DiócesisHomilías Mons. Dorado

Celebración de las Bodas de Oro Sacerdotales de Mons. Dorado Soto

Publicado: 15/07/2006: 1178

Urda (Toledo)


Queridos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas:

Nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía que es la gran oración de acción de gracias al Señor. En esta ocasión con el motivo añadido de dar gracias a Dios por mis 50 años de ordenación sacerdotal.

1.- El día 5 de este mes, hace 50 años que celebré mi primera Misa en esta misma Iglesia parroquial. Con vosotros, mis paisanos y amigos, quiero cantar hoy, como la Santísima Virgen, nuestro “Magnificat”, nuestra oración de alabanza y acción de gracias por las maravillas que, por su misericordia, ha hecho en mí y a través de mi ministerio a lo largo de toda mi vida sacerdotal. Hago mías las palabras de San Pablo en la Carta a los Efesios, que hemos proclamado en la Segunda Lectura:

“Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
Él nos eligió en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos
consagrados e irreprochables ante él por el amor”. (Ef 1, 3 ss.).

El Salmista del Antiguo Testamento repasaba la historia de su vida y llegaba a la conclusión de que el Señor había estado grande con él y con la comunidad. Y la respuesta era el agradecimiento y la alegría. Es una ocasión para repasar la vida y hacer memoria agradecida del pasado. Hacer memoria, memoria detallada, sin que ningún trozo de la bondad de Dios se pierda. Los pequeños detalles son grandes. La memoria llega a lugares concretos donde Dios se mostró. La memoria refresca fechas en rojo del calendario personal e irrepetible. Era Dios, estaba el Señor. La memoria lleva sobre todo a personas concretas con sus nombres, que se amontonan en el recuerdo y no caben en el corazón.

Para expresaros mis sentimientos personales tomo las palabras del Salmista cuando dice: “Me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad”. “Soy consciente -como San Pablo-, de que todo proviene de Dios, que nos ha configurado consigo por Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación”.


2.- Don y Misterio.

El Papa Juan Pablo II ha resumido la esencia del sacerdocio en sólo dos palabras: Don y Misterio.

Aquel día 1 de abril de 1956, cuando fui ordenado sacerdote en la Universidad Pontificia de Comillas, oí resonar fuertemente en mi alma –como hoy- unas palabras de Jesucristo a sus apóstoles, que explican bien por qué la llamada al sacerdocio es un Don de Dios. Dice Jesús: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis, deis fruto y vuestro fruto permanezca”. (Jn 15, 16). Ser sacerdote es un Don de Dios que llama a los que Él quiere. Así lo afirma el Evangelio: “Llamó a los que Él quiso”.

Por eso quiero que mis primeras palabras de hoy sean de un humilde y profundo agradecimiento al Señor que, sin mérito alguno por mi parte, quiso concederme el inmenso don de llamarme al sacerdocio y configurarme sacramentalmente a Cristo Pastor para el servicio de todos los fieles de la Iglesia y de todos los hombres de buena voluntad.

Don y Misterio de una vocación divina. Cuando San Pablo explica a su discípulo Timoteo esa llamada de Dios, le escribe: “Nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no en razón de nuestras obras, sino por su propia iniciativa y por la gracia que nos ha sido concedida en Cristo Jesús”. En la Carta 2ª a los Corintios nos recuerda que llevamos este tesoro en vasos de barro, para que aparezca la extraordinaria grandeza del poder de Dios, y que no viene de nosotros. San Marcos (3, 13-15), refiriéndose a la elección de los primeros sacerdotes, dice que “Dios llamó a los que Él quiso para que estuvieran con Él y enviarlos a predicar”. El fin de toda vocación sacerdotal es “estar con Cristo” y difundir el Evangelio de la Salvación.


3.- Acción de gracias.

Don y Misterio de la vocación sacerdotal. Al mismo tiempo que la gracia de Dios me iba conduciendo al desarrollo de mi amistad con Dios y al descubrimiento de Jesucristo –en medio de mis debilidades-, la paterna voluntad de Dios me fue llevando después de la ordenación sacerdotal por caminos, lugares y experiencias que nunca hubiera podido imaginar. No siempre fáciles, pero sí apasionantes.

Cuando contemplo los años transcurridos desde aquel 1 de abril de 1956, doy gracias a Dios por todas las gracias que ha derramado sobre mí y por todo lo que yo haya podido transmitir de vivencia del Evangelio a cristianos de Toledo, de Guadix, de Cádiz y Ceuta y de Málaga y Melilla.

Por eso, eso, como San Pablo, os digo: “Sois mi gozo y mi corona”. Por eso, junto a mi acción de gracias a Dios, quiero daros gracias a vosotros.

A los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a los laicos, tanto a los que pertenecen a Asociaciones de Fieles, a Movimientos, a Hermandades y Cofradías, … como a esa muchedumbre de cristianos que estáis incorporados a las muchas parroquias de las diócesis. Mi vida sacerdotal no ha sido un recorrido en solitario. “El que cree nunca está solo”. Ha sido una historia vivida en compañía de la Iglesia, del Pueblo de Dios, que ha tenido para mí muchos rostros.

Doy gracias a mis padres y familiares. Doy gracias a los cristianos de Toledo, que fueron las primicias de mi servicio sacerdotal. A los que ayudé y me ayudaron en la vida de fe durante los 8 años de estancia en Guadix. También a los de la diócesis de Cádiz y Ceuta. Fueron 20 años muy intensos y no siempre fáciles, en los que nos tocó vivir los cambios eclesiales derivados del Concilio Vaticano II, los cambios sociales producidos por la transformación de una España rural en una nación industrial y los cambios políticos que propiciaron la transición, la llegada y consolidación de la democracia.

Doy gracias hoy especialmente a los cristianos de Málaga y Melilla. Trece años son suficientes para descubrir y amar la profundidad de la historia cristiana de Málaga, sus numerosos testigos de la fe, muchos de ellos verdaderos renovadores eclesiales. Particularmente hago mención de los Santos Obispos que me han precedido en los últimos años: el Beato Marcelo Spínola, el Beato Manuel González y del Siervo de Dios, Cardenal Herrera Oria. ¿Y cómo olvidar el testimonio de tantos sacerdotes ejemplares, la entrega de tantos laicos al servicio de la Iglesia y la generosidad de tantos cientos de religiosos de órdenes y congregaciones que tanto han aportado a la diócesis?

En estos últimos años hago presente el esfuerzo renovado por estar disponibles para la evangelización y sembrar el Espíritu del Señor en las muchas y diferentes realidades temporales que hay en nuestra provincia y en Melilla.

Trece años en los que hemos vivido y trabajado en proyectos pastorales diocesanos, en la animación de las parroquias, de la familia y de los Movimientos. Trece años de cercanía, durante los cuales hemos crecido en amor cristiano, en comunión eclesial y en deseos de ser buenos testigos del Señor y servidores del Evangelio.


4.- ¿Qué os pido a vosotros esta tarde?

Siento que el Señor nos está invitando a fortalecer la fe y la confianza en el Evangelio, en el seno de esta sociedad pagana en la que nos corresponde anunciar a Jesucristo. Porque sólo él puede convertir los montes en caminos y conmoverse como una buena madre ante los hijos de sus entrañas. La certeza de que Él es “bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas”, tiene que marcar ahora nuestro esfuerzo y nuestra búsqueda. Tal vez nos esté pidiendo que prestemos más atención a cuantos se esfuerzan por vivir el Evangelio con radicalidad, que antepongamos las palabras de aliento a las de condena y que presentemos con alegría y paz profunda a Jesucristo y su Evangelio.
Es cierto que caminamos por valles áridos, pero no es menos cierto que el Señor es “clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad”, “bondadoso en todas sus acciones” y “está cerca de los que lo invocan” (Salmo 144, 8).

Por ello, en lugar de centrar nuestra mirada en las tinieblas que nos rodean y que sean ellas las que marquen nuestras decisiones, os invito a profundizar las palabras que Jesús nos dice en el Evangelio: “Mi Padre sigue actuando y yo también actúo”. Él es la Luz que ha vencido a las tinieblas, la Verdad que sigue abriendo paso en medio de la mentira y el Camino que atraviesa nuestro desierto para conducirnos al Reino.

Conscientes de que no podemos hacer nada sólo con nuestras fuerzas, nos corresponde a nosotros escuchar su voz amiga a través de la oración, de la reflexión y del diálogo sereno.

Los análisis sociológicos sobre la actitud de nuestro pueblo ante la fe, nos llevan al pesimismo, nos turban y nos pueden inducir a ponernos en una actitud defensiva que no es la mejor para proclamar el Evangelio, la Buena Noticia de Jesucristo. Por eso resulta tan provocador y consolador escuchar que el Señor nos dice como a Pedro: “No temas. Yo estoy contigo. No te abandono”.

Es verdad que no nos resulta fácil mantener una actitud de esperanza, pero la fe nos enseña que Jesucristo ha vencido al pecado y a la muerte y que sigue activamente vivo en nuestro mundo.
Por eso os invito a que nos abandonemos en las manos de Dios, siguiendo el ejemplo de María. Conocía su pequeñez, pero también conocía la grandeza del Señor, que se sirve de los pequeños y de los débiles para obrar maravillas.

Hago mías unas palabras que pronunció el Papa Pablo VI el día 16 de mayo de 1970, en la ordenación de un grupo de 278 presbíteros y diáconos, precisamente el día en que celebraba las Bodas de Oro de su ordenación sacerdotal:

“Cincuenta años, dijo,  no han bastado para borrar la memoria de aquel estupendo y sencillo episodio… Ser sacerdote es algo grande… Gracias a Ti, Padre, que sin fijarte en mi pequeñez, me has dirigido tu llamada… Me llamaste a mí, tímido e inepto, para estar más cerca de Ti, de tu Cruz. Y me salió del corazón esta respuesta: en tu nombre, Señor, hágase según tu Palabra”.

A Santa María Virgen dirijo mi pensamiento y mi oración: que no nos deje como Madre que es y nos ayude a vivir con fidelidad y alegría. Y que su cercanía materna nos conduzca siempre a su Hijo Jesús, que es el Salvador de todos nosotros.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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