DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo de Pentecostés. Ciclo A

Publicado: 11/05/2008: 532

1.- Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, que es la cima del año litúrgico. Todo el año esta orientado hacia esta solemnidad, porque supone la conclusión de la obra salvadora de Jesús.

En la Primera Lectura se nos ha narrado el acontecimiento de Pentecostés. Pablo en la Segunda Lectura nos habla del Espíritu Santo, que distribuye múltiples dones. Y el Evangelio nos ha contado la aparición de Jesús a los discípulos la noche de la Pascua en el Cenáculo.

Ante todo quiero felicitar muy especialmente a los laicos en el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. Felicitaros y agradeceros vuestro testimonio de vida, vuestra entrega al servicio de los distintos quehaceres apostólicos que realizáis a través de las asociaciones y movimientos eclesiales y de la Acción Católica, vuestro sentido de Iglesia y vuestro sacrificio.

Rezo por vosotros y por vuestras familias, por vuestras parroquias respectivas y por las realidades evangelizadoras en que estáis insertados.


2.- La fiesta de Pentecostés es el día en que los primeros cristianos se echaron a la calle, llenos de entusiasmo, a proclamar a Jesucristo y su Evangelio con obras y con palabras. Tras el desconcierto que le produjo la crucifixión y la muerte del Señor, le “vieron” luego Resucitado a lo largo de varias semanas. “Hemos visto al Señor”, decían. Pero cuando ascendió a los cielos se sintieron huérfanos de nuevo. Y cuenta San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que, un día, cuando estaban rezando junto a María, la Madre de Jesús, se sintieron de repente llenos del Espíritu Santo, y luego un fuego devorador empezó a arder en su corazón. Se sintieron llenos del Amor y del Aliento de Dios y se les abrió la inteligencia.

Transformados por esta fuerza misteriosa, comenzaron la misión apostólica. Han pasado veinte siglos y como nos enseña el Concilio Vaticano II ahora “el Espíritu habita en la Iglesia y en los corazones de los creyentes como en un templo, ora con ellos y da testimonio de que son hijos adoptivos de Dios. El conduce a la Iglesia hacia la Verdad total, les une en la comunión y en el servicio, la construye y dirige con diversos dones jerárquicos y carismáticos y los adorna con sus frutos. Con la fuerza del Evangelio, el Espíritu rejuvenece a la Iglesia y la renueva sin cesar” (LG. 4).


3.- Esta renovación y este rejuvenecimiento se realizan mediante aquellos cristianos que escuchan la Palabra de Dios y siguen con pasión a Jesucristo. Nadie ignora que los grandes renovadores de la Iglesia, los que abren nuevos caminos de fe y esperanza son los santos. No lo debemos olvidar si queremos ser fermento evangélico en medio de la masa, si queremos ser “sal y luz del mundo”, como nos recuerda el lema de este Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar. No lo debemos olvidar, si queremos ser fermento evangélico en medio de la masa, pues como recordó repetidamente Juan Pablo II, la santidad es la primera urgencia pastoral que tenemos los cristianos.

En su Exhortación Apostólica “La Iglesia en Europa”, el Papa insiste en que “es necesaria la presencia de laicos cristianos, que en las diversas responsabilidades de la vida civil, de la economía, la cultura, la salud, la educación y la política, trabajen para infundir en ellas los valores del Reino” (IE 99).

El laicado, ha repetido el Santo Padre en diferentes ocasiones es “un gigante dormido” que puede transformar la sociedad. Pero su presencia transformadora no será posible ni eficaz si los seglares centran su atención en discusiones intraeclesiales y si no tienen claro su identidad católica. Es sabido que su misión apostólica brota del Bautismo. Pero me permito recordar tres actitudes que son necesarias para hacerla fecunda:

La primera: su comunión afectiva y efectiva con la Iglesia, con su enseñanza, son sus aportaciones positivas y con sus pecados, que también las tiene.
Desde la desafección y la crítica amarga y corrosiva, no es posible ser testigos de la Buena Nueva.

La segunda: su intensa vida espiritual. Para ser testigo de Jesucristo Resucitado no basta con decirlo. Solo esas experiencias hondas de Dios, que trasforman la vida de una persona permiten hablar con la autoridad de quien “ha visto y ha oído”.
Pienso que en nuestro momento presente sobran las ideologías y faltan las experiencias fuertes de Dios.

Y, por último, una formación intelectual rigurosa, que sea capaz de dar razón de su esperanza y de dialogar con el hombre de hoy. Los rudimentos de la fe, con frecuencia desfasados, no bastan para proclamar el Evangelio y para inculturarlo.

Si falta alguna de estas tres actitudes, caeremos en un voluntarismo estéril que, en lugar de proclamar el Evangelio, nos lleve a sentir la propia impotencia y a criticar a los demás. El apostolado de los laicos es más necesario que nunca, pero necesita abrirse a la gracia de Dios y cultivar la propia formación para “fortalecer nuestra fe y transmitirla a los demás”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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