DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Publicado: 16/09/2007: 706

La Liturgia de la palabra es hoy un ELOGIO DE LA MISERICORDIA DIVINA.

La Primera Lectura, del Éxodo, nos recuerda que Dios consintió en perdonar al pueblo de Israel, que había trocado su adoración por la de un becerro de oro.

Después, en la carta a Timoteo -2ª Lectura-, el apóstol afirma, por propia experiencia, que Jesús ha venido a nuestro mundo para salvar a los pecadores.

Y el Salmo responsorial ofrece unos fragmentos del “Miserere”, la plegaria más universal de perdón.

La más perfecta expresión literaria de su misericordia nos la comunicó el Señor en el capítulo 15 del Evangelio de San Lucas, que hemos proclamado hoy.

Empieza por una escena ambiental que sirve de introducción a las tres parábolas de la oveja perdida, el dracma (los euros) y el hijo perdido.


1.- La escena ambiental presenta a Jesús rodeado de “pecadores” en disponibilidad activa de conversión: escuchan su palabra y se sientan a su mesa. Situación impresionante que molesta a los puritanos críticos de siempre.

Contra éstos Jesús toma la palabra en defensa propia.


2.- Las tres parábolas coinciden en una nota dominante: el gozo de quien encuentra lo que, siendo propio y amándolo, había perdido. Subrayando en rojo todas las expresiones que denotan alegría, salta a la vista esta nota dominante del capítulo 15 de San Lucas: el Cielo está de fiesta al contemplar la acción salvadora del Mesías.

a). Lo “perdido”, según el criterio de Dios era el hombre en situación aceptada de pecado. Las dos primeras parábolas (la oveja y el dracma) lo representan con imágenes alusivas. La tercera lo describe en la carne viva de un “hijo pródigo”. Su historia resume el proceso típico de un perdido, de la perdición: sed de autonomía frente al Padre (Dios), ilusión de una ajena libertad, vacío, hambre, servicio a los cerdos.

b). Con estas parábolas Jesús afirma y defiende su misión y su anhelo de colmar la alegría del Padre “rico en misericordia”, del que desea que todos se salven. Aquel convite con “publicanos” presignificaba de alguna manera la fiesta que celebra el corazón de Dios cada vez que un hijo perdido vuelve a los brazos y a la mesa del Padre.

c). La parábola del “hijo pródigo” termina invitando al hermano mayor a entrar en la fiesta. A no ser fariseo de corazón. A no “murmurar”. A convertirse de siervo en hijo y hermano. A no mirar la religión como un mero conjunto de deberes, sino como vida, amor y gozo de familia entre el Padre Dios y los hombres hermanos…

Cuando San Lucas puso por escrito estas parábolas de Jesús, hacia el último tercio del siglo primero, sabía que no las iban a leer los antiguos fariseos. Escribe para la Iglesia de entonces y de hoy. Escribe también para todos nosotros. Esta página forma parte del llamado “Camino a Jerusalén”, que es una síntesis del espíritu y del estilo de vida propio de un cristiano. Previene contra la perenne tentación humana de imitar al “hermano mayor” que se suele llamar el “hermano bueno”. E invita a vivir como hijos y hermanos; y a recibir con la alegría del Padre común a todo hermano hombre, aunque fuere “publicano” cuando viene a sentarse junto a nosotros en la mesa de la salvación.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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