DiócesisHomilías Mons. Dorado

Ganar a Jesucristo. Festividad de Madre Carmen (Antequera)

Publicado: 08/05/2007: 504

Parroquia de Ntra. Sra. de los Remedios
Antequera

(1º Lect. Flp 3, 8-14; Sal 15; Ev. Mt 25, 31-40)


1.-  “Por Él, lo perdí todo y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en Él” ( Flp, 3, 9). Estas palabras tomadas de la primera lectura nos dan la clave de la vida y la obra de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús. Estamos congregados para dar gracias a Dios por su beatificación, y aunque este reconocimiento es un regalo para las Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, para la ciudad de Antequera y para la Diócesis, el gran regalo no ha sido la beatificación, sino la persona de Madre Carmen. Al proclamarla Beata, la Iglesia nos invita a tomarla como un modelo de vida cristiana. Pero, ¿qué puede enseñarnos a nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, una mujer del siglo XIX?

En primer lugar, que nada, ni siquiera las circunstancias más adversas, nos puede separar del amor de Dios. Siguiendo las huellas de Jesucristo, Ella cargó con su cruz y vivió su particular Calvario, tanto en la vida matrimonial, primero; como en el servicio a los demás, después. No porque buscara el sufrimiento o entendiera el Evangelio como una forma de resignación, sino porque el amor a Dios y a los demás la llevó a anteponer el bien de los otros a su propio bienestar. Aleccionada por su profunda experiencia, dirá más tarde a sus Hermanas que “la vida del Calvario es la más segura y provechosa para el alma”. Supo, como ha dicho también la primera lectura, existir en Jesucristo, vivir la comunión con sus padecimientos y morir su misma muerte, para participar de la fuerza transformadora de su resurrección.

Por eso, cuando nos preguntamos por la fuente misteriosa y oculta de su energía interior, hallamos la respuesta en su participación diaria en la sagrada Eucaristía. Solía decir a sus Hermanas que “Los sufrimientos de esta vida me parecen nada, comparados con la dicha de poder recibir diariamente a Jesús Sacramentado”. Y Jesús Eucaristía transformó su corazón y su vida entera,  pues como dice Benedicto XVI, “La Eucaristía, al implicar la realidad humana concreta del creyente, hace posible día a día la transfiguración progresiva del hombre, llamado a ser por gracia imagen del Hijo de Dios. Todo lo que hay de auténticamente humano –pensamientos, afectos, palabras y obras- encuentra en la Eucaristía la forma adecuada para ser vivido en plenitud. Aparece aquí todo el valor antropológico de la novedad radical traída por Cristo en la Eucaristía: el culto a Dios en la vida humana no puede quedar relegado a un momento particular y privado, sino que, por su naturaleza, convierte así en nuevo modo de vivir todas las circunstancias de la existencia, en la que cada detalle queda exaltado al ser vivido dentro de la relación con Cristo y como ofrenda a Dios” (SC 71).

Este texto del Papa tiene una verificación excepcional en la persona y en la vida de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús. Alimentada con el Pan de Vida, también ella pudo decir con el Apóstol Pablo:

 

2) “Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta” (Flp 3, 14).  Y su meta no era otra que la santidad, por eso insistía a sus hermanas: “No os olvidéis nunca que Dios os trajo a la vida religiosa para que os santifiquéis”.

La santidad, para la Beata Madre Carmen, consistía en amar apasionadamente a Dios y en cumplir su voluntad, siguiendo las huellas de Jesucristo cargado con la cruz camino del Calvario. “Pedid mucho a Dios, decía ella, que yo haga en todo su santísima voluntad, ya que tantas y tantas amarguras experimento en este mundo miserable. Que todo me sirva para la santificación de mi alma, que es a lo que aspiro”. Pues “lo mejor que podemos ofrecer a Dios son nuestros padecimientos” y “La vida del Calvario es la más segura y provechosa para el alma”.

A pesar de esta actitud ante la cruz y el sufrimiento, la Beata Madre Carmen fue, como Jesucristo a quien seguía y servía, una mujer apasionada por la vida, que miró con los ojos de Dios el dolor de sus hermanos. En la sociedad antequerana del siglo XIX, se anticipó a su tiempo y a su condición social ante la situación de extrema pobreza en que vivían las capas populares. Tenemos constancia de su rebeldía ante la injusticia social y ante el abandono de los más débiles.

Consciente de que el amor de Dios es inseparable del amor al hombre, y de que este amor se concreta en el servicio a los empobrecidos y marginados, se desprendió de sus bienes y puso su vida entera al servicio de sus hermanos más débiles y necesitados, los niños, los enfermos y los ancianos. Así entendió las palabras de Jesús, cuando nos dice: “Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad  el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

Al declararla Beata, la Iglesia os está invitando de un modo especial a vosotras, queridas Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones, no sólo a mantener viva su memoria, sino a reavivar en vuestras comunidades este carisma que la llevó a fundar un Instituto Religioso y su vocación de santidad. Sois, en cierta medida, la prolongación de la existencia de Madre Carmen en nuestro mundo de hoy; la verificación de su profundo amor a Dios y al hombre; y el testimonio más palpable de que Dios sigue colmando de los bienes necesarios a sus hijos más pobres cuando sus seguidores cumplimos con la misión que nos ha encomendado.

Por otra parte, esta beatificación nos dice una vez más a todos que la fe mueve montañas, renueva el corazón del creyente y le lleva a ser fermento de vida buena en medio del mundo, pues como ha escrito el Papa Benedicto XVI, el amor al prójimo “Consiste justamente en que en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento (...) Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: Puedo ofrecerle la mirada de amor que Él necesita”. Y  “sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a lo que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama” (DC 18). Porque el amor a Dios, cuando es auténtico, nos lleva a amar a todos sus hijos; y el amor a sus hijos más necesitamos es un lugar privilegiado de encuentro con Dios.

Termino con tres pensamientos de la nueva Beata Madre Carmen del Niño Jesús, tres pensamientos que considero fundamentales. El primero, “Os recomiendo a todas que procuréis vivir en la presencia de Dios y en continua oración”. El segundo, “Sacrifiquémonos por nuestros prójimos, pero no olvidemos que el mejor medio para hacer el bien es estar poseídas y penetradas del purísimo amor de Dios”. Y el tercero, amad delicadamente a la Virgen, Nuestra Señora, y decidle: “Virgen Santísima, hacedme amar a Jesús”.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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