DiócesisHomilías Mons. Dorado

Ejercicios Espirituales Sacerdotes de Málaga

Publicado: 14/02/2007: 608

1.- Los Ejercicios Espirituales de este curso los estáis haciendo en el contexto eclesial de un Proyecto Pastoral Diocesano, que tiene como objetivo “fortalecer y transmitir la Fe”. Nosotros somos, al mismo tiempo, agentes de ese Proyecto y destinatarios.

Podemos decir con verdad: “Señor, yo creo, pero aumenta mi fe”.

El núcleo de nuestra Fe es creer que Jesús de Nazaret es el Mesías, el Hijo de Dios Vivo, y acoger su llamada de seguirle.

Por eso, San Ignacio, a partir de la segunda semana de Ejercicios, invita al ejercitante a mantener siempre la misma oración de petición al Señor, que formula así: “Demandar conocimiento interno al Señor, para que más le ame y más de cerca le siga”.


2.- Todos tenemos una experiencia común: hemos sentido en nuestra vida una llamada del Señor a ser sacerdotes, que aceptamos y acogimos con mucha ilusión.

Y se nos pide siempre nuestra fidelidad al Señor y a su llamada, tanto en las cosas de importancia como en las que no la tienen; y tanto en el comienzo como a lo largo de toda nuestra vida.

El peligro de la duración y de la continuidad está en el DESCASTE que nos lleva a resignarnos frente a una MEDIOCRIDAD. Porque cada día y cada año debemos renovar la elección:

• entre Jesús y el mundo,
• entre la heroicidad de la caridad y la mediocridad,
• entre la Cruz y un cierto bienestar,
• entre la santidad y una simple honradez.


3.- La PERSEVERANCIA necesaria.

La perseverancia es esencial ya que de nada sirve empezar si no se llega hasta el final.

El TODO no consiste en dejar –como los primeros discípulos- la barca y las redes para seguir a Jesús durante algún tiempo, sino más bien en ir hasta el Calvario, recibir su lección y su fruto y marchar con el agua del Espíritu Santo hasta el cabo de una vida que debe consumarse dentro de la perfección de la caridad divina.


4.- Las TRES ETAPAS de la vida SACERDOTAL.

Es necesario aprender a franquear generosamente las etapas sucesivas del crecimiento de Cristo en nosotros.

Me parece que, desde este punto de vista, podríamos distinguir como tres etapas en la evolución normal de la vida sacerdotal.

1ª etapa). En la primera etapa, que suele coincidir con los primeros años de la vida sacerdotal, aún no hemos experimentado la imposibilidad humana y natural en que nos encontramos para vivir en armonía con el orden sobrenatural y los grandes valores del Reino de Dios y de nuestro ministerio:

• Las exigencias de la santidad se nos presentan bajo el aspecto más sensible y atrayente.
• La caridad universal nos parece fácil. Nos parece muy sencillo llegar a ser hermanos de todos los hombres y entregar nuestra vida por los demás.
• La oración nos ha llenado de consuelos y satisfacciones.
• El apostolado y la acción pastoral nos entusiasman y estamos dispuestos a comunicar a los demás la alegría de nuestra vocación cristiana, del amor a Jesucristo.

2ª etapa). Con el tiempo, poco a poco, insensiblemente todo va cambiando. El entusiasmo humano deja lugar a una especie de insensibilidad hacia las realidades sobrenaturales, nos invade el cansancio; nos vemos tentados a dejar la oración o hacerla para salir del paso. Nos sentimos “quemaos”.

Entramos en una nueva fase, descubrimos la dificultad de las exigencias evangélicas. Y si no superamos esta crisis, nos viene:

• el desaliento, y
• la aceptación semi-inconsciente de la mediocridad.

Cuanto más generosos y fieles hayamos sido a la Gracia, tanto más difícil o imposible nos parece este camino:

• hemos descubierto defectos en los que nos rodean: sacerdotes, seglares, superiores,…
• Nos parece imposible ser perfectos y cumplir con el radicalismo evangélico de la castidad, la pobreza y la obediencia. Y nos conformamos con “ir tirando” y llevar una vida frívola y mediocre.
• Tenemos la sensación de la inutilidad de nuestro trabajo, “que no interesa a nadie”.

3ª etapa). Es fruto de la convicción de que “lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios”. Para vivir “según el Espíritu”:

• con un desasimiento y desprendimiento de nosotros mismos,
• creyendo contra toda esperanza,
• permaneciendo en la oración,
• aceptando morir como Jesús.

El esfuerzo y el compromiso hechos al principio de nuestra vida sacerdotal deben ser renovados.

Ahora somos más conscientes de lo que significa:

• ser sacerdote,
• vivir en intimidad con Dios,
• amar a los hombres, y
• ser pastor.

De nuevo el Señor nos pregunta, como a Pedro: “¿Me amas más que éstos?, ¿me amas a Mi?”, SÍGUEME.

“¿Me amas a Mi?”. Una pregunta esencial que atrae y espanta a la vez. Está hecha después de la Pasión del Señor, después de las tres negaciones de Pedro, después de que Pedro le negara en el misterio de la humillación y el sufrimiento de Cristo.

Cuando se mira el contexto de este diálogo de Jesús con Pedro, se entiende que el amor a Cristo no es sólo un asunto de sentimientos pasajeros. Amar a Jesús es preocuparse de sus ovejas, de los hombres y mujeres de nuestra parroquia, de nuestros hermanos sacerdotes.

Amar a Jesús es amar a su Iglesia, que se hace cercana y presente en nuestra Iglesia diocesana y acoger con ilusión los planes de trabajo pastoral. “¿Me amas?” es también rechazar el propio desánimo y tener confianza en Él y creer, sin saber cómo, que Él podrá hacer de mí un sacerdote santo.

“Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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