinal, hace falta sobre todo una fe personal decidida y clara, una verdadera conversión. Los tiempos nuevos nos ponen a prueba a todos y están poniendo sobre el tapete una cuestión capital: para ser cristiano hay que comenzar por convertirse a una nueva forma de vida.


4.-  Esta nueva forma de vida se cifra en la fe en el Dios de Jesucristo y la conversión al amor de Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Pero de verdad y como norma permanente y referencia última y universal de nuestra vida.

El primer paso de la renovación cristiana y eclesial que la hora presente nos exige a los católicos, consiste en un avivamiento de las experiencias religiosas más profundas, conversión sincera a Jesucristo, oración personal y comunitaria, esperanza de la vida eterna y desprendimiento de las codicias de este mundo, asimilación de un nuevo estilo de vida basado en el seguimiento e imitación de Cristo, abnegación y obediencia, entrega sincera al amor y al servicio del prójimo, con los ojos puestos en el juicio de Dios.

Para descubrir y mantener esta vida nueva, los católicos necesitamos una conciencia muy aguda de nuestro ser comunitario y de nuestra pertenencia a la Iglesia, sin desconfianzas ni rechazos, que sólo sirven para empujarnos a la esterilidad y la disolución.


5.- Cuando Jesús Resucitado se hizo presente en medio de sus discípulos, la alegría de su presencia comenzó a disipar los miedos y las sombras: se vieron perdonados, acogidos, agraciados. Descubrieron que el amor es más fuerte que el odio y que hace brotar vida de la muerte, que el amor que es capaz de dar la vida termina por dar vida a todos.

Vivieron una experiencia tan luminosa de paz, de alegría y de esperanza, que les hizo proclamar que este regalo del Resucitado es la auténtica salvación: lo que hace al hombre más humano y más capaz de construir la historia sobre bases nuevas.

Era la gran noticia que el hombre necesitaba, el verdadero Evangelio: que Dios vive y actúa en medio de su pueblo, que podemos amarnos y que el amor engendra vida. Una Buena Noticia de perdón y de corazón nuevo, que manan de la fe en el Resucitado; porque nos ha dado su Espíritu para que podamos amar y construir nuestra convivencia no sobre el egoísmo, sino sobre el amor y la comunión.

Y se sintieron empujados para salir al mundo a contárselo a todos, se vieron enviados a evangelizar.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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