DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo IV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Publicado: 03/02/2008: 715

1.- La Primera Lectura pertenece al siglo VII antes de J. C. Presenta al Pueblo de Dios, que en contacto con la cultura asiria se ha alejado del Señor y de los valores religiosos, seducido por los “dioses falsos”. La sociedad se seculariza y crece la injusticia entre las capas sociales. Es una situación que tiene cierta semejanza a la actual. El profeta Sofonías denuncia los pecados de su pueblo y siembra un germen de esperanza. Un pequeño resto permanece fiel a Dios y a sus designios.

En la Segunda Lectura, San Pablo viene a decirnos que nosotros somos ese pequeño resto. Personas corrientes, con nuestras virtudes y defectos, a quienes Dios ha llamado a seguir a Jesucristo y ser portadores de la Salvación divina: una justicia nueva, una sabiduría y una plenitud que resplandecen en la Cruz de Cristo.


2.- Es la sabiduría que nos presenta el Evangelio de la Misa, tomado del capítulo V de San Mateo, que nos relata el Sermón de la Montaña. Y como dice la Segunda Lectura, va dirigida a los pequeños, a los pobres, a los humildes y a los que sufren. Porque ellos, los despreciados del mundo, son los preferidos de Dios y los hombres felices.

Son las páginas que dibujan con más vigor el rostro del verdadero cristiano. Bosquejan el ideal del hombre según el Evangelio; y jamás se han pronunciado palabras más fecundas. Gandhi las recitaba de memoria. Podemos recorrer los dichos de Jesús, que nos enseña:

  Bienaventurados los pobres de espíritu:

Los que no son esclavos de la codicia o del dinero, los que no hacen trampas ni aceptan la corrupción. Son gentes que han elegido trabajar por la justicia, ver un hermano en cada hombre y compartir cuanto tienen. De ellos es el Reino de los Cielos

  Dichosos los sufridos:

Los que permanecen fieles a sus principios y aguantan cuando las cosas salen mal. Los que saben seguir practicando el bien, aunque los tomen por locos y no medren en su empresa. Porque ellos heredarán la tierra. Pero la Tierra Prometida, porque aquí no serán ricos ni alcanzarán el poder.

  Dichosos los que lloran:

Los que son sensibles al dolor de sus hermanos y no miran a otro lado ante las calamidades. Saben acercarse al fracasado y al que sufre para tenderle una mano. Ellos serán consolados porque Dios enjugará sus lágrimas. Esas lágrimas sinceras que llegan al corazón de Dios.

  Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia:

Los rebeldes frente a quienes explotan a los niños y a los emigrantes sin papeles; frente a los satisfechos y los conformistas. Los que buscan esa justicia de Dios que empieza en el corazón y que se llama santidad. Ellos serán saciados, porque el mismo Dios se ha convertido en su pan y en su alimento.

  Dichosos los misericordiosos:

Las personas compasivas, las que saben perdonar; las que tienen un alma grande; las que muestran entrañas y corazón ante quien se siente solo y hundido. Porque ellos alcanzarán misericordia; esa misericordia divina que es el perdón y que todos necesitamos, aunque nos cueste confesarlo.

  Dichosos los que tienen un corazón limpio:

Los que no son tramposos, los que no tienen dos caras, las personas transparentes, que no almacenan en su espíritu rencores ni deseos de venganza. Porque ellos verán a Dios, pues Dios se manifiesta a quien le busca con un corazón sincero.

  Dichosos los que construyen la paz, porque ellos se llamarán los hijos de Dios:

Los que han acogido esa paz interior que nos regala el Evangelio; y los que trabajan a favor de la paz en un mundo cargado de violencia.

  Dichosos los perseguidos por hacer la voluntad de Dios, porque de ellos es el Reino de los Cielos:

Los que se sienten rechazados por decir que sólo Dios puede sanar el corazón del hombre. Los que tienen que nadar contra-corriente en un mundo que desea borrar hasta el nombre de Dios en las escuelas, en el periódico y en la vida pública.

Cuando nos obsesionen problemas secundarios, será bueno y oportuno recordar las Bienaventuranzas y recordar, como nos dice San Pablo, que Dios, en Cristo, se ha hecho para nosotros “Sabiduría, Justicia, Santificación y Redención” (1 Cor 1, 26-31).

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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