DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo II del Tiempo Ordinario

Publicado: 16/01/2005: 474

S.I. Catedral

1. El Evangelio de la Misa de hoy nos presenta a Jesús de Nazaret como ‟el Cordero
de Dios que quita el pecado del mundo‶. Una expresión poco significativa en nuestro mundo
donde el pecado no se estila y donde, para muchos, el sentimiento de culpa es pernicioso
porque destruye nuestro equilibrio interior y nuestra alegría de vivir. En todo caso ahora
acudimos al psicólogo para descargar la conciencia. No necesitamos pedir perdón ni
preocuparnos de Dios. Con el progreso del saber hemos vencido enfermedades que parecían
incurables y nos hemos liberado de tabúes y mitos propios de pueblos antiguos y reprimidos.
Dios ya no es necesario.

2. Y sin embargo, el pecado del mundo consiste precisamente en eso: en que, siendo
inmensamente ricos, dejamos a gran número de personas morir de hambre; en que, hablando
tanto de derechos humanos, crece por días la explotación y la violencia; en que, en nombre
de la paz, provocamos nuevas guerras. Pues hay algo que no funciona en el corazón del
hombre, en el corazón de cada uno. La desesperanza se ha apoderado de nosotros y hemos
perdido el sentido de la vida y el valor de la persona. Con palabras del Evangelio, vivimos en
un mundo de tinieblas y pecado y necesitamos abrirnos a la misericordia divina y al perdón.

3. Los hombres y mujeres del siglo XXI necesitamos volver a encontrar a Dios y a
Jesucristo, nuestro único Salvador, para recobrar la confianza en la vida y la fuerza del amor.
Porque el mayor pecado en que podemos incurrir, y la mayor desgracia, es olvidarnos de Dios
y vivir en el vacío. Los cristianos debemos ser conscientes de que el hombre de hoy, sin
saberlo, está reclamando a Dios. Y es hora de pensar a Dios y de hablar de Dios.

4. El mejor camino de Dios es Jesucristo. Sólo Él nos perdona los pecados y nos da la
fuerza del Espíritu Santo para que recobremos la Fe, el Amor y la Esperanza, como dice el
evangelista Juan.

Y sólo encontraremos a Cristo si no cerramos las puertas del corazón a su llamada y
no nos negamos a buscarlo con sincero corazón y con humildad.

Porque sólo quien ama de verdad, quien lo busca con pasión y está dispuesto a aceptar
con alegría que Dios sí existe, puede descifrar su voz y descubrir su rostro en el Evangelio de
Jesús y en medio de la existencia. Pues Dios se revela a quien le busca y oculta su rostro a
los soberbios y a los orgullosos.

Termino deseando a todos que abramos el corazón a la voz de Jesucristo. Y, como dice
San Pablo en la 2ª lectura de la Misa, deseando que ‟la gracia y la paz de parte de Dios
nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, esté con todos vosotros‶ (I Cor 1, 3).

✝ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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