DiócesisHomilías Mons. Dorado

Exequias de D. Luis Álvarez-Ossorio

Publicado: 11/05/2006: 826

 Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

‟En la vida y en la muerte somos del Señor‶

(Primera lectura, Rm 14, 7ss (Ritual 220); Sal. 115 (Ritual 238); Ev Jn 14, 1-6)

1.- "En la vida y en la muerte, somos del Señor" (Rom 14, 9). Estas palabras de San
Pablo explican el motivo de nuestra presencia aquí: hemos venido a dar gracias a Dios
por el padre Luis María, un hombre sencillamente bueno; y a pedir que, por su bondad
divina, le acoja entre sus brazos. Nuestro encuentro de oración no pretende directamente
rendir un homenaje de admiración al amigo que nos ha dejado, sino compartir con él esa
nueva forma de existencia que ha alcanzado y que todos esperamos alcanzar, porque
la fe nos enseña que "en la vida y en la muerte somos del Señor".
Se nos ha ido, de manera inesperada, un hombre muy querido, como se puso de
manifiesto en la numerosa asistencia que acudió a darle su "a Dios" el día del entierro y
se echa de ver hoy en los que habéis acudido a esta eucaristía. Todos mantenemos
algún recuerdo personal de su cercanía, de su afecto y de su ayuda en nuestro trato con
él. Y al profundizar en el motivo de esa bondad contagiosa y de esa serenidad que
irradiaba, lo descubrimos en la primera lectura, cuando dice que "si vivimos, vivimos para
el Señor".


Es difícil penetrar en lo más hondo de una persona, pero la sensación que daba
el padre Luis María era esa: que era un hombre de Dios, que vivía para el Señor.
Jesucristo era su fuente y su meta, porque sólo Él, como acaba de decir el evangelio, es
Camino, Verdad y Vida. Esa Verdad y esa Vida que buscaba cada día en la oración, y
convertía en Camino a lo largo de su jornada. Un camino que pasa por el hombre,
especialmente por el hombre herido, porque el Señor nos enseñó a buscarle en el rostro
del hermano. Sois testigos privilegiados de que, durante estos últimos años de su vida,
el padre Luis María ha buscado el rostro de Dios de forma particular en cada uno de los
profesores, cuya preparación teológica y cristiana ha procurado cuidar con esmero.
Precisamente porque vivía para el Señor, se desvivía por todos hasta el límite de
sus fuerzas. Y cuando la muerte le salió al paso y veía cómo se acercaba lentamente,
supo aceptarla con esperanza cristiana, porque sabía por la fe que "ninguno muere para
sí mismo", sino que todos "morimos en el Señor". Como humano, posiblemente tuvo
momentos de oscuridad, pero supo repetir con el salmista eso que hemos escuchado
hace un momento: "Tenía fe aun cuando dije ‘qué desgraciado soy‵".


Quienes más le han tratado y mejor le han conocido saben que vivió su entrega
religiosa con ese amor que hace decir al creyente: "Caminaré en presencia del Señor, en
el país de la vida". Es el último servicio que nos ha hecho a todos, recordarnos con su
forma de afrontar la enfermedad que "la vida del hombre no termina, se transforma, y al
deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo". No por
los méritos que hacemos, sino porque "el Señor es benigno y justo, nuestro Dios es
compasivo". Por eso, la certeza de la muerte, lejos de quitar valor a la existencia, le da
su auténtica hondura y convierte cada instante en una oportunidad preciosa.


2.- "No perdáis la calma: creed en Dios" (Jn 14, 1). Pienso que estas palabras que
pronunció el Señor en la víspera de su muerte, y que hemos escuchado en el evangelio,
resumen bien lo que debe ser nuestra actitud evangélica ante la pérdida de una persona
amiga tan valiosa y eficaz.


En primer lugar, hay que confiar en Dios, porque Él es nuestra meta y en Él
volveremos a encontrar a las personas queridas. Pero esta confianza debe traducirse en
ese plan de vida que nos proponía la primera lectura de la misa y que tan profundamente
encarnó el padre Luis María: hay que vivir para el Señor desviviéndose por los demás,
porque los mayores peligros que amenazan a los profesores de religión y a la enseñanza
de la misma son el conformismo y la rutina. Mientras profundicemos en la formación
permanente y en la entrega generosa a los alumnos; mientras nos mantengamos en
comunión con la Iglesia; y en la medida en que seamos buenos educadores y logremos
la valoración de nuestro trabajo por parte de los padres, nadie logrará suprimir de forma
definitiva la enseñanza de la religión católica. Pero hay que superar las inercias y los
miedos, como intentó inculcar a todos nuestro querido Delegado. Y esto sólo es posible
con la fuerza y la luz de la fe. Por eso, en la medida en que nuestra confianza en Dios
sea más profunda y creamos en Él con una fe viva y comprometida, seguiremos
avanzando como cuerpo docente, que desea transmitir una comprensión de la existencia
humana más libre, más solidaria y más alegre.


En segundo lugar, aunque nos duela su ausencia, no debemos perder la calma,
sino unir esfuerzos e imaginación para continuar la tarea que tenemos entre manos y
que, a lo largo de un tiempo breve, ha venido coordinando el padre Luis María. Pues
Jesucristo, que es la Verdad del hombre, es también el Camino por el que nos invitaba
a caminar y por el que debemos seguir avanzando. Porque Jesús de Nazaret nos enseñó
con su entrega, especialmente a los pecadores y a los más pobres, que vivir para Dios
consiste en amar hasta dar la vida por el otro, que Dios ha puesto a nuestro lado. En
nuestro caso, hasta dar la vida por los alumnos. Y como decía Don Bosco a los primeros
salesianos, sólo se puede ayudar a los niños cuando se los ama y se les manifiesta dicho
amor de una manera palpable y eficaz. Especialmente, a los más difíciles, que suelen ser
también los que están más necesitados de cariño.


Termino dando gracias a Dios por este colaborador fiel y rogando a Santa María
de la Victoria, que preside con su amor y su auxilio nuestra Fundación Diocesana de
Enseñanza, que le lleve hasta su Hijo resucitado entre sus brazos de Madre.

✝ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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