DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo V del Tiempo Ordinario, ciclo C

Publicado: 04/02/2007: 669

F. Nietzsche, un pensador del siglo XIX que proclamó “que Dios ha muerto. Lo hemos matado nosotros”, tuvo intuiciones geniales. Entre otras, esa que viene a decir:

“¿Cómo podría tolerar que Dios existe, y que ese Dios no sea yo?”

Y es que el hombre siempre ha sentido la tentación de ser Dios. Desde nuestros primeros padres que querían ser como Dios, hasta el viejo Prometeo, héroe de la mitología griega que robó el fuego sagrado a los dioses.

En nuestro mundo, tras proclamar que Dios no existe, proliferan los candidatos a ocupar su puesto. Entre ellos, gobernantes que se arrogan el derecho a derribar y a imponer gobiernos a su gusto, sin respetar otra ley que la fuerza de las armas; médicos que deciden por su cuenta qué niños deben nacer y cuáles no y qué ancianos sobran ya; filósofos que rechazan el dictamen fiel de la conciencia y deciden libremente lo que está bien y lo que está mal; y científicos que corrigen la forma tradicional de traer niños al mundo. Porque, si Dios no existe, como dijo un novelista ruso, todo está permitido.

En este mundo, que quiere borrar del diccionario y del lenguaje el nombre mismo de Dios, Jesucristo nos invita a proclamar el Evangelio con obras y con palabras. “Rema mar adentro” le dice al apóstol San Pedro en el Evangelio de la Misa de hoy. Desanimado, porque durante toda una noche de duro trabajo no ha cogido un solo pez, estaba a punto de tirar la toalla. Y entonces Jesús le invita a intentarlo una vez más y en su nombre, ahora en las aguas profundas:

“Rema mar adentro”.

A través de estas palabras, nos invita a los cristianos a anunciar el Evangelio en el mundo actual. Un Evangelio sin rebajas, con su radicalidad y su pureza. En las aguas profundas de la vida, allí donde se toman las graves decisiones que nos afectan a todos. En los laboratorios, en la Universidad, en la vida pública, en los foros económicos y en la prensa de cada día. Allá donde se decide y se diseña el futuro de los pueblos.

Y como dice San Pablo, en la Segunda Lectura de la Misa de hoy, a los que proponen que cambiemos la doctrina para hacerla más aceptable, les tenemos que responder que nuestra misión es transmitir la fe que hemos recibido: “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Pedro y más tarde a los Doces; y después a más de quinientos hermanos juntos”.

Ese es el Evangelio de siempre, el que hemos de proclamar en el nombre del Señor, convencidos de que Él nos ha llamado. Pero tenemos que hacerlo desde el testimonio personal de que la Fe nos ha cambiado y por eso vivimos contra corriente. No porque seamos de otra pasta, sino porque creemos en su Palabra y porque contamos con la fuerza de su Gracia.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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