DiócesisHomilías Mons. Dorado

Ordenación de tres sacerdotes y un diácono

Publicado: 13/09/2003: 513

Queridos sacerdotes y diáconos.

Queridos Manolo, Rafael, Juan Manuel y Juan.
Queridos padres, hermanos, familiares y amigos de los ordenandos


1. ‟El servicio de los presbíteros a la comunidad cristiana es un tesoro en
vasos de arcilla‶.

Este pensamiento constituye una de las afirmaciones fundamentales de San
Pablo y de los Evangelios sobre el ministerio sacerdotal, y de él se derivan importantes
consecuencias para nuestra vida.

Un cura es, en primer lugar, un tesoro para la Iglesia y para el mundo. Porque
a través de su ministerio se hace presente  en medio de la comunidad la Palabra de
Dios, la Eucaristía del Señor y el impulso santificador y renovador del Espíritu Santo.

A través de su ministerio se realiza la reconciliación de  los cristianos entre sí y
con Dios.

A través de su ministerio se educa la fe de los creyentes, se favorece la
comunión y se promueve la vocación de los discípulos de Jesús a servir a la sociedad.
Un cura es un tesoro para la comunidad.

Pero un cura, como dice San Pablo, es un vaso de arcilla y por consiguiente es
un recipiente pobre y modesto. No es un vaso  de oro, de plata o de alabastro. Es barro
cocido, que contiene, que vela y desvela el tesoro del ministerio. Un sacerdote es una
persona con limitaciones físicas y sicológicas y con fallos morales. Sus buenas
cualidades están entreveradas con sus defectos.

Y como vaso de arcilla es, además, extremadamente frágil: se quiebra con
facilidad, y al quebrarse compromete en cierta medida la eficacia salvadora del tesoro
que lleva en sí. El sacerdote tiene que saber que, al ser llamado, recibe un gran tesoro
que debe cultivar a través de una fidelidad constante.

Dios ha querido que el tesoro del ministerio presbiteral fuese envasado en un
recipiente de arcilla.

Pablo nos da la clave de esta conducta llamativa: así se ve con mayor claridad
que la fuerza de estos hombres es fuerza de Dios y no de los hombres. Y esta clave
conduce a Pablo a una conclusión desconcertante, pero enteramente verdadera: ‟si
la fuerza de Dios llega a su cumbre en la debilidad del apóstol, gustosamente me
seguiré apoyando en mi debilidad para que habite en mí la fuerza de Cristo‶.

Vuestras limitaciones interiores y dificultades exteriores, al igual que las mías,
lejos de ser un obstáculo para la eficacia de nuestro ministerio son cauce y vehículo
de la fuerza salvadora de Cristo. El que nos llamó con todo lo que somos y tenemos
no nos retirará su confianza porque seamos débiles y pecadores. Con tal que sepamos
reconocer nuestra debilidad, aceptarla en paz en aquello que no podemos evitar y
procurar subsanarla con sinceridad en aquello que podemos mejorar. Dios no se
escandaliza de nuestras limitaciones. Ha llamado al ministerio no a superhombres sino
a hombres de carne y hueso, pobres y frágiles. Ahí debéis, acogernos, vosotros,
hermanos y amigos. Decidnos con libertad nuestros defectos. Echadnos una mano
para superarlos. Tratadnos con sinceridad y con misericordia.


2. El sentimiento de desproporción entre nuestro ministerio y nuestra
persona es muy vivo en todo sacerdote sincero y realista.

No sólo somos conscientes de la distancia que existe entre lo que hacemos y
lo que decimos. Además de la distancia moral entre lo que hacemos y lo que decimos
está la distancia entre nuestra actividad humana y la salvación divina.

Esta doble desproporción se nos hace más sensible en los tiempos actuales.
Dios parece estar en baja en la escala de valores de muchos bautizados. El Evangelio
de Jesús suena no sólo a difícil sino a culturalmente extraño en nuestra sociedad.
Incluso aquellos que aprecian a Jesús y a su Evangelio se sienten a veces
desencantados por la mediocridad de la Iglesia.

Y con todo, seguimos ofreciendo con esperanza y con alegría el mensaje, el
proyecto y la persona del mismo Señor. Seguimos creyendo, como dice Isaías, que
‟como la lluvia y la nieve sólo vuelven al cielo después de haber empapado y
fecundado la tierra, la Palabra de Dios pronunciada por nuestra frágil voz no volverá
al vacío‶.

En esa inmensa desproporción entre el valor del tesoro y la  calidad de la vasija,
a vosotros, queridos ordenandos, os corresponde poner el amor. Jesús os lo pide por
tres veces como a San Pedro: Manolo, Rafael, Juan Manuel y Juan, ‟¿me amas?. No
te pido que seas fuerte. Te pido que me ames; y que movido por este amor intentes
una y otra vez ser fiel‶.

Vosotros no sois curas ni por presión, ni por ambición, ni por pura ansia de
mejorar la sociedad, ni por simple voluntad de servicio. Vosotros os hacéis curas
porque amáis con todo el corazón y con toda el alma a Jesucristo, y queréis prestarle
vuestra vida entera para que El hable, actúe, goce y sufra en su comunidad. No lo
habéis conocido directamente y sin embargo lo amáis. Que esta pregunta del Señor
‟me amas‶ no deje de resonar nunca en vuestro corazón. Y que sea respondida
siempre con humilde generosidad.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga