DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Publicado: 15/10/2006: 910

S.I. Catedral

1.- Durante el camino hacia La Pasión, entre Galilea y Jerusalén, el Evangelio escenifica tres lecciones o catequesis de Jesús: La firmeza del matrimonio cristiano; la dignidad de los niños y, en sentido evangélico, de la pobreza. Hoy hemos leído las tres catequesis.

Están distribuidas en tres secciones:

1). Una experiencia de vida: la historia de un hombre que, por apego a las riquezas, no aceptó seguir a Jesucristo.

2). Una reflexión de Cristo a sus discípulos en torno a la posesión de las riquezas.

3). Y una palabra de aliento a los que renuncian a todo por seguir a Cristo.

El mensaje del Evangelio es que todo cristiano debe ser un pobre de Dios, como lo fue Jesucristo.

Según el Antiguo Testamento, la riqueza es un signo de predilección divina. El Santo Job y Salomón, por poner algún ejemplo, eran personas inmensamente ricas. Y se consideraba la riqueza como el premio de Dios para quienes le amaban y cumplían sus mandamientos. Puesto que todo acaba con la muerte, pensaban, lo importante es disfrutar de lo que ofrece esta vida. Sin embargo, la vida real les enseñó que hay sinvergüenzas muy ricos y mucha gente buena que es pobre. Entonces surgieron las preguntas a Dios, como las de Job cuando se vio enfermo y pobre.

El Evangelio nos dice que la riqueza es un peligro, pues nos aleja de Dios y las Bienaventuranzas. Este cambio de juicio sobre las riquezas y el dinero se debe a que Jesucristo nos ha enseñado con su vida y conducta otra forma de vida y de ser humanos. Él nos ha revelado el misterio del hombre y nos ha dicho que somos hijos de Dios y caminamos hacia Él. Por eso la plenitud y la felicidad del ser humano no consiste en tener mucho, sino en ser personas verdaderas. Porque descubrir que Dios es nuestro Creador y Padre, cumplir sus mandamientos, conseguir esa plena libertad que nos hace ser bondadosos y limpios de corazón y tratar a todo el mundo con amor y respeto, vale más que la mayor de las fortunas.

También para el seguidor de Jesucristo el dinero es necesario, pero sabemos que el dinero corrompe a quien pone su meta en las riquezas. El Evangelio de hoy es claro a este respecto cuando dice: “¡Qué difícil les resulta entrar en el Reino de los Cielos a los que ponen su confianza en el dinero!”.

Sin embargo, lo malo no es el dinero, sino ponerse como meta acumular riquezas a toda costa. La ambición desmesurada por la riqueza, nos lleva hasta vender a los padres, enemista a los hermanos entre sí, induce a traicionar los ideales más nobles y, el final, no se detiene ante ningún tipo de injusticia.

Un cristiano necesita dinero como todos, pero ha de estar vigilante para que su corazón no se corrompa. Por otra parte, el Evangelio nos dice que el cristiano tiene que vivir la verdadera pobreza y compartir los bienes con los más necesitados. Cáritas, Manos Unidas y la ayuda a las Misiones son maneras de compartir con los pobres.

También hay personas que quieren seguir a Jesucristo de una manera radical. Es el caso de los Religiosos, de los 20.000 misioneros españoles repartidos por el mundo, de los que renuncian a su herencia para seguir a Jesucristo y ayudar a los más pobres, dándoles pan, enseñanza y Evangelio. Dejan todo por el Reino de los Cielos. Y lejos de empobrecerse, estas personas que renuncian a todo por Dios, son las más ricas del mundo. Porque su tesoro es el Señor; su riqueza, un corazón generoso; y su alegría, haber encontrado un sentido a su vida y a sus afanes diarios.

+ Antonio Dorado Soto,

Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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