DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo X del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Publicado: 08/06/2008: 518

El Evangelio de hoy une dos escenas:

a). La vocación de Mateo al seguimiento de Cristo, y
b). El banquete ofrecido al Señor por el nuevo discípulo, con asistencia de muchos colegas suyos en el oficio de “publicanos” o cobradores de la contribución, llamados pecadores.

Ambas lecturas convergen en una cita del profeta Oseas, cuyo contexto hemos escuchado en la Primera Lectura. Es reminiscencia de una liturgia penitencial dialogada. Y dice que no se engaña a Dios con la conversión veleidosa que su pueblo le ofrece (v. 1-5). Quiere una conversión integral, de más valor que los holocaustos. Prefiere la “misericordia”, es decir el Amor eficaz al prójimo en su concreta necesidad de afecto y ayuda. Tal misericordia va unida y en realidad equivale al “conocimiento de Dios”. Se refiere Oseas a un “conocimiento” en el sentido hebreo de la palabra “entrañable o misericordioso”, como fe viva. Dios es Amor eficaz y “conocerlo así” compromete a hacer de nosotros mismos un reflejo y transparencia de su “MISERICORDIA”.

a). La primera escena del Evangelio presenta al Señor llamando a un “publicano” para que le siga

La expresión “seguir a Jesús” significaba en la Iglesia primitiva la consagración personal y total del discípulo al Señor, a su escuela, destino y misión. Nadie puede seguirlo, si no es llamado por Él. El seguidor renuncia a todo (profesión anterior, hacienda, familia…) y a sí mismo. Su gesto es la más alta realización de afecto a Cristo y de interés por la salvación del pueblo. La vocación que contemplamos hoy es de uno de los 12 apóstoles (o curas), “Mateo el publicano”, cuyo nombre va unido al autor del primer Evangelio: “El Evangelio según san Mateo, el publicano”. Un relato vocacional.

b). En la segunda escena pasamos de la aduana de cobradores de impuestos (Hacienda) a la casa donde Mateo celebra con Jesús y sus discípulos la alegría de su liberadora vocación. Dice San Lucas 5, 24 que Mateo “organizó un gran banquete o convite” al que fueron invitados sus hasta ahora “colegas”, que eran empleados de Hacienda, a los que el Evangelio da el nombre genérico de “publicanos”, servidores del imperio romano que herían la sensibilidad económica, nacional y religiosa de gran parte del pueblo. Al criterio de los “fariseos” había que considerarlos “pecadores públicos”.

Jesús se sentó a la mesa de los “pecadores”. Aquella comunión de mesa, signo social de fraternidad en su pueblo, pasaba a ser signo religioso de Amor salvífico. Según los “fariseos”, comer con los pecadores contagiaba de pecado. Jesús les contesta con la parábola insinuada del “MÉDICO”, cuyo deber es estar con los enfermos para darles salud. Quien tiene personalidad como Cristo no es afectado ni contagiado por el mal, porque contagia el bien. El Evangelista ha centrado esta escena en el conjunto de los capítulos 8 y 9 del Evangelio de San Mateo, que recogen una serie de curaciones milagrosas y significativas de enfermedades: lepra, fiebre, ceguera, parálisis,… “Curaciones” que son transparencia de la liberación más profunda de los males del hombre: la del espíritu del mal y el pecado (Mt 9, 1-8). Todo es obra del amor salvífico de Cristo o de su “Misericordia”, según Oseas: primer principio de su ley, al que tienen que concurrir todos los ordenamientos, incluso el de los “sacrificios”.

En la respuesta de Jesús hay, además, “ironía”. El mayor pecador era allí el fariseo, precisamente por considerarse justo y discriminar a los otros.

Mateo evangelista escribió esta página en defensa de su Iglesia, generosamente abierta a los “pecadores”. No para contagiarse de ellos, sino para transformarlos en hijos de Dios y hermanos de Jesús, que ha venido para ser el Cristo y el Salvador de todos.

La frase con que concluye el Evangelio de hoy afirma que el Padre ha enviado a Jesús al mundo y Él ha venido para “llamar a sí” a los pecadores para salvarnos. Salvar al hombre pecador es ponerlo en comunión con la Justicia o Santidad de Dios. Ése es el tema de la carta de san Pablo a los Romanos, que hemos proclamado en la Segunda Lectura. El hombre pecador que somos nosotros ha de corresponder con una fe absoluta, al estilo de la de Abrahám, quién creyó apoyado en la esperanza contra toda esperanza, persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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