DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXIII del Tiempo Ordinario, ciclo C

Publicado: 09/09/2007: 807

1.- El Evangelio de hoy comienza con una sugestiva instantánea: San Lucas presenta a Jesús caminando hacia Jerusalén delante de una inmensa muchedumbre: “mucha gente acompañaba a Jesús” (Lc 14, 25).

Jesús habla al pueblo que lo sigue: a los que desean ser discípulos suyos, es decir, “cristianos de verdad”. El Señor se vuelve hacia ellos y les repite por tres veces cuál es la condición fundamental. Estas condiciones van redactadas en frases negativas. Las tres concluyen con la misma expresión: quien no cumple esto “no puede ser discípulo mío”. Cuando hablaba Jesús sabía armonizar la más austera exigencia con una fascinadora atracción. A los que invitaba a seguirle no les engañaba con promesas de ventajas terrenas, con ofrecimiento de facilidades, lo hacía sin hacer “rebajas”.


2.- Bajo una redacción negativa y dura, cada una de las tres condiciones para ser discípulos, contiene una luminosa afirmación primitiva. Intentamos expresarlas en los tres siguientes enunciados.


2.1. Para ser discípulos de Jesús (para ser cristianos de verdad) hay que amarlo con amor total, por encima incluso de los seres más queridos. El Evangelio enaltece el amor entre los miembros de la familia más que nadie. Lo que pide Jesús sólo lo puede pedir Dios. El Evangelio se escribió con la clara conciencia de que Jesús es Dios. Cuando los padres cristianos enseñan a sus hijos cómo deben amar a Jesús sobre todas las cosas, y aún más que a ellos mismos, lo hacen con la gozosa seguridad de que no perderán nada de su cariño; antes bien, ganarán más. Igualmente los esposos y los hermanos que ponen explícitamente a Cristo por encima de todo su amor.


2.2. Para ser discípulo de Jesús hay que seguir con él el “camino de la Cruz”, con disponibilidad a ser mártir, si las circunstancias lo piden, como Él.

La expresión “tomar su Cruz” y con ella “seguir a Cristo” (hasta ser crucificado), se aplicó al principio a la situación realista del discípulo mártir que, posponiendo “el amor a su propia vida” muere por fidelidad al Maestro. Posteriormente, la frase “llevar la Cruz en pos de Cristo”, significa también mantenerse fiel al Evangelio en pensamiento, profesión pública y acción, cuando el poder o el ambiente lo hacen objeto de menosprecio, segregación y vejaciones.


2.3. Para ser discípulo de Jesús hay que practicar voluntariamente la pobreza en sinceridad de corazón y de vida. “Renunciar a todos sus bienes” pedirá al corazón de algunos el heroísmo de dejarlo de una vez para siempre. A los demás, el estar sinceramente dispuestos a subordinar sus pertenencias (de riqueza, de poder, de prestigio) al “amor de Cristo por encima de todo”, que, en determinadas circunstancias, les puede exigir su sacrificio.


3.- San Lucas, en su Evangelio, a estas tres condiciones para seguir a Jesucristo, añadió dos parábolas que podemos llamar “las parábolas del hombre reflexivo”. Quiere decir que las decisiones importantes no se deben tomar a la ligera, sin prever juiciosamente (con “sabiduría”) los medios y las posibilidades.

Un buen constructor –nos dice- no echa los cimientos sin tenerlo todo ya previsto. Un militar responsable no se aventura a una batalla si no cuenta con medios.

Uno que quiera salvarse –ser feliz- no soñará conseguirlo a base de egoísmos, de comodidad, sin renuncias, de vida fácil, sin sacrificio.

La decisión de ser discípulo de Cristo pide también la sensatez de poner los medios adecuados. El Evangelio exige.

Dicen los expertos en la experiencia cristiana que “para alcanzar el TODO, hay que dejarlo todo”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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