DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Publicado: 08/10/2006: 679

1.- El Evangelio de hoy, preparado por la lectura del Génesis, tiene por tema principal el concepto bíblico-cristiano del matrimonio y, en concreto, su radical oposición al divorcio.

Los primeros capítulos del Génesis son una antigua lección catequética en torno a las ideas fundamentales sobre el mundo, el hombre y la historia, bajo la luz de la fe en un solo Dios.

En ese texto proclama la unicidad e indisolubilidad del matrimonio, que las integra en una unión equiparable a la de un solo organismo personal (“una sola carne”). Jesús interpreta auténticamente en el Evangelio el sentido de este texto.


2.-  La lectura del Evangelio se refiere a la última fase de la misión de Jesús, ya de camino hacia Jerusalén, poco antes de la Pasión. San Marcos sitúa en este período tres enseñanzas fundamentales del Maestro: sobre el matrimonio, la infancia y las riquezas. El tercer punto se leerá en el próximo Domingo.

El primer tema se desarrolla en forma de controversia. A la pregunta de los fariseos de si “le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer”, Jesús se acoge a una táctica que todos admitían: la de condicionar su respuesta a la de una contrapregunta. Y les pregunta: “¿qué os ha mandado Moisés?”. Cautelosamente matizan la respuesta y contestan que “Moisés lo permitió”. No instituyó el divorcio. Lo condicionó a determinadas situaciones y formalidades en defensa de la parte débil. Pero, al amparo de esta ordenación, interpretada con criterio laxista, los hombres cubrían con un velo de legalidad religiosa lo que el Vaticano II ha llamado “epidemia del divorcio”.

Jesús coge por la palabra a los interlocutores. La ordenación de Moisés no fue sino “tolerancia”. Aquella tolerancia fue una excepción o eclipse del ideal que Dios quiso realizar en la creación del hombre y la mujer. El motivo de tal excepción o condescendencia fue una actitud que en el lenguaje bíblico se llama “dureza de corazón”. Evoca la doctrina constitucional humana del Génesis y la rubrica con una de aquellas características suyas que se graban con oírlas una sola vez: “Lo que Dios unió, no lo separe el hombre”.

La radical negativa sorprendió a los mismos discípulos (Mt 19, 10) y “volvieron a preguntarle sobre lo mismo”. Jesús repite su pensamiento con otras palabras no menos decisivas. Ningún divorcio promovido ya por el hombre ya por la mujer deshace su compromiso de fidelidad. (Fidelidad que es restituir al amor que sella el matrimonio la sinceridad de aquellos adverbios sin los cuales no sería más que palabra vacía: siempre, solo, totalmente). Exige al amor que sella el matrimonio la sinceridad, sin la cual no hay amor, de ser único, total y para siempre. Ante quienes sufren dificultades, los “discípulos” pondrán en acto toda su capacidad de comprensión y ayuda, sin renunciar a la Palabra de Dios.

El fracaso matrimonial no es siempre, ni solamente, un problema jurídico que se puede resolver con leyes. Con el divorcio no tenemos ya la solución para “el desamor”. Es un problema personal, emocional, psíquico, de raíces y consecuencias muy hondas.

Por eso, tenemos que preguntarnos hoy qué podemos hacer para ayudar a los hombres y mujeres de hoy a vivir su amor conyugal.

En una sociedad donde el interés egoísta se ha convertido en principio orientador de las conductas, y donde la satisfacción d todo deseo parece ser la meta de la vida, ¿dónde aprender a convivir desde el amor?

Benedicto XVI se despedía del V Encuentro Mundial de las Familias en Valencia con estas palabras:

“Confío en que con la ayuda del Altísimo y la maternal protección de la Virgen María, este encuentro siga resonando como un canto gozoso del amor, de la vida y de la fe compartida en las familias, ayudando al mundo de hoy a comprender que la alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer establecen un vínculo permanente, es un bien para toda la humanidad”.

“… en este sentido quiero destacar la importancia y el papel positivo que a favor del matrimonio y de la familia hacen las distintas Asociaciones Familiares Eclesiales”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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