DiócesisHomilías Mons. Dorado

Fiesta de la Sagrada Familia

Publicado: 30/12/2007: 623

S.I. Catedral


1.- “Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos” (Sal 127, 1).

Estas palabras del Salmo 127 justifican nuestra presencia aquí, en esta Fiesta de la Sagrada Familia.

Muchas familias españolas han acudido a Madrid a manifestar públicamente su fe en Dios y decir a todos que la familia es una comunión de vida y amor, nacida del matrimonio estable entre un varón y una mujer, que han unido su vida para engendrar y educar a los hijos y para ayudarse entre sí. Nosotros nos hemos congregado en nuestra Iglesia Catedral con el mismo fin. En un ambiente social y cultural que está minando los valores humanos, que tienen su último fundamento en Dios, y los que se derivan del Evangelio, proclamamos sin complejos que creemos en Dios, que deseamos seguir sus caminos y que confiamos en su misericordia.

Los caminos de Dios están claramente indicados en la naturaleza del hombre. Por eso, al seguir las Sagradas Escrituras no renunciamos al ejercicio de la razón, sino que nos apoyamos también en ella. La nuestra no es una preferencia puramente subjetiva y emotiva, como afirman los que no tienen fe, sino el resultado de una reflexión humana rigurosa e iluminada por la divina Revelación.

Al preguntarnos qué es el hombre, descubrimos que el hombre y la mujer, iguales en su dignidad y en sus derechos, tienen también características que los diferencian y que los hacen complementarios entre sí. Es lo que nos enseña la Palabra de Dios, cuando dice en el Libro del Génesis que Dios los creó a su imagen, los creó hombre y mujer (Gén 1, 27). Igual que Dios es uno, el hombre y la mujer tienen una única naturaleza humana y una misma dignidad fuente de todos sus derechos. Y del mismo modo que en Dios hay tres personas distintas, en la naturaleza humana existe una distinción entre el varón y la mujer. Ninguno de ellos es ciertamente más que el otro, pero son distintos y complementarios entre sí.

Iguales en dignidad, están llamados a constituir una comunión de vida y de amor, al igual que las tres Divinas Personas, un “nosotros” que alcanza su plenitud en el matrimonio, en esa comunidad que tiene la misión de transmitir la vida y de iniciar a los hijos en el amor a Dios y al hombre. Es lo que tratáis de hacer cada día, queridas familias. A pesar de que os toca ir contracorriente y de las dificultades normales de toda convivencia, os aseguro en el nombre del Señor que sois dichosos porque teméis al Señor y seguís sus caminos. Es la única calidad de vida que merece la pena: la que se apoya en los valores del espíritu.


2.- “Mujeres, sed sumisas a vuestros maridos; maridos, amad a vuestras mujeres; hijos, obedeced a vuestros padres; padres, no exasperéis a vuestros hijos” (Col 3, 18-19).

Mediante estas palabras tomadas de la Segunda Lectura de la Eucaristía, San Pablo nos recuerda los dos tipos de relaciones que deben desarrollarse en el seno de la familia: las relaciones entre la pareja y las relaciones entre los padres y los hijos.

Ambas son imprescindibles; pero la más importante de las dos es la relación entre la pareja. Imagino la protesta de muchos, especialmente de las mujeres, ante esa diferencia que introduce San Pablo cuando dice al marido que ame a la mujer y la trate con cariño, y a la mujer que sea sumisa al marido. Condicionado por la cultura de su tiempo, San Pablo no supo escapar a una visión que se opone a nuestra comprensión de la persona. Pero, al fijarnos en las tres Divinas Personas, vemos que se aman entre sí y que las tres se someten a la primacía del amor, porque Dios es Amor. De la misma manera, nosotros podemos decir hoy con la Iglesia: mujeres, amad a vuestros maridos, tratadlos con cariño y someteos a ellos en todo. Y decimos también a los varones: maridos, amad a vuestras mujeres, tratadlas con cariño y someteos a ellas en todo, porque el amor no es dominio, sino ponerse al servicio y a disposición del otro. La sumisión no es renuncia a la propia dignidad e iniciativa, sino un aspecto del amor y consiste en no decidir nunca solo; en rechazar el afán de dominio; en renunciar a la primacía del “yo” para construir juntos un “nosotros”, basado en la ternura, en el diálogo y en la confianza. Sois “cónyuges” porque habéis decidido caminar bajo el yugo del amor, que os santifica y os da plenitud. Como decía también la Segunda Lectura, el amor es fuente inagotable de bondad, de dulzura, de misericordia entrañable, de comprensión, de paz y de perdón, siempre que sea necesario.

La segunda relación en el seno de la familia es la relación entre los padres y los hijos. Cuando existe una fuerte tendencia por parte del Estado a controlar la educación de vuestros hijos, los padres tenéis que tener conciencia clara de que la educación de los hijos os corresponde a vosotros, y de que el Estado sólo tiene un derecho subsidiario a intervenir. Llama profundamente la atención que se prohíba dar un cachete cariñoso a un hijo y que se autorice a quitarle la vida cuando es más indefenso, en el seno de su madre. Os corresponde a vosotros, los padres, formar su conciencia; inculcarles los valores que consideráis mejores e iniciarlos en el amor y en la vida, cuando el Estado pretende usurpar vuestro protagonismo y no respeta la naturaleza de las cosas ni la misma Constitución que nos hemos dado los españoles.

Por otra parte, San Pablo os ha dicho que no “exasperéis a vuestros hijos”. Es algo que debéis meditar a fondo, porque se les exaspera cuando no se sienten escuchados, cuando no se les dedica el tiempo necesario, cuando los padres gritan en vez de dialogar, cuando no se les somete a una disciplina que configure su personalidad desde los más tiernos años de su vida, cuando se rompe la unión entre los esposos, cuando no se juega con ellos… Padres, haced examen de conciencia y no exasperéis a vuestros hijos.

Comprendo que las relaciones entre los esposos y entre los padres y los hijos no son siempre fáciles. Nunca lo han sido, pero hoy se ven especialmente dificultadas por los ataques de todo tipo a la familia tal como la entendemos los cristianos y por la escasa protección de los poderes públicos. Pero vosotros no debéis olvidar que contáis con la fuerza salvadora de Jesucristo, presente en vuestro matrimonio y en vuestra familia por el Sacramento del Matrimonio. Acudid siempre a Él, en los momentos alegres, para dar gracias; y en las dificultades, pedid su ayuda. Y quiero terminar con unas palabras dirigidas a todos vosotros que acudís con frecuencia a la ayuda sabia y generosa de los abuelos.


3.- “Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre; no lo abandones mientras viva… La piedad con tu padre no se olvidará. Será tenida en cuenta para pagar tus pecados” (Si 3, 14-16). Son palabras impresionantes y de gran actualidad. La sociedad española tiene una deuda muy grande con los mayores, que frecuentemente se hacen cargo del cuidado de los niños, para que los padres puedan trabajar; que sostienen con sus menguadas pensiones a los hijos en paro; que cuidan a los enfermos crónicos…Y me temo que no son siempre recompensadas con el cariño de los suyos. Lo que más les puede hacer sufrir es la soledad y la falta de detalles entrañables.

La Fiesta de la Sagrada Familia que celebramos hoy nos invita a confiar siempre en Dios y a inspirar nuestra conducta en la familia humilde de Nazaret. Ni su vida ni su fe fueron fáciles. María dio a luz en una situación de gran pobreza y después conocieron las amenazas contra su hijo recién nacido, la necesidad de emigrar para salvar su vida y la austeridad de vida de un trabajador manual. Pero siempre confiaron en Dios y buscaron su voluntad hasta en sueños. Por eso, Jesús, José y María se han convertido para nosotros en la luz clara que ilumina nuestras dificultades y guía nuestros pasos.

Como dijo el Papa Pablo VI en su visita a Nazaret el día 5 de enero de 1964: “En Nazaret se nos ofrece una lección de vida familiar. Que Nazaret nos enseñe el significado de la familia, su comunión de amor, su sencilla y austera belleza, su carácter sagrado e inviolable y lo fundamental e incomparable que es su función en la vida social”.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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