DiócesisHomilías Mons. Dorado

Ordenación sacerdotal de Antonio Prieto Zurita

Publicado: 09/03/2008: 1092

Domingo V de Cuaresma. Ciclo A

1.- “Yo soy la Resurrección”, dice el Señor. “Yo soy la Vida para siempre”. Este es el pensamiento dominante y la idea principal de las lecturas de este V Domingo de Cuaresma, en que recibirá el Sacramento del Orden Sacerdotal el seminarista diocesano Antonio Prieto.

La liturgia de este Domingo nos prepara para celebrar el Misterio Pascual de Jesús, que es un misterio de muerte y Resurrección, esto es, de Vida que vence a la muerte.

La Primera Lectura es ya una promesa de Resurrección. Ezequiel declara, en nombre de Dios, que habrá Resurrección:

“Esto dice el Señor: Yo voy a abrir vuestros sepulcros, os voy a sacar de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os voy a llevar a la tierra de Israel”.

La Segunda Lectura habla claramente de la victoria sobre la muerte. San Pablo afirma que ya no estamos bajo el dominio de la carne, sino del Espíritu; y el Espíritu de Dios es un Espíritu que nos resucita, que nos hace vivir una vida nueva.

Y el episodio del Evangelio nos muestra que Jesús es capaz de comunicar una vida nueva, de vencer la muerte. Más aún, Él mismo, hablando con Marta, se define como la Resurrección: “Yo soy la Resurrección y la Vida”.


2.- “Yo soy la Resurrección y la Vida”. Es una vigorosa afirmación sobre quién es Jesucristo, que recapitula el mensaje de la extensa lectura del Evangelio.

En esta página de San Juan todo es, a un tiempo, narración histórica y teología, realidad y signo. La real muerte y vuelta a la vida temporal de Lázaro, significa la futura Resurrección a la Gloria eterna. Y así mismo la presente “Resurrección” del pecado a la Gracia. El Espíritu Santo, enseña San Pablo, define la existencia cristiana. Es auténtico cristiano aquel en quien vive y actúa el Espíritu de Dios: “Los verdaderos hijos de Dios son los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios” (Rom 8, 14).

En estos textos aparece la fascinadora personalidad de Jesucristo: tan humano que llora por el amigo (“mirad cómo le quería”); tan divino que tiene poder sobre la muerte; y tan filial que actúa con la seguridad de que el Padre le escuchará.


3.- Para describir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo, la Exhortación Apostólica Postsinodal sobre el sacerdote, titulada “Pastores dabo vobis”, dice en el nº 12 que “el presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote”.

Esa es la impresionante definición del sacerdote que se realiza en la vida: “una imagen viva y transparente de Cristo Sacerdote”, que se define a sí mismo como VIDA: “Yo soy la Vida”.

3.1. Al sacerdote no se le define concreta y completamente sólo por lo que hace o el servicio que presta. El ser puede al hacer y da calidad al hacer: Nuestra vida es ser sacerdotes.

Jesús afirmó con claridad que verle a Él era estar viendo al Padre. Aplicado a nosotros, el sacerdote es consciente de que, a través de su vida, a quien debe reflejar es a Jesucristo. “Para mí la vida es Jesucristo”, confiesa San Pablo (Filip 1, 21).

Escribe el Papa Juan Pablo II que “los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo hablar de Cristo, sino en cierto modo hacérnoslo ver”. Y es la vida quien lo hace ver. Hacer ver a Cristo y hacer ver, por eso, al Padre, porque el sacerdote es también icono del Padre.

En el nº 15 de la Pastores dabo vobis, el Papa vuelve a repetir que el sacerdote es transparencia de Cristo en medio del rebaño que se le ha confiado; y al mismo tiempo, con palabras impresionantes, se nos llama prolongación de la presencia de Cristo, único y supremo Pastor; es más, en la Iglesia y para la Iglesia no somos funcionarios, sino “representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor”. Todo esto se expresa en la vida entera del sacerdote. La vida da luz, dicen los Salmos. Y se camina a la luz de la vida. El sacerdote, su vida, da luz transparente. A través de su vida se vislumbra con claridad y detalle una figura viva.

En resumen: el sacerdote es ser sacerdote en la vida. Su vida es ser sacerdote.

Nuestra vida es ser sacerdotes.

3.2. Y dando un paso más, la liturgia de la Ordenación nos dice que somos sacerdotes para dar la vida, nuestra vida, como Jesús. En el momento de la Ordenación, el Obispo nos dijo:

“Recibe las ofrendas del pueblo santo para presentarlas a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la Cruz del Señor”.

“Conforma la vida con la Cruz de Cristo”. Otra vez la vida. Y el punto de referencia explicativo y lleno es la Cruz de Cristo. El sacerdote está llamado, como Jesús, para dar su vida. Somos sacerdotes para dar la vida.

En la parábola del Buen Pastor, Jesús asigna a ese Pastor, que es Él, tres trabajos: uno es conocer a sus ovejas y dejarse conocer. Otro es no cerrarse en el aprisco, sino salir fuera del rebaño, porque hay más ovejas. Pero la primera virtud del Buen Pastor es dar la vida por sus ovejas.

De otro modo, y por otro motivo, el Señor nos emplaza en la vida.

Es importante, pero más fácil, dar consejos, preparar con cuidado las homilías y las celebraciones, tener una buena organización parroquial y seguir puntualmente el Programa Pastoral Diocesano. Pero todavía no hemos dado la primera señal del Buen Pastor: dar su vida, jugársela cada día. Este es el concepto extraordinario que Jesús tiene del presbítero pastor. Dice el mismo Jesús que no es frecuente encontrar quien dé su vida por su pueblo.

Además, dirá San Pedro -ofreciendo su testimonio personal- que no se da la vida a la fuerza, sino de buena gana, sabiendo que Él la dio primero.

Dar la vida como Cristo Pastor hasta el heroísmo. Cuerpo a cuerpo, lucha contra el lobo a costa de su propia vida. En cada Eucaristía hacemos verdad las palabras de Jesús: “Este es mi Cuerpo que se entrega por vosotros”. ¿Qué hará el sacerdote que le presta la voz a Cristo? “Imita lo que conmemoras”. La vida entera del presbítero es una donación total de sí mismo al Señor y a la Iglesia.

Dar la vida. Y darla libremente y por amor. A San Pedro el Señor le pidió por tres veces que lo amara a Él. Para nosotros existe una expresión extraordinaria y clara. Y es que el amor del sacerdote es siempre pastoral. El Concilio lo llama Caridad pastoral, que es aquella virtud con la que nosotros imitamos a Cristo en su entrega de sí mismo y su servicio. No es sólo aquello que hacemos, sino la donación de nosotros mismos lo que muestra el amor de Cristo a su rebaño, a su Iglesia.

Como decía el P. Chevrier: “el sacerdote es el hombre crucificado. Cuanto más muera a sí mismo, más sirve y más vida da”.

3.3. Y un tercer y último aspecto: el sacerdote es sacerdote para dar Vida. “He venido para que tengan vida y una vida rebosante”, dice Cristo sacerdote. Dar vida frente a la inhumana y cruel experiencia actual de muerte.

En los labios de Jesús es frecuente la expresión: “doy vida: A las ovejas yo les doy vida para que tengan vida y en abundancia”. Y nos emplaza a la Vida eterna.

Nosotros somos sacerdotes de Jesucristo para ofrecer a todo hombre Vida. Ofrecer a Cristo Vida. Porque la Vida por antonomasia es la Vida que Cristo entrega a su Iglesia y por ella a todos los hombres: el don de su Cuerpo entregado y de su vida derramada. Produce estremecimiento caer en la cuenta de que la misión que se nos encomienda es nada menos que la de anunciar y acercar, hacer verdadera la vida de Cristo, la vida de Dios.

La Eucaristía es Alianza de Dios con su pueblo y con la humanidad. En nuestras manos frágiles se pone la Vida del mundo. Eso es ser sacerdote.

Y además de la Eucaristía hemos de recordar otros medios comunicadores de vida, como son los Sacramentos (Prefacio) y su Palabra: “Mis palabras son Espíritu y Vida”. Y su perdón, que devuelve la Vida: El sacerdote que se sienta a confesar, que acoge y escucha, que en nombre de Jesucristo, por el ministerio de la Iglesia, absuelve y perdona, está dando vida, la Vida de Cristo.

La voz del sacerdote, su vida y su testimonio, su servicio y su tiempo, están impregnados de la vida que el mundo está necesitando.

Dios nos ha llamado a la vida sacerdotal para:

• Pasar dando vida,

• porque damos nuestra vida, y

• porque damos la Vida de Cristo en su Palabra y en sus Sacramentos.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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