Publicado: 10/04/1993: 495

Vigilia Pascual

Año 1993

Exulten por fin los coros de los ángeles,… exulten las jerarquías del Cielo… Goce también la tierra inundada en tanta claridad… Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante.

Con estas y otras expresiones nos invita el pregón pascual y la liturgia a vivir y celebrar el misterio de la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Estos son los sentimientos que deben brotar en nuestros corazones al celebrar la Vigilia Pascual.

Los relatos pascuales nos hablan sin excepción de la alegría irreprimible que inunda el corazón de los creyentes al encontrarse con el Resucitado.

Los discípulos de Emaús “en el viaje de vuelta de la desesperanza” sienten que el corazón arde y se ilumina con la presencia y compañía del Señor… Igual le pasa a los discípulos… ¿Podemos imaginar la alegría de la Virgen María al celebrar la Resurrección de su Hijo Jesús?

¿Dónde está hoy esa alegría pascual? ¿Qué ha sido de ella en nuestra Iglesia, a veces tan cansada y temerosa, como sociedad que hubiera dado ya lo mejor de sí misma y, exhausta de fuerzas, tratara de buscar apoyos diversos fuera de Aquel que la puede llenar de vigor y alegría nueva.

¿Dónde está el gozo pascual de tantos cristianos que siguen practicando la religión tristes y aburridos, sin haber descubierto con emoción lo que es celebrar la vida cristiana?

A veces damos la impresión de que los cristianos no somos capaces de vivir la “alegría cristiana” y mucho menos de transmitirla.

Esa alegría pascual no es el optimismo ingenuo de quien no tiene problemas. Ni es tampoco la satisfacción que produce el haber saciado nuestros deseos o el placer que se obtiene del confort o la comodidad.

Esa alegría es fruto de la presencia del Señor Resucitado en el fondo del alma y en medio de la vida. Una presencia que llena de paz, dilata nuestras fuerzas, nos hace aceptar con paz nuestras limitaciones, nos hace vivir ante la presencia del Señor de la vida.

Esta alegría no se da sin amor y oración. Es alegría que se experimenta como “nuevo comienzo” y resurrección. Es fruto del encuentro sincero y agradecido con el Señor.

Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento del mundo. Al contrario, sólo es posible cuando uno ha percibido que este mundo de muerte tan maltrecho y sombrío, es aceptado con amor y ternura infinitos por ese Dios que ha resucitado a Jesús de la muerte.

La Vigilia Pascual nos invita a redescubrir esta alegría que es Cristo Resucitado y a difundirla en la sociedad.

Hermanos: ¡el Señor ha resucitado! ¡Alleluia! ¡Alabad al Señor!


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga