DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo II de Pascua. Ciclo A

Publicado: 30/03/2008: 639

1.- En este segundo Domingo de Pascua vemos que la Resurrección de Jesús nos trae muchas gracias. Jesús no resucitó sólo para Él, sino también para nosotros: su Resurrección tiene efectos considerables sobre nuestra vida. Los textos de la Liturgia de hoy nos muestran que su Resurrección nos trae la Paz, la Alegría, el Amor y todo lo que se fundamenta en la Fe.

El Evangelio de la Misa de hoy nos pone de manifiesto que creer en la Resurrección de Jesucristo no ha sido nunca fácil. Ni siquiera para hombres como el Apóstol Tomás, que vivieron con Jesús de Nazaret y fueron testigos de su vida, de sus milagros y palabras. Y es que la Fe en la Resurrección de Jesucristo no es fruto de la razón. Es verdad que tenemos razones para creer, pero la decisión final se fragua en el corazón de la persona humana ayudada por la Gracia de Dios.


2.- Pero al mismo tiempo que la dificultad para creer en la Resurrección, el Evangelio subraya la importancia de la Fe en la Resurrección. Por encima de la debilidad de Tomás, el Señor afirma la Bienaventuranza de la Fe pura. De los que creerán por el Testimonio y la Palabra, sin necesidad de ver ni de tocar. San Juan termina así su Evangelio, con la Bienaventuranza que las resume a todas: la Bienaventuranza de la Fe. ¡Felices cuántos tenemos el gozo de creer en la Resurrección, bajo la Gracia de Dios, por la Palabra Apostólica!

El acierto de la decisión tomada se echa de ver en la vida cotidiana, porque la Fe en la Resurrección, creer que “Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”, es fuente de vida eterna. San Juan pediría hoy a nuestro mundo, abrumado de incertidumbres, la sensatez de la Fe. La audacia de creer y de escuchar el Evangelio.


3.- Lo que más llamaba la atención de los primeros cristianos era su amor y su profunda honestidad. “Todos eran bien vistos”.

Además de cumplir como buenos ciudadanos, intentaban vivir una vida solidaria, como nos ha recordado la Primera Lectura de la Misa: “Todos pensaban y sentían lo mismo; lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenían”. (Hch 4, 32-35). El historiador Plinio el Joven afirma en una de sus Cartas al Emperador Trajano, hacia el año 112, que “los cristianos se reunían de madrugada a rezar y cantar himnos a Cristo y que se comprometían bajo juramento a no cometer ningún crimen, a no robar ni asaltar caminos, a no cometer adulterios, a no faltar a su palabra y a no negar ningún depósito reclamado por la justicia”.

A pesar de las calumnias y las burlas, llamaba la atención su libertad soberana para proclamar el Evangelio y la fortaleza con que afrontaban la cárcel, las torturas y la muerte. Según dicen esas crónicas, que se llaman “Hechos de los Apóstoles”, también tenían defectos, como todos los humanos, pero la coherencia de sus vidas resultaba seductora para muchos que los trataban de cerca. “Compartían con los demás los bienes que tenían”.

Porque creer que Jesucristo ha resucitado y está vivo, no consiste sólo en tener unas ideas hermosas. Es, ante todo, una forma de vivir y tomarse en serio la existencia, de cumplir los mandamientos de Dios, de trabajar por el hombre y de mantener viva la esperanza. Esa esperanza que nos garantiza que más allá de la muerte están los brazos amorosos de Dios, nuestro Padre.

Proclamemos en este Domingo nuestra Fe, reconozcamos su grandísimo valor. Ella es fuente de Paz, de Alegría y de Amor. Es fuente, ante todo, de unión personal, íntima, con Jesús Resucitado y, por medio de Él, con el Padre celestial. Nuestra Fe es un tesoro, un tesoro que nos hace felices poseer y que debemos acoger y fortalecer cada vez más y mejor en todas las circunstancias.

La resurrección no es sólo una promesa lejana de resucitar también nosotros en el futuro, sino la posibilidad de una relación personal profunda con Jesús en el presente, de acceso a Dios en el corazón del Crucificado, en su vida, en su muerte por amor.

Creer en la Resurrección, ponerse frente al Resucitado, es tocar su muerte, palpar su entrega, ser acogidos en su amor. Y eso es la Fe.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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