DiócesisHomilías Mons. Dorado

Funeral por el Rvdo. D. José Ávila Barbo.

Publicado: 10/05/2005: 711

Textos: Apocalipsis 21, 1-5a, 6b-7 

Salmo responsorial: 22, 1-6 

Ev. Según San Juan 6, 51-59 


1. Saludo y acción de gracias.

Nuestro presbiterio malagueño vive hoy el fallecimiento de otro sacerdote anciano. En
pocos meses han ido a la Casa del Señor sacerdotes tan queridos como han sido D. Luis Vera,
D. José María González, D. Antonio López y el P. Luis Álvarez Ossorio. Hoy nos reunimos para
ofrecer la Eucaristía por D. José Ávila Barbo, que durante más de cincuenta años ha ejercido
el ministerio sacerdotal en la diócesis de Málaga, a la que se incorporó, como ha sido
recordado, por invitación del obispo, el siervo de Dios Ángel Herrera Oria.

Los que estamos aquí reunidos en la Parroquia de la Amargura de la cual fue el primer
párroco, deseamos dar gracias a Dios por el testimonio de su vida, por su servicio ministerial
en favor de las obras que le encomendó el Cardenal Herrera Oria y, muy especialmente, por
su entrega a fieles de esta Parroquia a la que hasta el final de sus días se ha sentido
incorporado y ha mantenido su servicio como sacerdote con la celebración de la Eucaristía y
el Sacramento del Perdón.

Y también darle gracias a él, al querido y venerado D. José. Por su entrega, por su
oración en favor nuestro, por el interés que puso siempre por hacer el bien, especialmente por
transmitir la fe y el amor a Jesucristo.


2. La fe cristiana es fe en las promesas de Dios en favor nuestro. Dios prometió
conducir al Pueblo de Israel hasta Canaán, la tierra que mana ‟leche y miel‶. Dios prometió un
Salvador en la persona de su Hijo Jesús que, con su muerte y resurrección ha hecho posible
que sea realidad el anuncio que nos ha hecho presente el Apocalipsis:

‟Vi un cielo nuevo y una nueva tierra...
Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén...
Y escuché una voz que decía desde el Trono:
Esta es la morada de Dios con los hombres...‶

La promesa de Dios para nosotros es el cielo. Hay un más allá de la muerte que nadie
pudo imaginar. Dios con nosotros, nosotros con Dios para siempre.

En ocasiones nos sentimos perturbados porque la radicalidad del seguimiento de Jesús
se nos puede hacer difícil. Y tentados por cierto pelagianismo, medimos nuestras fuerzas y
reiteramos propósitos. Pero olvidamos que el gran bien al que somos llamados es gratuita
promesa de Dios, bien para siempre y en plenitud.

El Domingo pasado celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor a los cielos.
Él es la primicia de la cosecha, el fruto temprano de lo que nos es ofrecido a todos nosotros.
Vivir felices por toda la eternidad en el Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en Dios con
todos los demás salvados por la misericordia del mismo Dios.

Es la fe que actualizamos esta mañana. Creemos que nuestro hermano José Ávila
Barbo ha acogido con alegría y gratitud la salvación obtenida por la Pascua de Nuestro Señor
Jesucristo. Confesamos con este motivo un artículo básico de la fe. Y nos da paz, al
contemplar el féretro que contiene los restos mortales del querido sacerdote, creer que ha
recibido el regalo de vivir en la luz y la paz para siempre.

La contemplación del cielo la necesitamos revitalizar en nuestra vida cotidiana. Sentir
interiormente que Dios, nuestro Padre, nos ha prometido, como recuerda el Apocalipsis,
‟enjugar las lágrimas de los ojos... y vivir el mundo nuevo‶ que Él ha hecho para nosotros.

Queridos sacerdotes, religiosas y seglares. El último consejo que recibimos de D. José
con motivo de su muerte es que miremos al cielo, que ahondemos nuestra alegría de que
estamos llamados a vivir felices con Dios.


3. ¿Cómo es posible vivir en el anhelo del cielo? Fundamentalmente por la
Eucaristía. Jesús nos ha dicho, ‟el que como este pan vivirá para siempre‶.

La Iglesia vive para la Eucaristía y desde la Eucaristía que es centro y cumbre de la vida
cristiana. La comunidad de los creyentes no puede vivir sin la Eucaristía que es Memorial de
la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

Uno de los ejemplos de la vida cristiana y sacerdotal de D. José Ávila es su amor a la
Eucaristía. Como ha manifestado en entrevista publicada en la prensa recientemente, sólo ha
dejado de celebrar la Eucaristía con motivo de enfermedad.

Ha vivido y ha proclamado la muerte del Señor hastaa que Él vuelva. Se ha alimentado
con el pan de vida ‟que es su carne para la vida del mundo‶.

La vida del sacerdote y de la comunidad se resquebraja cuando se pierde el sentido
eucarístico que es pre-significación de la vida eterna. Por eso en estos momentos que
celebramos la Eucaristía para pedir al Señor por nuestro hermano José, nos consuela, como
dice el Prefacio, ‟la promesa de la futura inmortalidad‶ que ha sido sembrada en él por la
Eucaristía celebrada, recibida y adorada.

La historia de la salvación del presbítero José Ávila tuvo comienzo el día del Bautismo
que le condujo a la Eucaristía que ha sido el sacramento que le ha incorporado cada vez más
a Jesucristo de quien ha recibido la salvación, el perdón de sus pecados, la promesa de la
resurrección.

Y que un día, por la imposición de manos y la oración de la Iglesia, fue constituido en
ministro de este gran Sacramento. Desde entonces su vida, como sacerdote, ha estado
señalada por las palabras de Jesús, ‟Este es el Cuerpo que se entrega por vosotros... Esta es
la sangre que se derrama por vosotros y por todos los hombres...‶

Cuando celebramos el Memorial de la Pascua de Jesucristo, la Iglesia, por la fuerza del
Espíritu Santo, se siente fortalecida en la fe, la esperanza y la caridad. Y contempla con
gratitud el horizonte amplio de vida eterna que le es ofrecido por Dios.

La muerte de D. José Ávila nos debe ayudar a contemplar la Eucaristía como anticipo
del cielo, la promesa de Dios. Y, por eso mismo, valorarla, celebrarla con piedad y vivirla como
fuente de paz y de serena alegría porque nos hace presente de forma sacramental la vocación
a vivir con Dios para siempre.

Con el salmista rezamos:

‟Preparas ante mí una mesa, enfrente de mis enemigos:
me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa...‶

‟Y habitaré en la casa del Señor por años sin término‶.

✝ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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