Publicado: 29/07/2006: 509

S.I. Catedral


Poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación
(Lect. 1º 2P. 1, 5-11; Sal 15; Ev. Jn 15,14-17)


1.- ‟No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he
destinado a que vayáis y deis fruto‶ (Jn 15, 16). Estas palabras del evangelio que se ha
proclamado tratan de introducirnos en la dimensión profunda del acto que vamos a realizar: la
ordenación de seis presbíteros y de un diácono. El Señor se ha fijado en cada uno de vosotros
y os ha elegido para que seáis signo eficaz de su presencia en el mundo.

Como ha dicho de manera audaz el Papa Benedicto, para que actuéis ‟con su yo‶, con
‟el yo‶ de Jesucristo. Vuestra identidad va a recibir una nueva dimensión. Por la imposición de
manos sobre vuestra cabeza, el Señor toma posesión de vosotros y os dice: Tú me perteneces
y estás bajo mi protección. La unción de vuestras manos con el óleo santo manifiesta que
están destinadas a ser instrumentos de servicio y de bendición para todos. La entrega de los
evangelios que se va a realizar os habilita para proclamar su palabra. Y el cáliz que vais a
recibir de mis manos os invita a ser ‟hombres para los demás‶, a dar vuestra vida día a día. En
cierto sentido, mediante estos ritos antiquísimos se pretende expresar que ya nos os
pertenecéis a vosotros, sino que quedáis expropiados para servir al Señor sirviendo los
hombres, sus hijos; de manera especial, a los pobres y a cuantos se encuentran marginados
y solos.

Es natural que, al meditar en la grandeza misteriosa del sacerdocio, nos sintamos
sobrecogidos. Pero os recuerdo lo que repite constantemente Jesús en el Evangelio: No
tengáis miedo; no temáis, porque ha sido Él quien os ha elegido y os envía; y Él ha vencido al
mundo. Sabemos que os aguarda un clima humano y cultural inhóspito para los creyentes; una
sociedad de la que algunos desean desterrar el nombre de Dios; un mundo en el que una
tercera parte de sus habitantes están crucificado por la injusticia y la violencia; y en el que las
gentes del hemisferio Norte, al que pertenecemos nosotros, se ven empujadas por el ansia de
consumo y de placeres y apenas piensan en Dios.

Sin embargo, ha repetido Jesucristo, en el evangelio que se acaba de proclamar, que
nosotros somos sus amigos, que Él está con nosotros y camina a nuestro lado. No somos
trabajadores a destajo, ni funcionarios aburridos por la monotonía de la tarea, ni soñadores
utópicos que tratan de escapar de la realidad, sino los amigos de Jesús con los que Él disfruta
en la oración y a los que ha encomendado continuar su tarea. Por eso nos espera cada día
junto al sagrario, para ayudarnos a comprender su Palabra y mostrarnos el rostro amigo de
Dios, en medio de los vaivenes oscuros de la vida. Para sostener en pie nuestra debilidad.

Ese es el motivo de que, junto a la sorpresa y al asombro, os embargue la alegría por
el don inmenso que vais a recibir. Jesucristo os conoce personalmente, os ha elegido a cada
uno, os ha destinado a hablar y actuar con su propio ‟yo‶, os va a tomar bajo su protección con
la fuerza del Espíritu y os repite: ‟Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo so mando... A
vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a
conocer‶ (Jn 15,  14-15). Y como tales amigos, estáis llamados a ser, en medio del mundo, las
manos de Jesucristo que ayudan a levantarse al hombre herido; la palabra del Señor, que
anuncia el amor de Dios al hombre; y los brazos del Crucificado que acogen emocionados al
hijo que se había alejado de la casa familiar. Verdaderamente os ha tocado realizar, como ha
dicho el Salmista, una hermosa tarea: hablar a los hombres de Dios y hablar a Dios de los
hombres.

Pero, como he dicho antes, vivimos inmersos en una profunda crisis cultural, en un
mundo en el que se mezclan las grandes conquistas humanas con el eclipse de Dios y del
sentido de la vida. Y como sois humanos, es posible que os tienten la perplejidad y el miedo,
ante la inmensidad del encargo y el recuerdo de los compañeros que un día emprendieron la
marcha como vosotros hoy y luego se han ido quedando al borde del camino. ¿Como es
posible que las tinieblas hayan vencido a la luz en su corazón? ¿No estaban bajo la especial
protección de Jesucristo? ¿Qué podéis hacer vosotros para que no se apague la luz de vuestra
fe entre los azares y los golpes de la vida?


2.- Escuchad lo que ha nos dicho San Pedro en la primera lectura: ‟Poned el mayor empeño
en afianzar vuestra vocación y vuestra elección?‶ (2P 1,10). Os lo repito, pues desearía
que, cuando os pongáis ante el Señor cada mañana y cada noche, os acordéis de la
recomendación de San Pablo que os repitió vuestro hermano Obispo en el día de la ordenación
sacerdotal: ‟Poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección‶.

Pues la vocación no es una llamada puntual que se escucha y que se acoge de una vez
para siempre, sino una historia de amistad que se va consolidando cada día al hilo de los
acontecimientos, cuando se saben vivir a la luz de la fe y en trato íntimo con Jesucristo. Eso
es lo que nos dice San Pedro y lo que nos enseña su trayectoria personal. También él vivió una
experiencia deslumbrante cuando conoció a Jesús. Se sentía capaz de todo, hasta de dar la
misma vida por el Maestro. Pero las dificultades le llevaron a dudar, como el día en que vio que
le faltaba tierra bajo los pies al caminar sobre el agua; le llevaron a escandalizarse y protestar,
cuando Jesús les explicó que iba a morir en una cruz; le llevó a reaccionar con extrema
violencia en Getsemaní, pensando que era la mejor manera de defender al amigo; y le llevó
a negar a su Maestro en el momento en que Jesús era rechazado por todos y necesitaba su
amistad. Pero Pedro, a pesar de todas sus debilidades y pecados se mantuvo atento a la
llamada divina y consiguió vencer la duda; comprender que el camino de la cruz es el camino
de Dios; reconocer su pecado para acoger el perdón divino. Porque la vocación no implica que
seamos perfectos, sino que es una historia de amistad, una llamada nueva cada día, un
proceso abierto que nos va configurando con Cristo a través de la búsqueda constante, la
obediencia y el perdón.

Afianzar la propia vocación y elección consiste en profundizar en la búsqueda de Dios,
en la entrega generosa a los demás y en el trato íntimo con el Resucitado. Como insistía el
Beato Manuel González, no olvidéis que el sagrario debe ser el lugar natural y preferido del
sacerdote, donde afianza y da contenido a su vocación y a su elección, y se adentra en el
misterio de la Cruz. Pues para alcanzar esa libertad que nos permite darnos y servir sin
condiciones, los sacerdotes tenemos que salir de Egipto, cruzar el Mar Rojo, sobrevivir en el
desierto y alimentarnos con el maná de la Eucaristía. ‟Para no poner en ridículo nuestro
ministerio, nunca demos a nadie motivo de escándalo‶ (1º Cor. 6, 1).

‟Si quieres saber como se realizan estas cosas, dice San Buenaventura, pregunta a la
gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido
expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta
a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que
abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos‶
(Itinerario, 7, 4). Es un texto tan bello, que emociona.
Pero estas actitudes profundas no se improvisan, sino que son consecuencia del
entrenamiento diario. Por eso nos ha dicho también San Pedro que tenemos que añadir a
nuestra fe la virtud. Es decir, esa forma de actuar constantemente en honda sintonía con el
Evangelio que se llega a convertir en nuestra segunda naturaleza. Pues sólo quien se ejercita
diariamente en el amor, la fe y la esperanza; en la humildad y demás actitudes evangélicas
será una persona virtuosa y tendrá la fuerza interior necesaria para afrontar las tentaciones y
dificultades. Pero siempre, teniendo como elemento central de nuestra contemplación el amor
que Dios nos tiene a cada uno y nos ha manifestado al llamarnos y elegirnos. Como dice
también el papa en la homilía antes citada, ‟para que el ajetreo diario no marchite lo que es
grande y misterioso,  (...) necesitamos volver a aquella hora en la que Él puso sus manos sobre
nosotros y nos hizo partícipes de este misterio‶.

Vais a recibir el ministerio sacerdotal en este primer templo de la Diócesis, que está
dedicado a la Anunciación de María. Os pongo a todos bajo su amparo, para que, como Ella,
dejéis con alegría y con asombro que el Espíritu configure en vuestra alma a Jesucristo. Ella
lo llevó en su seno, para dárselo a toda la humanidad; y vosotros lo llevaréis en vuestro
corazón, para actuar ‟con el yo‶ de Jesucristo Cabeza, y ofrecérselo a todos mediante vuestra
forma de vivir, vuestra palabra y los sacramentos que hoy os confía la Iglesia.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga