DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Publicado: 11/11/2007: 870

1.- El Evangelio de este Domingo está ambientado en el Templo de Jerusalén, poco antes de la muerte de Jesús. Su tema es un punto central de nuestra Fe cristiana: ¿El hombre existe sólo para morir o hay después otra vida más allá de la muerte? En lenguaje sencillo y gráfico: ¿Habrá o no habrá “resurrección de los muertos” y vida eterna?


2.- En la doctrina de Cristo es fundamental la Fe en la Resurrección de los muertos: “Creo en la Resurrección de los muertos y en la vida eterna”, rezamos en el Credo. Lo era también para la conciencia religiosa del “judaísmo” de su tiempo, excepto en un sector minoritario: se llamaban los saduceos, que eran pocos en número, pero temibles por su influencia. Los saduceos ridiculizaban a los que creían en la resurrección de los muertos.


3.- La primera parte del Evangelio de hoy resume una sátira saducea de mal gusto, que pone de manifiesto su precaria cultura: si una mujer, por fidelidad a la Ley o costumbre del “levirato” se ha visto obligada a tener siete maridos sucesivamente, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.


4.- La réplica de Jesús tiene dos fases: primero deja entrever el misterio de la vida celestial, y luego afirma la razón profunda de la Fe en la Resurrección.

a). Los resucitados en el mundo divino (v. 34-36). “La verdadera resurrección”.

San Lucas redacta estas palabras del Señor en tono de catequesis más que de polémica. Describe con tres rasgos la existencia de los justos resucitados: serán hijos de Dios, serán semejantes a los ángeles y no morirán jamás (serán inmortales).

El acento recae en el primer inciso: serán hijos de Dios.

Lucas dirige su Evangelio a quienes conocían muy bien las profundas reflexiones de San Pablo a propósito de nuestra resurrección unida a la del Hijo de Dios, Cristo Jesús. El Cielo será manifestación gloriosa de nuestra filiación divina (1 Jn 3, 1-2): “… aún no se ha manifestado lo que seremos… Seremos semejantes a Él”. Asumidos a la eternidad, los elegidos realizan al infinito su existencia –plenamente humana- en una actividad superior de inteligencia, amor rebosante de gozo a Dios y a cada uno de los seres creados, que ninguna imaginación puede describir. Los saduceos negaban la resurrección frente a los fariseos, que la imaginaban según la medida de las cosas de este mundo.

Cristo se eleva por encima de todos y habla de una vida eterna de los hombres a la medida de Dios. Y nos habla de la verdadera felicidad ultraterrena, elevada al infinito en comunión con la Vida de Dios. Vida celeste que trasciende todo cuanto podemos ahora imaginar (1 Cor 2, 9): “Lo que el ojo no vio, ni el oído oyó…es lo que nos ha revelado Dios”.

b). Dios de los que viven o el Dios que da la Vida.

En las últimas líneas (v. 37-39), Jesús se refiere a uno de los textos más profundos de la Biblia: la revelación de Yahvé (Dios) a Moisés desde la zarza ardiente. Yahvé se define como “el Dios de Abraham, Isaac y Jacob”. Los israelitas resumían la expresión  diciendo: “el Dios de nuestros padres”. Querían decir: “el Dios que los eligió, los amó y se unió a ellos en Alianza”. Ahora bien, cuando Dios asume al hombre a su intimidad (a su Alianza), le contagia su vida. Habla Jesús con la seguridad de quien tiene desde siempre la experiencia de su intimidad con el Padre. Sabe que va a morir dentro de muy pocos días y pone su alma en la afirmación de que “Dios no es un Dios de muertos…”. Fiel a su amor, a su Alianza, no dejará al ser amado en el vacío de la muerte. Cuando y como quiera asumirá a su convivencia divina en perfecta realidad humana. San Pablo termina “el resumen” de esta controversia con una expresión del Señor, en que se percibe también el eco de varios textos de San Pablo: “todos viven para Él” (Gál 2, 9).

Ideal cristiano que no concibe la vida futura a imagen de la vida presente, sino la presente a imagen de la futura. La existencia temporal del hombre encuentra su sentido en la eternidad. Si no hubiese Resurrección –es decir, “cielo en plenitud humana”- tendría razón el Pesimismo.

La Iglesia apostólica apoyó su fe en la Resurrección en la experiencia de la Resurrección de Cristo, de quien se consideraba eternamente inseparable. Todos cuantos viven para Dios, resucitarán con Él (1 Cor 15, 12. 27).

“Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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