DiócesisHomilías Mons. Dorado

Natividad del Señor

Publicado: 25/12/2005: 667

S.I. Catedral


1. Después de las lecturas sencillas de Misa de Medianoche, todos los textos de esta
Celebración Eucarística abruman por su profundidad y su elevación teológica. Todas las
lecturas bíblicas giran en torno a un tema fundamental: Jesucristo es la Palabra de Dios.

Del Libro de Isaías escuchamos el hermoso y conocido cántico de los
‟evangelizadores‶, de la victoria definitiva de Dios.

El prólogo de la Carta a los Hebreos prepara y ambienta el Evangelio de San Juan: La
Palabra definitiva con que Dios se nos ha comunicado en la plenitud de la historia es su propio
Hijo.

La primera página del Evangelio de San Juan tiene forma de himno. Y es una
meditación teológica sobre la venida de Jesucristo al mundo. El centro del himno proclama la
Encarnación. Los hombres no sabían reconocer a Dios en el mundo. Pero el Hijo, que vive
eternamente en la intimidad del Padre, ha venido al mundo. Más claro: siendo Dios se ha
hecho ‟carne‶, se ha hecho hombre en la debilidad. Y ha puesto su tienda en nuestro
campamento de pobres humanos en ruta de peregrinación... Su regalo para los que le reciben
con fe es el de ser, a imagen suya, ‟hijos de Dios‶.

2. Por eso, celebrar la Navidad es tener el gozo de saber que Dios se ha hecho
hombre, para que el hombre sea Dios; el gozo sin límite de saber y sentir que ‟Dios está con
nosotros‶ (Eso significa Enmanuel).

Esa es la verdad más decisiva para nosotros, la más importante, la más auténtica, la
última. La verdad más cercana y la más deseada.

Nuestra primera actitud ante el Misterio de Navidad ha de ser siempre la adoración.
Dejarnos penetrar el alma por la alegría de este Dios cercano y entrañable. Como María y
José, como los pastores y los Reyes. Aunque no lo entendamos, la verdad es que Dios se ha
hecho hombre.

A Él, que en la Navidad ha restablecido de manera admirable la dignidad del hombre
por Jesucristo, le hemos pedido en la oración inicial que nos ‟conceda compartir la vida divina
de Aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana‶.

El hombre actual ha quedado, en gran medida, atrofiado por descubrir a Dios. Se ha
hecho incapaz de Dios‶. Movidos exclusivamente por intereses egoístas, endurecidos por
dentro, sin capacidad de abrirnos a Dios por ningún resquicio de nuestra existencia,
caminamos por la vida sin la compañía interior de nadie, viviendo un estilo de vida que nos
abruma y empobrece.


3. La fe cristiana es antes que nada descubrimiento de la Bondad de Dios (‟apparuit
benignita et...), experiencia agradecida de que sólo Dios salva en Jesucristo. Dios existe. Y
está ahí, en el fondo de nuestra vida. Somos acogidos por Él.

Ante un Dios del que sabemos que es Amor, no cabe sino el gozo, la adoración y la
acción de gracias.

Estamos acostumbrados a escuchar que Dios ha nacido en una cueva de Belén. Ya no
nos sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como niño. Y esa es justamente la
Noticia de la Navidad : ahora sabemos que Dios no es un ser tenebroso, temible y extraño, sino
Alguien que se nos ofrece cercano, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

Este es el Mensaje de Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, acogerle; y hay
que cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia y pureza
de corazón, abrirse confiados a la gracia de Dios y a su perdón.

Ese día de Navidad se nos pide confiarnos a Dios, creer en la fuerza del amor. La
Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que
Dios puede volver a nacer en nosotros, en nuestra vida diaria. Ese nacimiento puede ser pobre,
frágil, débil, como fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. ¡Felices los que
sienten necesidad de Dios, porque Dios puede nacer de nuevo en sus vidas!

¡Felices los que, en medio del bullicio y el aturdimiento de estas Fiestas sepan acoger
con corazón creyente y agradecido el regalo del Niño-Dios! Para ellos habrá sido Navidad. Y
se depositará en nosotros una alegría diferente, nos inundará una confianza desconocida.
Porque Dios es el mejor regalo que se nos puede hacer a los hombres.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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