DiócesisHomilías Mons. Dorado

Festividad de la Sagrada Familia

Publicado: 30/12/2006: 528

S.I. Catedral, Málaga

Sea vuestro uniforme la misericordia entrañable

1.- “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres”. (Lc 2, 52). Con estas palabras tan precisas como escuetas, nos indica el evangelista Lucas cuál fue la aportación de José y de María, como pareja, a la Historia de la Salvación: ofrecer una familia al Hijo de Dios, su hijo según la carne y la Ley, e iniciarle en el desarrollo de todas las posibilidades humanas que tenía.

En primer lugar, se ocuparon de su dimensión corporal, prestando atención a que creciera en estatura, como ha dicho el evangelista Lucas. Es algo que los padres actuales cuidáis mucho, con las visitas periódicas al pediatra desde el comienzo del embarazo; con el cuidado de la alimentación de los bebés; y de que reciban a su debido tiempo las vacunas necesarias. Algo digno de encomio, que os alabo.

Se ocuparon también de que creciera en sabiduría. No sólo en el aprendizaje de un oficio para ganarse la vida, sino, además, en la conciencia de que Dios nos ha creado y es nuestro querido Padre, de que toda persona tiene una dignidad inviolable por ser hija de Dios, de que existen el bien y el mal, y de que la fe en Dios no se opone al buen uso de la inteligencia y de los saberes en general, sino que los completa. No se limitaron a proporcionar a su hijo la preparación para ejercer un trabajo, sino que le enseñaron a vivir, y a vivir bien, que es el cometido más difícil y necesario. Estuvieron atentos al ejercicio de sus habilidades, pero también a su desarrollo integral, para que creciera en sabiduría.

Y como elemento esencial de esta sabiduría, con el diálogo y el buen ejemplo le enseñaron a vivir en amistad con Dios. Para que creciera en gracia ante de Dios y de los hombres, le llevaban al templo de acuerdo con las costumbres judías; le inculcaban el amor a Dios y a los demás; le enseñaban a rezar y a comportarse con todos como un hijo de Dios. No es extraño que aquel niños llamara la atención de los doctores en el templo, pues cuando ha recibido una buena iniciación cristiana, la persona se siente más segura de sí, más libre y más convencida... Habla “con autoridad”.

Por eso, mirando en el espejo de la Sagrada Familia, y en la experiencia humana en general, la Iglesia ha proclamado siempre y sigue proclamando hoy que la familia, como “escuela del más rico humanismo” es el lugar adecuado para educar a los hijos (Cf GS, 47-52); y que son los padres quienes tienen el derecho y el deber inalienables de educar a sus hijos de acuerdo con sus convicciones y con su mundo de valores.

Pero, en nuestra sociedad, este cometido de la familia se ve dificultado por dos fenómenos que los padres debéis analizar, para buscar las respuestas necesarias. El primero es el renacer de una mentalidad estatalista, que pretende ocupar el puesto de los padres en las tareas educativas. Algunos gobernantes transmiten la impresión de que no se conforman con que el Estado promueva las escuelas necesarias donde la sociedad no llega, sino que pretenden que sea el Estado el que controle, incluso ideológicamente, la educación de todos. Y ése sería un atropello que los padres no podéis consentir.

La otra dificultad procede de la organización de nuestra vida laboral, que impide a los padres convivir el tiempo suficiente con los hijos para escucharlos, para dialogar y jugar con ellos. Porque dejarlos en manos de la guardería y de las menguadas fuerzas de los abuelos no es la mejor solución, como tampoco lo es una solución rellenar con actividades complementarias los espacios de tiempo que los niños necesitan para jugar, reír, convivir y expresar a sus padres toda la riqueza afectiva que llevan dentro. Es necesario que dispongan de un hogar acogedor, donde vivir y crecer bajo la mirada de los padres. Y ése es hoy el gran desafío de muchos padres. Pero, ¿cómo afrontarlo? La segunda lectura que se ha proclamado nos ofrece las claves de la familia cristiana

2.-  Sois “Pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado” (Col 3, 12), y esto significa que el Espíritu habita en vuestro corazón por el sacramento del bautismo y, por ello, os habéis casado “en el Señor”. En el sí que os disteis un día permanece presente Jesucristo para sanar vuestro amor, para elevarlo por encima de las posibilidades humanas y para hacerlo fecundo en todos los sentidos. Por eso, es necesario que los matrimonios recéis juntos, que acudáis unidos a la misa del domingo y que os habituéis a contar con la presencia salvadora de Jesucristo.

Quienes no conocen a Dios dicen que el amor es frágil y fugaz, pero nosotros, los seguidores de Jesús, sabemos que es una virtud teologal, porque hunde sus raíces en Dios, se alimenta de la Eucaristía y “no acaba nunca”. Por eso dice San Pablo que la fe, la vida de fe, se sobrepone a nuestra debilidad como un uniforme o como una segunda naturaleza, y se manifiesta luego en la “misericordia entrañable (o ternura), la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión”.

Es verdad que la vida es larga y los humanos tenemos defectos, por eso recuerda el apóstol que hay que cargar con los pecados del otro como Jesús de Nazaret cargó con los nuestros, que hay que sobrellevarse y perdonarse. Y conviene que inculquéis a los novios y a las parejas jóvenes que el aprendizaje del amor es lento, pero que no hay que desanimarse. Cuando nuestra legislación ha convertido el divorcio en la única solución, e incluso ha rebajado el divorcio al repudio por el que un cónyuge puede legalmente dejar al otro tirado, los seguidores de Jesucristo tenéis que poner de manifiesto que el amor para toda la vida no sólo es posible, sino que es la fuente de plenitud y de alegría. Frente a la mentalidad divorcista y derrotista, hay que presentar la grandeza de un amor que dura siempre y esto sólo se demuestra con los hechos. Si os apoyáis en Jesucristo y le convertís en centro de vuestra búsqueda y de vuestra convivencia, os daréis cuenta de que es posible navegar contra corriente y encontrar las riquezas ocultas que hay en cada uno de vosotros y en vuestra pareja.

“Y por encima de todo, el amor, que es el vínculo de la unidad consumada”, dice también el Apóstol. Pero amar no es fácil, pues nos lo impiden el egoísmo, la soberbia y los demás pecados capitales, esas fuerzas malignas que residen en el corazón humano. De ahí la necesidad de una vida intensa de fe. El diálogo, los pequeños detalles y la transparencia son otros tantos medios para entrenarse y crecer en el amor, pero si nos falta el trato diario con Dios, la conciencia cálida de que Él nos perdona y nos ama a pesar de nuestros pecados, corremos el peligro de dejarnos llevar por la corriente y por el desánimo. No olvidéis que, como dice San Pablo, es el Espíritu Santo el que derrama el amor nuestros corazones.

Y con ser muy grave tener una legislación como la española actual que, lejos de proteger a la familia parece empeñada en alentar su desintegración, lo más peligroso es que también los seguidores de Jesucristo nos dejemos contaminar por las tendencias divorcistas, pues cuando nos faltan convicciones, dejamos de luchar.

3.- Termino con palabras de san Pablo: Celebrad la Acción de Gracias” y que “la Palabra de Cristo habite entre vosotros con toda su riqueza” (Col 3, 15-16). La Acción de Gracias es otro nombre de la Eucaristía. Y es como si nos estuviera diciendo; Acudid con vuestros hijos a la misa del domingo y preparad antes con ellos de qué vais a pedir perdón, por qué le vais a dar gracias y a quienes queréis rogar que socorra con su providencia. ¡Que esta celebración deje de ser un deber para convertirse en una fiesta, en un tiempo de oración alegre y distendido! Como debía ser la peregrinación de María y de José al templo de Jerusalén o su visita semanal a la sinagoga

Viendo cómo la fe y la práctica religiosa acrecientan luego la alegría, la bondad, la comprensión y el amor de sus padres, los niños descubrirán que Dios salva de verdad y es la plenitud del hombre.

Queridos abuelos, queridos padres y queridos niños, Dios os ama y desea que seáis felices. El ejemplo luminoso de José, María y Jesús camino del templo, en medio de parientes y amigos, es la mejor estampa de lo que debe ser hoy una familia cristiana, la vuestra.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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