DiócesisHomilías Mons. Dorado

Jornada de renovación parroquial

Publicado: 04/11/2006: 584

‟Se dedicaban a la enseñanza de los apóstoles,

a compartir la vida, a la fracción del pan y al rezo‶ (Hch 2, 42).


1.- El pueblo de Dios nacido de la Pascua:

El libro de los Hechos de los Apóstoles, leído y comentado a la luz de las Cartas
de San Pablo, nos ofrece una eclesiología vida: nos presenta a la Iglesia naciendo,
constituyéndose y configurándose, guiada y animada por el Espíritu, desde la
presencia viva y vivificante del Resucitado.

Tras la gran crisis que han sufrido con la crucifixión y la muerte de Jesús de
Nazaret, sus seguidores han vivido luego una experiencia única y deslumbrante: se han
encontrado con el mismo Jesús de Nazaret, que ha resucitado por el poder de Dios y
vive. Y que estará invisiblemente con ellos hasta el fin de los tiempos; se han sentido
inundados por el Espíritu Santo, que les ha dado un corazón nuevo; se han visto
perdonados y acogidos como hijos, por Dios, nuestro Padre misericordioso y cercano,
que ha cumplido las antiguas promesas.

El impacto de esta experiencia de fe ha sido tan hondo que no encuentran
palabras para expresarlo. Juan nos hablará de un nuevo nacimiento (Jn 3, 1, ss); Pablo
y el mismo Juan nos hablarán de una verdadera resurrección con Cristo, que ya ha
acontecido (Col 3, 1 ss.), del paso de la muerte a la vida (1 Jn 3, 14 ss), de una nueva
creación que abarca no sólo al hombre (Sal 6, 15), sino a todo el universo (Ef 2, 10; 2
Cor 5, 18 ss).

Llamados por el Espíritu, que los guiará a la verdad total, según la promesa de
Jesús (Jn 16, 13), ahora saben que se han cumplido las antiguas profecías (Ec 36, 24
ss.), y que ha llegado el ‟día de Yahvé‶ (Am 5, 16). Así lo anuncia Pedro el día de
Pentecostés (Hech 2, 14 ss), proclamando que el Crucificado-Resucitado es el Cristo
y que con el don del Espíritu han comenzado los tiempos escatológicos. La antigua
Pascua, figura y promesa, ha sido sustituida por la nueva Pascua: por el paso de la
muerte a la vida, de la ley a la gracia, del hombre viejo al hombre nuevo, de los tiempos
primordiales a los últimos tiempos. De la fuerza vivificante y transformadora del
Resucitado ha nacido el nuevo Israel, el nuevo Pueblo de Dios.


2.- El Evangelio de la Gracia.

La lectura del Libro de los Hechos que se acaba de proclamar nos dice que la
primera comunidad cristiana se dedicaba a la ‟enseñanza de los apóstoles‶. Esta
enseñanza consistía, en su núcleo más profundo, en proclamar a voces –kerigma– lo
que les había acontecido en la experiencia pascual, y en anunciar, desde esta
experiencia e iluminados ahora por el Espíritu, todo lo que les había acontecido desde
el primer encuentro con Jesús de Nazaret, a quien proclaman el Cristo y el Hijo de Dios
vivo.
Es una buena noticia que ha transformado sus vidas; que les ha abierto
horizontes nuevos; que los ha llenado de alegría al saberse en paz con Dios; y de
esperanza, porque vivir es caminar de la mano del Resucitado y con energía
santificadora al encuentro con el Padre. Y es algo que viven como una experiencia
honda de gratuidad, como un don: es algo que les ha sucedido, que se les ha dado.
La buena noticia, el Evangelio que proclaman es el misterio de Jesucristo, el Hijo
encarnado, muerto y resucitado, y que sólo en Él hay salvación para el hombre.
Cuando San Pablo proclama con tanto vigor que no nos salva la Ley, ni las obras de
la Ley (Gál 3), está poniendo de relieve una verdad fundamental de nuestra fe: la
gratuidad de la salvación t el puesto único de mediador de Jesucristo.

En el contexto de esta Semana de Espiritualidad, este ato central nos está
hablando de la necesidad de una profunda evangelización para poder vivir como
auténticos seguidores de Jesucristo. Únicamente la Palabra acogida con fe mediante
la ayuda divina, nos dispone a celebrar los Sacramentos como signos eficaces de la
vida nueva en Cristo. Sólo desde la proclamación del Evangelio el hombre actual
puede vivir del encuentro regenerador con Jesucristo, que le dota, mediante los
Sacramentos, de un corazón nuevo que le haga capaz de vivir evangélicamente.

Precisamente uno de los pilares Vaticano II es la Constitución sobre la
Revelación Divina.


3.- La vida nueva en Cristo.

Nos dice también la lectura que acabamos de oír que los primeros cristianos
‟compartían la vida‶. Y la vida en toda esa compleja riqueza que nos ofrece la historia
de cada día. Por otros pasajes del Nuevo Testamento sabemos que compartían sus
bienes, su actitud ante el hambre que se cernió sobre Palestina, sus inquietudes ante
la proclamación del Evangelios a los paganos, sus interrogantes sobre los esclavos,
sobre la autoridad, sobre los mil detalles que tenían que afrontar con un espíritu nuevo.

Eran conscientes de que el Evangelio les exigía, como comunidad de fe, una
respuesta personal y comunitaria nueva a las diversas situaciones humanas. Desde
una nueva experiencia de Dios habían descubierto una nueva manera de situarse ante
el hombre y ante el mundo.

Como nos recuerda el Vaticano II en la Gaudium et Spes, los cristianos tenemos
que compartir desde la fe las preocupaciones, los sufrimientos, las esperanzas del
hombre, dándonos una respuesta nueva, basada en la fraternidad y en el amor. En su
abundante magisterio sobre la paz, el trabajo, los derechos humanos, la promoción de
la justicia, el uso de la ciencia, ... el Papa Juan Pablo II nos recuerda que nada humano
nos es ajeno y que hay vínculos muy íntimos entre la fe y la humana, como ya nos
recordó Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi, n. 31. Nuestra espiritualidad, nuestro vivir
cristiano, tiene que encarnarse en la entraña de nuestra historia, en la que el Reino ya
ha comenzado, aunque aún no ha llegado a su plenitud. Compartimos con todos los
hombres los anhelos de cada día y tenemos que compartir como comunidad pascual
las respuestas que brotan de la luz del Evangelio y de su energía transformadora, que
mantiene viva y activa nuestra esperanza. También hoy nos acompaña y nos guía el
Espíritu Santo, para saber encontrar los signos de los tiempos, para discernir con
criterios evangélicos y para encontrar en Él una fuerza –parresía– que nos empuja
arrolladoramente a buscar respuestas nuevas.

4.- Edificar la comunidad cristiana.

Quizás nos preguntemos dónde encontraron luz y fuerza los primeros cristianos
para abrir caminos al Evangelio en medio de aquella sociedad asfixiante.

Contaban con la presencia activa del Resucitado, es cierto, pero también
contamos hoy nosotros. Tenían la fuerza del Espíritu que se había derramado sobre
sus corazones, pero también lo tenemos nosotros hoy. ¿De dónde brotaban su
audacia, su profunda libertad, su confianza, su testimonio de amor fraterno y su alegría
desbordante?

Nos dice la Palabra de Dios que también se dedicaban ‟a la fracción del pan y
al rezo‶. Y pienso que tenemos aquí la respuesta. Eran esos encuentros de oración lo
que daba densidad y autenticidad a sus palabras cuando hablaban de Dios, de la
salvación, del perdón de los pecados, de Jesucristo Salvador y de la fuerza del
Espíritu. En su oración comunitaria viva, reactualizaban la experiencia de la Pascua,
mediante la escucha atenta de la Palabra y la celebración de la Eucaristía.

Sin una oración profunda, la proclamación del Evangelio puede concretarse en
la transmisión de unas ideas poco consistentes, y la vida que brota del Espíritu en unas
normas morales asfixiantes que se imponen desde fuerza.

También el Vaticano II ha puesto como uno de sus pilares la Constitución sobre
la Liturgia (Sacrosanctum Concilium). Únicamente desde esa experiencia de oración
comunitaria podemos abrirnos al Espíritu que actúa en los Sacramentos y nos
convertiremos en hombres que ‟saben de Dios‶, en testigos de lo que hemos visto y
oído, porque se ha realizado en nosotros. Las dimensiones de evangelización, culto y
servicio en la caridad nunca pueden ser alternativas para un cristiano. En raíz, son
aspectos diversos de una misma experiencia de fe. Y nuestra forma concreta de
vivirlos y presentarlos, tienen que aparecer en continua tensión integradora.
Únicamente las circunstancias en que vivimos pueden llevarnos a acentuar
temporalmente cualquiera de estas dimensiones, pero con clara conciencia de que
nunca son alternativas, sino complementos esenciales de la experiencia de fe.


5.- Conclusión.

Únicamente he tratado de comentar la Palabra para que nuestra celebración
eucarística sea un encuentro salvador con el Resucitado y entre los hermanos que la
vamos a compartir. También para nosotros hoy hay vida en esta celebración de la
Pascua del Señor. Bajo estos humildes símbolos del pan y del vino se hace presente
de forma real y viva el Crucificado-Resucitado con toda su energía transformadora.

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