DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo II de Adviento. Ciclo A.

Publicado: 09/12/2007: 623

1.- “El Reino de los Cielos está cerca”, dice el Evangelio de la Misa de hoy, 2º Domingo de Adviento.

Según noticias de aquel tiempo, cuando Jesús de Nazaret se manifestó a orillas del río Jordán, se percibía en el ambiente la esperanza de algo nuevo. Un poema del poeta romano Virgilio, el más famoso y favorito de la época, anuncia que está a punto de nacer el príncipe de la Paz. Este clima de Esperanza es el que nos refleja el Evangelio de hoy, Domingo. Juan Bautista dice que el Reino de Dios está cerca, y que el Mesías (el Salvador) vendrá de un momento a otro, para bautizar con el Espíritu Santo y fuego.


2.- Pero los hombres de hoy hemos visto demasiado y ya no esperamos nada. El siglo XX estuvo lleno de mesías o salvadores que ofrecían paraísos de paz y de justicia. Unos desde la política, como Hitler, Stalin o Mao Tse Tung, que produjeron millones de víctimas. Otros, desde la Psicología, para eliminar el sentimiento de culpabilidad; y nunca hemos visto más violencia en el corazón de la persona y de las casas; y muchos desde la ciencia en general, pero estamos destruyendo el medio ambiente. El siglo XX ha sido el siglo más sangriento y más cruel de la historia, a pesar de nuestro saber y de nuestra ilustración. Hemos perdido la ingenuidad y ya sólo le pedimos a la vida unos pocos años de placer y el derecho a la eutanasia.


3.- Ante esta falta de Esperanza, el Papa Benedicto XVI ha publicado una Encíclica en la cual nos recuerda sin rubor que sin Dios no es posible la Esperanza. Sólo unos años de placeres, que pasan rápidos y nos llevan a la nada.


4.- En medio de este desierto de promesas incumplidas y rotas, la Palabra de Dios nos invita de nuevo a la Esperanza. Puesto que hemos sido bautizados en el Espíritu Santo y en fuego, la fe puede reavivarse cuando menos lo esperemos. He aquí el mensaje de Juan Bautista: que Dios puede brillar de nuevo en el corazón de cada uno de nosotros. El Dios de Jesucristo, un Dios que libera para amar, que pacifica el corazón de sus hijos y los enseña a vivir como un hermano de todos.

Pero Juan Bautista, un gran hombre, el mayor nacido de mujer, es un hombre del Antiguo Testamento. Se retira al desierto y vive su fe fuera de la ciudad. Además, nos presenta una imagen de Dios amenazadora, que convierte la religión en un conjunto de deberes, más que en una Buena Noticia. Porque el Dios en quien creemos, vive en medio de la gente, busca al pecador. Y se acerca a todos los marginados para levantarlos e integrarlos en la sociedad. Es un Dios que nos busca, nos ama y nos acoge.
5.- Algo semejante nos dice San Pablo en la Segunda Lectura de la Misa: “Acogeos mutuamente como Cristo nos acogió”. Porque el mejor reflejo de la fe en Jesucristo, y de la presencia de Dios en el corazón creyente, es el amor a los demás. Un amor que no cree en la guerra ni en la violencia, que elimina las fronteras y es capaz de perdonar. Un amor que se hace voz de los pisoteados y defensa de los vencidos.

El Profeta Isaías lo dice con palabras hermosas en la Primera Lectura: “habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea… El niño jugará con el agujero del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente” y nadie hará daño a nadie.

Comprendo que es un sueño demasiado hermoso, pero el Espíritu de Dios nos invita a intentarlo de nuevo aunque no lleguemos a la meta. Pues cuando Dios viene al corazón de cada persona, algo muy profundo se conmueve dentro; algo que invita a acabar con las fronteras y las guerras; a mirar al otro como hermano; y a buscar en el amor y en el diálogo aquello que no han logrado siglos de imposición y de violencia.


6.- La espiritualidad del Tiempo de Adviento está muy bien  descrita en la Oración Colecta con la que hemos iniciado la Santa Misa:

“Señor Todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta Él con sabiduría divina, para que podamos participar plenamente de su Vida”.

Se nos dicen tres cosas fundamentales:

a). Que nuestra esperanza ha de ser activa. Hay que preparar los caminos del Señor: “Salir animosos al encuentro del Señor”.

b). Este salir al encuentro supone y exige (en segundo lugar) una actitud de conversión: “No permitas que lo impidan los afanes de este mundo”.

c). Por último: que por este encuentro con Dios y la conversión necesaria, “nos guíe hasta Él con absoluta sabiduría, para que podamos participar plenamente de su Vida”.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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