DiócesisHomilías Mons. Dorado

Venerable y Real Archicofradía de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de la Caridad.

Publicado: 19/02/2005: 591

Cádiz, 19 de febrero de 2005

1.- Saludo.

Celebráis los 275 años de la fundación de la Parroquia de San Lorenzo Mártir, de la
Cofradía de Nuestra Señora del Pilar y los 50 años de la de Nuestro Padre Jesús de las Penas
y María Santísima de la Caridad.

Se fusionaron el 25 de marzo de 1977. Las Bodas de Oro de la Cofradía de Nuestro
Padre Jesús de las Penas es el centro de la celebración.

Como acontecimiento religioso tiene su origen en la fe cristiana de nuestros
antecesores. Nosotros la hemos recibido como una herencia y una gracia que hemos de
acoger con una fe personal y transmitirla a las nuevas generaciones sin adulteraciones ni
impurezas. Por eso, como nos invita el Papa, esta celebración debe ser una llamada a:

․Mirar con gratitud al pasado,
․vivir con pasión el presente,
․y abrirnos con esperanza al futuro.

El Santísimo Cristo es siempre portador de un mensaje, de una Palabra de Vida. Él
mismo es el mensaje y la Palabra. Y es bueno que cada uno le preguntemos en el silencio del
corazón: ¿Qué quieres de nosotros, aquí y ahora, Santísimo Cristo? ¿Qué quieres decirnos
a cada uno de tus hijos y a la Iglesia?


2.- Una nueva evangelización.

La Iglesia entera está comprometida en estos años, comienzo de un nuevo milenio, en
la apasionante tarea de llevar a cabo una nueva evangelización.

Y tenemos que empezar por la evangelización de los bautizados. Urge que centremos
cada día más nuestra fe en la persona de Jesucristo muerto y resucitado. Urge que nos
dejemos conducir vitalmente por Jesucristo a Dios nuestro Padre. Urge que nos abramos al
Espíritu Santo, Señor y dador de vida. Se trata de ayudar a cada cristiano, a cada uno de
nosotros, a que haga su opción personal por el Evangelio como forma de vida (‟vivir según la
forma del Santo Evangelio‶, que diría S. Francisco de Asís) y a que alcance una experiencia
viva y sosegada de Dios.

Y junto a esta fe personalizada y a esta experiencia cálida de Dios, tenemos que
capacitar a cada creyente para que sepa dar razón de su fe y de su esperanza a los hombres
y mujeres de hoy; que sepa por qué cree en Dios y quien es el Dios de quien se ha fiado; que
pueda leer con provecho la Palabra de Dios contenida en la Biblia; que conozca, medite y
asimile los contenidos fundamentales del Dogma y de la Moral; que sepa armonizar su
dimensión de hombre creyente con su condición de hombre moderno. Y todo ello, sin
complejos, sin ambigüedades y sin rebajas.

Se trata de una evangelización en profundidad que nos va a exigir a todos un notable
esfuerzo. Un esfuerzo de reflexión, de conversión y de experiencia, capaz de ser tomado en
serio por los hombres y mujeres más lúcidos de nuestro tiempo. Frente a una cultura que
parece marginar a Dios por decreto, por ideología o por consigna. Tenemos que crear una
cultura abierta a la trascendencia por la fuerza misma del pensamiento y de la verdad.

Es hora de que los seglares cristianos estudiéis a fondo nuestra fe cristiana y
profundicéis en ella. (Es hora de que los poetas, los literatos, los pintores, los músicos y los
pensadores cristianos sigáis enriqueciendo a nuestro mundo con nuevas expresiones
culturales del Evangelio de siempre).

Necesitamos un laicado con una fuerte experiencia de Dios (‟amigos fuertes de Dios‶,
como decía Santa Teresa), con un saber teológico sólido y actualizado, con un espíritu
apostólico creativo. Necesitamos un laicado que abra espacios a Dios en la cultura de la
increencia.


3.- Desde la pasión por Dios.

Si queremos ser mensajeros y testigos del Santísimo Cristo y del Evangelio en nuestros
días, tenemos que avanzar hacia una renovación personal y hacia una renovación de nuestras
comunidades cristianas.

La Iglesia, que somos todos, tiene que saber auscultarse a sí misma; tiene que saber
preguntarse con humildad hasta qué punto está sirviendo a los hombres. Las dos pasiones que
dan vigor a la Iglesia son la pasión por Dios y la pasión por los hombres.

Personalmente estoy persuadido de que la falta de vigor evangélico de la Iglesia no se
debe principalmente a unas leyes hostiles ni a una cultura desfavorable. Se debe más bien a
nuestra mediocridad, a la debilidad de nuestra pasión por Dios, a la pobreza de nuestra actitud
contemplativa. Y es que ‟si Jesucristo no constituye su riqueza, la Iglesia es miserable; si el
Espíritu de Jesucristo no florece en ella, la Iglesia es estéril; su edificio amenaza ruina si no es
Jesucristo su arquitecto y si el Espíritu Santo no es el cimiento de las piedras vivas con que
está construida‶.

Por eso deberíamos hacer más religiosa nuestra vida. Como os decía antes,
necesitamos una experiencia sosegada y cálida de Dios; necesitamos descubrir la fuerza
creadora del silencio y de la contemplación. En el seno de una cultura que prescinde
sistemáticamente de Dios y que está cerrada a la experiencia del Misterio, tenemos que abrir
espacios y tiempo de silencio y contemplación que devuelvan a la persona humana su
dimensión más humanizadora y más profunda: su dimensión religiosa.

La tarea más urgente, a mi juicio, para los cristianos y para las comunidades eclesiales,
es redescubrir el sentido religioso de nuestra vida; es decir: nuestra relación con Jesucristo
Resucitado y nuestra apertura al Evangelio:

- porque el interés de los cristianos en los últimos años se ha orientado
preferentemente hacia otros elementos menos esenciales de lo religioso, que
a revitalizar lo esencial: la relación personal y amorosa con Dios.

- y porque si bien es verdad que Dios no ha muerto, la sociedad padece un
eclipse de Dios. Y en ese eclipse no hemos dejado de participar los creyentes,
enredados en disputas caseras y con la interposición de una vida que
transparenta más nuestros intereses y nuestras obsesiones que la presencia
vivificante de Dios.

Pienso que hoy, Dios y la experiencia religiosa, es la gran cuestión pendiente incluso
para los cristianos practicantes, para que podamos hablar de Dios con palabras auténticas y
para que, como Job, podamos decir estremecidos: ‟Te conocía sólo de oídas; ahora te han
visto mis ojos‶.


4.- La pasión por el pobre.

Esta experiencia apasionada del Misterio no nos aleja de la vida ni de la historia
presente.

La experiencia de Dios que proclama la Virgen en el Magníficat, esa experiencia que
alegra su corazón y que llena su boca de cantares agradecidos, la impulsa a proclamar el amor
preferencial de Dios por los pobres; ese amor que se hace pan y libertad en las manos grandes
y acogedoras de Dios Padre.

Sabemos bien que el Evangelio, como anuncio gozoso del amor redentor de Dios al
hombre, nos lleva también a vivir la pasión por los pobres. En el doble sentido de compartir con
ellos su dolor y de sentir por ellos un amor apasionado y liberador.

Es cierto que no se trata de un amor exclusivo; pero también es cierto que debe ser un
amor preferente, como nos recuerda constantemente Juan Pablo II. Un amor que siente en la
propia carne el dolor del otro y que no nos deja vivir mientras haya personas pisoteadas y
marginadas.

Siguiendo el ejemplo de Jesucristo tenemos que intensificar los cristianos esta pasión
por el pobre. Y me refiero a los pobres de verdad, a quienes no tienen nada. Con frecuencia
ni siquiera tienen la fuerza y la capacidad de colaborar en su propia liberación. Ni tan siquiera
sirven para pancarta publicitaria de nadie, ni para conseguir votos. Pensad en los emigrantes,
en los ilegales, en los parados sin subsidio de empleo, en los toxicómanos, en los enfermos
crónicos, en los ancianos desatendidos... son ellos, deben ser ellos los principales destinatarios
de nuestra pasión y de nuestra parcialidad.

Estos pobres no son rentables, pues nadie ha hecho carrera trabajando por ellos. Y
para acercarnos a ellos necesitamos que el Espíritu de Jesucristo llene de amor y de fortaleza
nuestros corazones; necesitamos redescubrir un estilo de vida sencillo, pobre y austero.

La pasión que llevó a Jesucristo a la cruz fue su pasión por cumplir la voluntad de Dios
y su pasión de amor a los hombres. A eso nos convoca la Virgen de la Caridad.

No se trata de un sueño utópico, sino de un mensaje de nuestro Padre Dios. Y
podemos llevarlo a la práctica, podemos conseguirlo, Es lo que nos dice el Santísimo Cristo
de la Penas, que en la cruz venció al pecado y la muerte y hoy vive glorioso y resucitado.
Y desde la fe en el Resucitado nos hemos de sentir llamados a descubrir, de manera
concreta, nuevas posibilidades de seguir hoy al Crucificado y de ser sus esclavos:

- preferir sufrir injustamente an tes que colaborar con ninguna injusticia.

- saber sufrir el mal antes que hacer mal.

- compartir el sufrimiento con los maltratados por la vida y por los hombres.

- aceptar la inseguridad, la soledad y los riesgos propios de una vida fiel al
Evangelio.

- aceptar las consecuencias dolorosas de una defensa clara y firme de la
justicia, la verdad y la libertad.

- aceptar la inseguridad, la debilidad y los riesgos de quien quiere actuar sólo
desde el amor.

Como el Santísimo Cristo de las Penas nos recuerda. A Él la gloria y el honor por los
siglos.


✝ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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