DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo II de Pascua. Ciclo B

Publicado: 23/04/2006: 602

1.- El Evangelio de la Misa de hoy, Domingo, nos pone de manifiesto que creer en la Resurrección de Jesucristo no ha sido fácil nunca.

Ni siquiera para hombres como el Apóstol Tomás, que vivieron con Jesús de Nazaret y fueron testigos de su vida, de sus milagros y palabras.

Y es que la fe en la Resurrección de Jesucristo no es fruto de la razón. Es verdad que tenemos razones para creer, pero la decisión final se fragua en el corazón de la persona humana ayudada por la Gracia de Dios. Es una decisión absolutamente libre.


2.- Pero al mismo tiempo que la dificultad para creer en la Resurrección, el Evangelio subraya la importancia de la Fe en la Resurrección. Por encima de la debilidad de Tomás, el Maestro afirma la Bienaventuranza de la Fe pura. De los que creerán por el Testimonio y la Palabra, sin necesidad de ver ni de tocar. San Juan termina así su Evangelio, con la Bienaventuranza que las resume a todas: la Bienaventuranza de la Fe. ¡Felices cuántos tenemos el gozo de creer en la Resurrección, bajo la Gracia de Dios, por la Palabra Apostólica!.


3.- El (sentido) acierto de la decisión tomada se echa de ver en la vida cotidiana, porque la fe en la Resurrección, creer que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”, es fuente de vida eterna. San Juan pediría hoy a nuestro mundo, abrumado de incertidumbres, la sensatez de la Fe. La audacia de escuchar el Evangelio.


4.- Lo que más llamaba la atención de los primeros cristianos era su amor y su profunda honestidad. “Todos eran bien vistos”.

Además de cumplir como buenos ciudadanos, intentaban vivir una vida solidaria, como dice la Primera Lectura de la Misa: “todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían”. (Hch 4, 32-35).

El historiador Plinio el Joven afirma en una de sus Cartas al emperador Trajano, hacia el año 112, que “los cristianos se reunían de madrugada a rezar y cantar himnos a Cristo y que se comprometían bajo juramento a no cometer ningún crimen, a no robar ni asaltar caminos, a no cometer adulterio, a no faltar a su palabra y a no negar ningún depósito reclamado por la justicia”.

A pesar de las calumnias y las burlas, llamaba la atención su libertad soberana para proclamar el Evangelio y la fortaleza con que afrontaban la cárcel, las torturas y la muerte. Según dicen esas crónicas, que se llaman “Hechos de los Apóstoles”, también tenían defectos, como todos los humanos, pero la coherencia de sus vidas resultaba seductora para muchos que los trataban de cerca.

Porque creer que Jesucristo ha resucitado y está vivo, no consiste sólo en tener unas ideas hermosas. Es, ante todo, una forma de vivir y tomarse en serio la existencia, de cumplir los mandamientos de Dios, de trabajar por el hombre y de mantener viva la Esperanza. Eso que nos garantiza que más allá de la muerte están los brazos amorosos de Dios, nuestro Padre.


5.- “Como el Padre me ha enviado, así también os envío Yo”. Las primeras comunidades cristianas tenían conciencia viva de ser “misioneros”, de ser “enviados”. Sabían que el punto de apoyo de su Misión era un envío del Resucitado. En este encuentro del anochecer de Pascua se destacan tres ideas en torno a la Misión:

a). que su atmósfera es la Paz y la Alegría,

b). que su Fuerza es el Espíritu Santo, presente y activo, como lo prometió en el Sermón de la Última Cena, y

c). que entre sus prioridades sobresale la de ofrecer al hombre su liberación con el Perdón de los pecados: la santificación de los hombres.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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