DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Publicado: 24/09/2006: 799

1.- El filósofo Max Scheler dijo que un Santo es una persona incómoda para la gente de su tiempo, un verdadero transgresor. Su sinceridad molesta en un mundo de mentiras, su pasión por la justicia es una provocación para los que sólo tratan de sacar dinero a cualquier precio, y su bondad resulta insoportable para los rufianes.

No es extraño que Jesús de Nazaret presintiera y dijera a los suyos que iba a terminar crucificado, como dice el Evangelio que hemos proclamado en la Misa de hoy. Pues como enseña el fragmento del Libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la Primera Lectura, la vida del justo es diferente y constituye un reproche para los explotados y tramposos.

2.- Los judíos esperaban un Mesías, un Salvador, pero se inclinaban por un Mesías triunfador, un grande entre los grandes de este mundo. Alguien que nos metiera a los hombres en cintura y pusiera orden en el mundo por la fuerza. Pero Dios tenía otros planes y envió a su propio Hijo. Sin más poder que el Amor y la Obediencia a Dios Padre; sin otras armas que la Verdad y el Perdón; sin ninguna fuerza o forma de control, que no fuera la libertad de cada uno.

Tal es el estilo de Jesús y debe ser el estilo de sus seguidores, como enseña el Evangelio de este Domingo XXV del Tiempo Ordinario.

Por eso, dentro de la comunidad cristiana, la única grandeza digna de tal nombre consiste en el servicio a los demás, en hacerse pequeño como un niño y en realizar los trabajos más humildes. Es verdad que sus seguidores, los cristianos, no lo hacemos muy bien. Pero el paso de los años va poniendo a cada uno en su sitio.

Y hoy sabemos que un gitano, como el Beato Ceferino González, un buhonero que vendía cuatro cosas en la calle, como San Juan de Dios, un párroco de pueblo como el Cura de Ars, o una monja de clausura con poco más de veinte años, como Santa Teresita de Jesús, han sido los mejores testigos del Evangelio y mejores modelos de fe que la mayoría de los teólogos más brillantes y de los Cardenales de su tiempo.


3.- Por eso enseña el Apóstol Santiago que no nos dejemos llevar por la ambición y la codicia ya que sólo provocan envidias y peleas.

Al seguidor de Jesucristo le basta con acoger en su corazón y poner en práctica la sabiduría que viene de Dios, la que nos da el Espíritu Santo cuando oramos en silencio y meditamos la Biblia. Se la reconoce enseguida porque es “pura, amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera”. Es una sabiduría que transforma el mundo desde dentro pues “los que buscan la paz, están sembrando la paz y su fruto es la justicia” (Sant. 3, 16- 18).


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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