Publicado: 12/07/2008: 818

Presbíterado:

Rafael Jesús Caro González

José Javier García Pascual

Antonio Jesús Guzmán Molina

Diaconado:

Jesús Hernández Pérez

 

            1.- A lo largo de todo el capítulo 10, San Mateo nos presenta a Cristo dirigiendo una exhortación programática a sus 12 primeros sacerdotes, los apóstoles. Se le ha llamado por eso el “discurso de la misión”, o el “breviario espiritual del misionero”. En él se describe cómo deben ser los sacerdotes, los servidores del Evangelio y sus actitudes espirituales.

            Consuela saber que este texto hizo santo a Francisco de Asís, cuando él lo escucha en la predicación de la Misa de un Domingo. Toda la vida del sacerdote debe estar condicionada por la misión, que es el anuncio y la proclamación del Reino de Dios y tiene como principio fundamental el seguimiento y la semejanza con el Maestro: nuestra vida tiene sentido en cuanto es continuación y prolongación actual del mismo Jesús. La nota dominante de todo el capítulo es la de que la misión del sacerdote reproduce la del Maestro en sus tres dimensiones de palabra, vida y sufrimientos:

            “No está el discípulo por encima del Maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su Maestro y al siervo como su amo… Yendo, proclamad que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios” (10, 24 y 7-8).

            Se nos pide una disponibilidad para seguir a Jesús hasta la muerte (Mt 10, 34-42). Exigencia ante la persona misma de Jesús, hasta llegar al despojo total, hasta dar la propia vida. Lo cual quiere decir que, en todas las situaciones límites en que se pueda encontrar una persona, ante la soledad, ante la ruptura con los seres más queridos, ante el fracaso, ante la propia seguridad personal y ante la propia muerte, Jesucristo tiene que ser siempre el valor superior y tiene que prevalecer; hasta ahí tiene que llegar la vinculación personal al Señor y al Evangelio.

            2.- Dando por supuesta la identificación entre “apóstol o sacerdote” y “perseguido”, una gran parte del discurso son consejos en vista a la persecución. Dentro de este contexto de “persecución”, el breve inciso de la Misa de hoy está articulado en torno a una consigna repetida tres veces: “No tengáis miedo”.

            El primer aviso contra el miedo (v. 26), subraya el imperativo de proclamar a plena luz lo que los apóstoles aprendieron en la intimidad del Maestro. Son altavoz del Espíritu. Cristo no quiere una Iglesia en silencio: “No temáis”, no es un seguro contra infortunios; quiere decir que acepten de antemano con valentía la inevitable persecución (vv. 24-25): “No está el discípulo por encima del Maestro”.

            El segundo aviso (v. 28: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”), es de una impresionante seriedad. Supone al sacerdote en el caso límite: o infidelidad o muerte por la fe. Ante el caso límite nadie es héroe sino por motivos supremos. Cristo no se desdeña en proponer como tal también el temor de Dios: “Temed más bien al que puede llevar a perdición alma y cuerpo en la gehena”. Muchos mártires han aludido a esta frase del Evangelio en su respuesta a los Jueces.

            El tercer aviso o reflexión (vv. 29-31), complementa y perfecciona el segundo. La mirada del que se siente hijo de un dios Omnipresente, ve la mano de Dios en cada pormenor del mundo, hasta en la muerte de un pajarillo. La última razón que mueve la mano del Padre (razón, a veces, terriblemente oscura), es el AMOR. Cuando el apóstol de Cristo –el sacerdote- sufre o muere por serlo, sabe con certeza de fe que detrás de la mano que le hiere está la mano que le ama. Para el que tiene fe, todo es signo y contacto de un infinito y personal Amor de Dios.

            Termina esta serie de exhortaciones a la confesión intrépida de la fe con otra referencia al Juicio Final de Dios (vv. 32-33): “Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, Yo me declararé también por él ante mi Padre que está en los cielos, en el Juicio Final”. Y al que aquí finja desconocerle, allí será desconocido.

            Esto exige un amor afectivo a Jesús, que es decisivo en la vida de un sacerdote: cuando la oración, y en general todo lo espiritual, nos aburre, cuando el estar con el Señor no nos dice nada, es que en el fondo las fuerzas decisivas de la vida de una persona van por otro camino.

            El ministerio sacerdotal es Jesús mismo que prolonga su acción; y para eso:

·      hay que estar con Él,

·      para identificarnos con Él,

·      y para testimoniarle con nuestra vida.

            “El pobre que busca sólo a Dios, tiene el alma libre” (Foucauld).

 

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga