Publicado: 09/07/2005: 561

S. I. Catedral


‟Recibid el Espíritu Santo‶

(Lect 1ª 2 Co 4, 1-2; 5-7; Sal 95; Ev Jn 20, 19-23)


1.- "Recibid el ESPÍRITU Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20,23). Con estas
palabras Jesús resucitado envió a sus Apóstoles a proclamar el Evangelio a todos los hombres.
Y ellos, fieles a la misión recibida, abrieron caminos en medio de un mundo que parecía
totalmente cerrado a Dios. Cuando nos preguntamos hoy por el secreto de su ardor apostólico
y de su éxito pastoral, constatamos que ellos se sentían guiados por el ESPÍRITU y por su
energía renovadora. El libro de Los Hechos de los Apóstoles nos muestra que el gran
protagonista de la evangelización es el ESPÍRITU Santo. "Recibiréis la fuerza del ESPÍRITU
Santo que vendrá sobre vosotros, les había dicho Jesús, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la tierra". (Hch 1,8).

Dentro de unos momentos, se pronunciarán sobre vosotros, José Antonio, Francisco
y José, unas palabras semejantes. En tu caso, José Antonio, te conferiré el diaconado mientras
ruego: "Envía sobre él, Señor, el ESPÍRITU Santo, para que fortalecido con tu gracia de los
siete dones desempeñe con fidelidad su ministerio". Y en el vuestro, José y Francisco, rogaré:
"Renueva en sus corazones el ESPÍRITU de santidad; reciban de ti el sacerdocio de segundo
grado".

Es el Señor quien os llamado y quien os dará, mediante su ESPÍRITU, una nueva
personalidad. Os convertiréis en sacerdotes para siempre, con el fin de que os dediquéis con
toda el alma al servicio del Evangelio. Es decir, a proclamar con obras y Palabras a los
hombres de hoy que Dios ha venido a nuestra historia en la persona de Jesucristo, que vive
en medio de nosotros, que nos ama porque es fiel y rico en misericordia, que puede
transformar nuestra existencia con la fuerza de su ESPÍRITU si acogemos su Palabra por la
fe y que ÉL es la respuesta definitiva a los anhelos más hondos que todos llevamos dentro.

Como personas con una gran experiencia de la vida, conocéis vuestra debilidad y es
posible que sintáis vértigo ante la hermosura y la grandeza de la misión que la Iglesia pone en
vuestras manos. Así podréis repetir lo que San Pablo nos ha dicho en la primera lectura:
"Encargados de este servicio por la misericordia de Dios, no nos acobardamos". Porque, en
el fondo de su corazón, resuena con insistencia la recomendación de Jesús a los suyos: "No
tengáis miedo". Ni ante los momentos de desaliento, ni ante los fracasos, ni siquiera ante
vuestros pecados: "No tengáis miedo" pues como nos ha dicho también San Pablo, "este
tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es
de Dios y no proviene de nosotros".

Sólo una cosa os debe inquietar: que en lugar de predicar a Jesucristo, el Señor, os
prediquéis a vosotros mismos. Cuando sustituimos el Evangelio por nuestras ideologías y
cuando presentamos como enseñanza de la Iglesia las opiniones propias, nos estamos
predicando a nosotros mismos y es fácil que, entonces sí, caigamos en le desaliento. Porque
la fuerza de Dios sólo nos respalda cuando predicamos a Cristo.

2.- "Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo" (Jn 20, 21). Son las
palabras que Cristo resucitado dirigió a sus Apóstoles y las que os dirige hoy a vosotros.
Tenéis que guardarlas en el corazón y meditarlas, porque son la piedra firme sobre la que se
asienta la fidelidad que se le exige al sacerdote; esa fidelidad que pediré a Dios para vosotros
cuando os imponga las manos dentro de unos instantes. Es Dios quien os envía y os sostiene,
no lo olvidéis nunca.

Vivimos en un contexto cultural en el que la fidelidad al compromiso contraído y a la
palabra dada se interpreta como un atentado contra libertad y contra el sentido común de la
persona. Como una forma de vivir inhumana y ya superada. Y en este contexto, en el que
reinan una manera frívola y superficial de entender la existencia y la dignidad humana, le
vamos a pedir a Dios que os ayude a ser fieles, a desempeñar con fidelidad el ministerio. O
lo que es igual, a navegar contra corriente de algunas ideas dominantes de la cultura actual.

En primer lugar, en lo que se refiere a poner a Dios en el centro de la existencia.
También los creyentes actuales corremos el riesgo de habituarnos a vivir como si Dios no
existiera. Por eso es más urgente que nunca reavivar el deseo ardiente de buscar el rostro de
Dios vivo. Nuestros mayores descubrirían las huellas de su presencia en el mar, en las
montañas, en los ríos y en cielo estrellado. Nosotros tenemos que habituarnos a descubrirlas
en la solidaridad con los más pobres, en la lucha del hombre por el hombre, en la ciencia e
incluso en la protesta callejera contra lo que degrada la existencia. Frente al olvido de Dios y
al silencio sobre Dios, tenemos que descubrir nuevos caminos que nos ayuden a vislumbrar
su presencia y nuevos espacios en los que sea posible escuchar su voz y darle gracias. Pues
cuando la oracióón cesa y los anhelos de Dios se mitigan, la fe pierde su ardor y su hondura.

Tambiénn tenéis que ser fieles a vosotros mismos. Con frecuencia tendréis que tomar
decisiones que contradicen a ese hambre de placer y a esa superficial calidad de vida que se
pregonan como la mejor manera vivir. Tened presente qué sois y quiénes sois, pues la
ordenación sacerdotal no es sólo una misión que se os encomienda o un compromiso que
asumís libremente, sino un cambio en lo profundo de la personalidad; un cambio que imprime
carácter y permanece para siempre en vosotros. Desde hoy, seréis sacerdotes y tendréis que
planificar la totalidad de vuestra vida a la luz de este don recibido: sacerdotes de Jesucristo.
Por esta consagración vais a ser capacitados para presidir la eucaristía, para perdonar los
pecados en el nombre del Señor, para predicar el Evangelio como sinceros colaboradores del
orden episcopal y para presidir en la caridad y con espíritu de servicio a las comunidades que
se os encomienden. Y para ser fieles a esta nueva personalidad, tenéis que convertir en fe viva
el Evangelio que proclamáis a los demás; tenéis que hacer de vuestra vida una ofrenda en
conformidad con el misterio de la cruz; y tenéis que abrir cada mañana el corazón a la
presencia viva del ESPÍRITU, para que ÉL os auxilie en la misión de santificar al Pueblo de
Dios. No olvidéis que Jesucristo ha venido a "traer vida" y que sólo puede transmitir la vida el
que la tiene en abundancia.

Finalmente, tenéis que ser fieles al hombre, especialmente a los más pobres y débiles.
Y también aquí vuestra actitud puede chocar con unas ideas que sólo valoran lo fuerte y lo
joven. No olvidéis que, con todas sus contradicciones, el hombre del siglo XXI sigue siendo hijo
de Dios y destinatario del Evangelio. Esta fidelidad evangélica al hombre os conducirá amar
a nuestro mundo y a asumir los nuevos valores que vamos descubriendo entre todos, pero os
llevará también a aliviar la soledad de los mayores, a estar junto a la cabecera de los enfermos,
a compartir la alegría de los niños, a alentar la acogida de los inmigrantes y al encuentro de
esas personas, entre ellas muchos jóvenes, que disponen de todos los bienes, menos de Dios.
La mejor ayuda que podéis ofrecer a todos es el amor de un corazón misericordioso. Un amor
que se torna pan para el hambriento, cercanía fraterna para el marginado, lucha por la justicia
junto con los empobrecidos, defensa de la vida para los niños no nacidos y conciencia de la
propia dignidad para los enfermos graves y las personas con alguna minusvalía... Pero nunca
olvidéis que el pan más necesario para el hombre de hoy, aunque muchos no admitan, es el
pan de la Palabra evangélica: el pan de Dios. Pues sin Dios, la vida pierde grandeza y su
hondura. Sin Dios, carecemos de un sentido de la existencia que nos ofrezca motivos para
vivir, también cuando nuestra salud se deteriora y nuestra juventud se aleja.

Y termino con un breve comentario a una frase muy sugerente del evangelio que se ha
proclamado. Dice así;


3.- "En esto entró Jesús y se puso en medio" (Jn 20,20). Aunque este relato se
refiere a la aparición del Resucitado a sus discípulos, creo que expresa de manera espléndida
lo que acontece cada vez que celebramos la Eucaristía: Jesucristo se hace presente en medio
de la asamblea litúrgica para alimentar nuestra fe, para fortalecer nuestra caridad y para
reavivar nuestra esperanza. Cada vez que celebramos la Cena del Señor se realiza para
nosotros hoy la obra de nuestra redención y nos sumergimos en el misterio pascual. Cada vez
que celebramos la misa, el Señor se pone de nuevo en medio de nosotros para manifestarnos
su amor y llenarnos de alegría.

Vais a recibir el ministerio del sacerdocio en el Año de la Eucaristía. Enseñad al Pueblo
de Dios que sin Eucaristía no hay vida cristiana ni Iglesia, porque la Eucaristía es la presencia
salvadora de Cristo en medio de la comunidad y su alimento espiritual. Por eso, cuando
estudiamos la historia de la Iglesia, constatamos que los movimientos de renovación más
profundos están íntimamente ligados a la Eucaristía, fuente y cima de la vida de fe. Pues como
nos dijo Juan Pablo II, "todo compromiso de santidad, toda acción orientada a realizar la misión
de la Iglesia y toda puesta en práctica de planes pastorales ha de sacar del Misterio eucarístico
la fuerza necesaria y se ha de ordenar a él como a su plenitud" (EdE, 60).

Mirando a la Santísima Virgen, sigue diciendo el Papa, "conocemos la fuerza
transformadora que tiene la Eucaristía. En Ella vemos al mundo renovado por el amor. Al
contemplarla asunta al cielo en alma y cuerpo, vemos un resquicio del ‘‘cielo nuevo‵‵ y de la
‘‘tierra nueva‵‵ que se abrirán ante nuestros ojos en la segunda venida de Cristo. Pues la
Eucaristía es ya aquí, en la tierra, su prenda y, en cierto modo, su anticipación" (EdE, 62).


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga