DiócesisHomilías Mons. Dorado

Jubileo de la Compañía de Jesús

Publicado: 22/04/2006: 523

Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús

 

NUESTRA VICTORIA SOBRE EL MUNDO: LA FE

Jubileo de la Compañía de Jesús

1.- "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia"(Sal 117,1). Considero que estas palabras, tomadas del salmo que se acaba de proclamar, son muy apropiadas para expresar nuestros sentimientos al celebrar esta Eucaristía. Porque los Padres Jesuitas conmemoran hoy a la "Virgen María como Reina y Madre de la Compañía de Jesús", por ser la fecha en la que San Ignacio y sus compañeros hicieron sus votos solemnes ante la imagen de la Santísima Virgen en la Basílica de San Pablo Extramuros de Roma; y en una fecha tan significativa, nos vamos a unir a la celebración de tres centenarios: el quinto centenario del nacimiento de San Francisco Javier y del Beato Pedro Fabro, y los 450 años de la muerte de San Ignacio de Loyola. Tres hombres de Dios; tres verdaderos milagros de la gracia de Dios, que han marcado la historia de la Iglesia y la siguen enriqueciendo con su testimonio, sus escritos y su intercesión.

Por todo ello, es justo que demos gracias a Dios, pues somos muy numerosos los católicos malagueños que nos sentimos hoy beneficiarios del movimiento eclesial que iniciaron estos tres santos con un grupo de compañeros. Algunos de nosotros, porque hemos estudiado en sus colegios y en sus universidades; otros, por haber bebido en esa fuente limpia de espiritualidad que son los ejercicios espirituales; muchos, porque encontraron la fe en sus escritos siempre sugerentes y en las misiones populares; y quizá la mayoría, aunque también los más silenciosos, por haber hallado en los confesionarios de sus templos espléndidos consejeros espirituales.

No resulta fácil hacerse una idea de la medida en la que Dios ha bendecido a su Pueblo a través de San Francisco Javier, de San Ignacio de Loyola y del Beato Pedro Fabro. Pero conviene recordar que la enorme fecundidad de sus vidas no se debe a sus cualidades humanas, que sin duda fueron relevantes, sino que procede de la llamada divina que recibieron y de haber entrado en el dinamismo transformador de Jesucristo resucitado, que los llevó a decir con San Pablo:"Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,20). Precisamente porque todo bien procede de Dios, el Padre de las luces (St 1,17), os insisto: "Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia".


2.- "En el grupo de los creyentes, todos pensaban y sentían lo mismo"(Hch 4,32), nos ha dicho la primera lectura a propósito de los primeros cristianos, y pienso que es también el espíritu que alentaba en estos tres cristianos ejemplares cuya memoria hemos puesto sobre el altar mientras conmemoramos la muerte y la resurrección de Jesucristo.

Profundamente diversos entre sí, pero unidos en esa fe que vence al mundo (1Jn 5,4), como ha dicho San Juan en la segunda lectura, fueron el fermento de una profunda renovación eclesial, cuando se estaba fraguando la Europa moderna. Ellos, junto con sus demás compañeros, sólo buscaban "la mayor gloria de Dios", pero sabían que Dios se ha hecho presente en Jesucristo y ha constituido a la Iglesia en sacramento universal de salvación. De ahí su profundo amor a la Iglesia, santa y pecadora, y su empeño tenaz en promover la comunión eclesial y a la fidelidad al Magisterio.

Como hombres de esperanza, analizaban las luces y las sombras de su tiempo, pero lejos de quedar paralizados por las dificultades, se sentían piedras vivas del nuevo templo que es el Pueblo de Dios. San Francisco Javier, con aquella creatividad pastoral y aquella audacia misionera que le llevó a las puertas de China; el Beato Pedro Fabro, a través de su profundidad teológica, de las misiones populares y de su evangelización personalizada; y San Ignacio de Loyola, mediante su capacidad organizadora, su lucidez para el discernimiento en camino de la fe y sus ejercicios espirituales, que siguen siendo un excelente camino de evangelización.

A los tres les podemos aplicar, en un tiempo de dudas, indecisiones y tanteos como el nuestro, esa convicción rotunda de San Juan, que hemos escuchado en la segunda lectura: "¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1 Jn 5,5). Porque nuestra fortaleza, aunque debe contar con todos los medios humanos a nuestro alcance, reside únicamente en la fe. Pues como dijo Juan Pablo II, "es el Espíritu Santo quien suscita el deseo de una respuesta plena; es él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; el él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos a Cristo casto, pobre y obediente, y moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose guiar por el Espíritu, en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una especial presencia del Señor resucitado" (VC 19).


3.- "Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). Son las palabras consoladoras que el Señor resucitado dirigió a sus seguidores antes de subir al cielo y nos dirige hoy a nosotros. Los Apóstoles acababan de vivir el drama tremendo de la pasión y muerte ignominiosa de su Señor, que los llevó por algún tiempo a la desesperanza. Y nosotros, que estamos atravesando los fenómenos desconcertantes de la secularización, la increencia y una severa escasez de vocaciones, nos vemos hoy tentados también por el desaliento. Pero Jesucristo resucitado, el Viviente (Ap 1, 18), nos ofrece su paz y nos sigue convocando a la misión evangelizadora.

Durante varios siglos, los miembros de la Compañía de Jesús han desarrollado un diálogo intenso y profundo con la cultura del momento; han estado muy presentes en casi todos los campos de la investigación; han sido grandes educadores de la juventud; han ejercido su magisterio en las universidades más prestigiosas del mundo; han vivido en frontera entre la fe y el de la increencia; han desempeñado un impresionante trabajo al servicio de las capas más modestas de la sociedad, como el Padre Arnaiz tan querido por los malagueños; han ejercido sabiamente el difícil trabajo de maestros del espíritu desde el silencio de los confesionarios; han dirigido los ejercicios espirituales... Seguramente también han cometido errores, al afrontar el riesgo de dar una respuesta evangélica en las situaciones más difíciles.

Se trata de tareas evangelizadoras en las que la Compañía sigue comprometida hoy, pero la escasez de vocaciones y respuesta menguada por parte del hombre actual puede inducir al desánimo. Por eso es necesario que acojamos con fe las palabras de Jesucristo, que nos dice por boca del evangelista Juan: "Paz a vosotros".

Las dificultades actuales no deben quitarnos la paz, siempre que tratemos de ser fieles a la voluntad de Dios. Quizá ha llegado el momento de profundizar en las virtudes de la fe y de la esperanza, aceptando permanecer ocultos bajo tierra como el grano de trigo que tiene que morir para dar fruto (Jn 12, 24). Por otra parte, cuando analizamos nuestro pasado reciente, advertimos que un trabajo generoso y con medios abundantes no ha dado los frutos evangélicos previstos: muchos los alumnos de nuestros colegios y universidades, en quienes pusimos grandes esperanzas, se han ido alejando lentamente de la fe. Tal vez Dios nos esté invitando ahora a descubrir que necesitamos hundir más nuestras raíces en su corazón, porque si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.

Como vuestro Obispo, me siento impulsado esta tarde a alentar vuestras mejores esperanzas y a decir a todos con Jesucristo resucitado: ¡"Paz a vosotros" no perdáis la calma. Basta con que seamos fieles a la llamada divina y vivamos con hondura el "hoy de Dios"; basta con que reavivemos la llamada recibida y el deseo sincero de ser santos. Lo nuestro es seguir trabajando "para la mayor gloria de Dios", y dejar en sus manos la eficacia más o menos visible de nuestra labor, porque sólo Él hace fructificar la palabra cuando quiere y donde quiere.

Termino pidiendo a Santa María "Reina y Madre de la Compañía de Jesús", que os enseñe a mantener viva la esperanza que únicamente Ella conservó en su corazón entre la tarde oscura del Viernes Santo y el domingo luminoso de la resurrección.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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