DiócesisHomilías Mons. Dorado

Fiesta de la Asunción

Publicado: 15/08/2007: 547

1.- El día de la Asunción de la Santísima Virgen a los Cielos debemos celebrarlo con sentimientos de gratitud y esperanza. Que sea, como el Prefacio de la Misa, una fuente de “consuelo y esperanza segura de su pueblo peregrino en la tierra”.

Las lecturas de la Misa nos presentan de una forma muy concreta los valores de la Asunción de María, su colaboración a la historia de la salvación y su mensaje a la humanidad.

Al proclamar nuestra fe en la Asunción de la Virgen estamos proclamando que Ella es la primera resucitada, después de Jesucristo; que es la criatura que ha alcanzado la plenitud de la salvación; que en María se han realizado definitivamente todos los frutos de la Redención del Señor.


2.- María en el Cenáculo a la espera del Espíritu nos invita a meditar sobre la verdad más profunda del hombre y de Dios. Porque es un acontecimiento que nos afecta a nosotros también y tiene mucho que ver con nuestra vida. La Asunción nos recuerda que el hombre ha sido creado por amor, en Cristo, por Cristo y para Cristo; que nuestra historia humana tiene sentido y está salvada en su raíz, porque Dios se ha comprometido con el hombre, se ha hecho hombre y camina con el hombre; que el Reino de Dios no es un sueño sino una posibilidad real y ya presente; y que la muerte no es el final de todo, sino el paso hacia una vida eterna y feliz. Todo esto nos lo dice la fe que contempla la Asunción a María y que ve en Ella el mejor logro de la humanidad: una vida plenamente evangélica que  nace del amor de Dios, sigue en todo su voluntad y culmina en el encuentro definitivo con el Padre.


3.- Ante la grandeza de este misterio, y como respuesta al mismo, la Iglesia nos invita en el Evangelio de hoy a cantar el “Magnificat” en unión de sentimientos con María. El Magnificat es una oración de alabanza agradecida a Dios, un himno victorioso que canta el triunfo definitivo de Dios y que dibuja el rostro del Dios en quien María cree.

Proclamar el Magnificat es profesar nuestra fe en Dios, anunciar la gloria de su inefable santidad y contar el amor eterno que, como don irrevocable, entró en la historia humana.

El Dios en quien cree María –y que se manifiesta en el Magnificat- es un Dios protector de los pobres, que “derriba a los poderosos y enaltece a los humildes”, un Dios que se pone al lado del hombre para llevar a cabo su proyecto creador hasta más allá de la muerte.

Proclamar el Magnificat es, en fin, hacer nuestros los sentimientos de María y su respuesta vocacional a la Revelación de Dios.

Ella se siente agraciada por la bondad de Dios, es consciente de que en ella se realiza la promesa hecha a los padres y se manifiesta la misericordia del Dios de la Alianza. Y por eso se siente penetrada de una profunda alegría –“se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador- y prorrumpe su corazón en un cántico de alabanza –“engrandece mi alma al Señor”-, se siente feliz y dichosa porque reconoce que el “Poderoso ha hecho maravillas en su vida” y hace unos elogios del Reinado de Dios como “despliegue del poder de su brazo”.

La fiesta de la Asunción nos ayuda a comprender nuestra vocación, nuestra misión y nuestro destino.

La Virgen María, una mujer sencilla y pobre supo abrirse a Dios y traernos a los hombres la esperanza –la gran esperanza- que es Jesucristo muerto y resucitado y resucitador de nuestras vidas.

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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