DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo VII del Tiempo Ordinario

Publicado: 18/02/2007: 654

1.- Nuestro mundo está lleno de violencia: los malos tratos domésticos, los atentados terroristas, los robos con intimidación y las numerosas guerras que asolan el mundo constituyen un desafío y una ofensa para el hombre.

El progreso formidable de la ciencia y del saber no ha traído consigo un avance razonable de justicia, de paz y de libertad.


2.- Y en medio de este clima lleno de egoísmo y de tensión, Jesús nos dice a sus discípulos que amemos a todo el mundo, también a los que nos insultan y calumnian; que seamos compasivos, porque Dios es compasivo y que perdonemos siempre. Y lo que más convence es que Él siempre practicó lo que enseñaba. Como ha escrito un autor de nuestro tiempo, Jesús de Nazaret fue el hombre para los demás. Amó a todos con amor entrañable y murió perdonando a los que le habían condenado y torturado. Jamás supo de rencores y violencias.


3.- Sus seguidores admiramos esta enseñanza sublime y el ejemplo formidable de su vida y su muerte e intentamos imitarle. Es un ideal muy hermoso, pero difícil de vivir. Por eso dice San Pablo que el Espíritu del Señor viene en ayuda de nuestra debilidad, pues sin la fuerza que procede de la Fe y sin la Gracia de Dios es imposible superar el egoísmo y los demás pecados capitales.

Cuando nos reconocemos débiles y aceptamos que somos pecadores Dios acude en nuestra ayuda. Con su Gracia y con la buena voluntad se puede llegar muy lejos. Hay muchos de los nuestros que han logrado metas espléndidas. Son los Santos, como San Vicente de Paúl, San Juan Bosco, San Juan de Dios, la Beata Madre Petra, D. Manuel González y la Beata Madre Teresa de Calcuta.


4.- Pero también nuestras parroquias están llenas de personas que dan un testimonio admirable de amor y desprendimiento. Tienen defectos, como todo ser humano, pero irradian compasión, alegría, generosidad y espíritu de servicio. Saben mucho de ingratitud y reveses; sin embargo permanecen fieles a las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo y aman incluso a quienes les hacen daño y les critican. Porque el Espíritu Santo les ha enseñado y les ayuda a ser pacientes, alegres y amigos de la verdad, sin envidias ni rencores.

Encuentran la fuerza en la oración y en la Eucaristía, pues saben que sin la ayuda del Señor no es posible perdonar ni amar a quienes les hacen daño. Pero cuando Dios se apodera del corazón del creyente, éste experimenta que puede vivir de otra manera, “ser compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia”.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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