DiócesisHomilías Mons. Dorado

Vivir y morir para el Señor. Funeral del M.I.R. D. Francisco Parrilla Gómez

Publicado: 16/10/2006: 675

Lecturas: Rom 14, 7-9,10-12 (n. 220),

Sal 22 (n.232),
Mt 15, 33-39; 16, 1-6 (n. 256)


1.- “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”. Estas luminosas palabras de San Pablo, en su carta a los Romanos, sintetizan admirablemente la vida y la muerte de D. Francisco Parrilla. Desde un punto de vista personal, para mí ha sido un extraordinario colaborador, un consejero lúcido y un amigo del alma. Pero a la luz de la fe, ha sido mucho más, ha sido un, un hombre de Dios, un testigo apasionado de Jesucristo, un maestro de la Fe, y un pastor enamorado de la Iglesia.

Los diversos ministerios que ha desempeñado al servicio del Pueblo de Dios han constituido su manera concreta de vivir para el Señor y servir al Evangelio. La actividad parroquial, las tandas de ejercicios espirituales, las conferencias sobre Jesucristo y sobre la Iglesia, las clases en el Seminario y en el Instituto de Ciencias religiosas y los cargos de gobierno acaparaban casi todo su tiempo y energías. Aunque siempre se reservaba lo mejor de sí mismo para adentrarse en la oración y escuchar a personas que necesitaban alguna ayuda o algún consejo. Porque otra de sus tareas, aunque menos conocida, ha sido la dirección espiritual. En él se ha cumplido de manera admirable la recomendación de San Pablo a los cristianos de Roma: “Si vivimos, vivimos para el Señor”. Ha sido un hombre que ha vivido para el Señor

Y ahora nos dice la fe que “ha muerto para el Señor”. Según nuestros esquemas, un poco pronto, pero Dios sabe lo que hace. En medio del dolor, la liturgia nos va a decir en el prefacio que “la vida no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una morada eterna en el cielo”. Él sabía que su fin estaba próximo y, recién operado por segunda vez, manifestó que lo aceptaba con serenidad evangélica. Como es natural, sufría, pero le sostenía la certeza de que los seguidores de Jesucristo, “en la vida y en la muerte somos del Señor”, pues “para eso murió y resucitó Cristo, para ser Señor de vivos y muertos”.

Como hombre y como sacerdote, seguramente ha experimentado también él eso que se ha proclamado en el salmo: tener que atravesar cañadas oscuras, pero también con la experiencia de que Dios caminaba a su lado para guiarle por el sendero justo.

Por eso, damos gracias a Dios con la confianza de que, con palabras del salmista, le ha ungido ya con su mejor perfume, para que participe en el banquete del Reino y habite “en la casa del Señor por años sin término”. Y así mismo le damos gracias porque este sacerdote que nos deja un vacío al marchar, nos deja también una siembra abundante que el Espíritu Santo hará fructificar cuando él quiera en el personal sanitario y las religiosas que, con tanto mimo, le han cuidado; en los compañeros sacerdotes, que veníais a visitarle a la clínica y a la casa sacerdotal; en las numerosas personas que habéis querido expresarle vuestra cercanía en su debilidad y recibir su último consejo; en los apuntes que muchos habéis tomado a lo largo de años durante su predicación, sus conferencias y sus clases. Verdaderamente ha vivido para el Señor y ha muerto para el Señor.


2.- “No os asustéis (...) No está aquí. Ha resucitado”. Estas serenas palabras del ángel a las mujeres, cuando buscaban a Jesús de Nazaret en una tumba, constituyen el núcleo central de nuestra fe y de nuestra vida litúrgica: Jesucristo ha resucitado.

Las mujeres que le habían acompañado como discípulas, le habían visto morir en la cruz como un maldito y habían escuchado de sus labios esas palabras misteriosas en las que se dirigía a Dios, sintiéndose abandonado en el umbral de la muerte: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Le habían visto aparentemente derrotado por el sufrimiento y pensaban que la historia de Jesús se había acabado en un sepulcro. Ahora iban a buscar a un muerto para cumplir con sus despojos el piadoso deber de enterrarlo como se merece una persona, y fue entonces cuando se encontraron con la vida: con el Señor de la Vida, el Resucitado.

La historia de estas mujeres puede repetirse en nosotros, pues en momentos como éste, no es raro que nos asalte la tentación de quedarnos en el dolor y el recuerdo, hasta que en lo más hondo del corazón se oye una voz misteriosa que nos repite: “No está aquí. Ha resucitado”.

En el caso de don Francisco Parrilla, tenemos delante sus restos mortales, pero él, la persona que quisimos y queremos, ya no está aquí. La esperanza y la certeza de la misericordia divina nos aseguran que está con Dios, con Santa María y con todos los santos y que un día volveremos a encontrarle con su habitual dulzura, con su bondadosa sonrisa y con su mirada directa y atenta.

Pues el último servicio que nos hace como sacerdote es el de invitarnos a dirigir la vista al Señor resucitado, que nos acompaña al caminar y nos espera a todos. Porque la vida del hombre no termina, se transforma. Por eso, al celebrar la Eucaristía, no sólo hemos venido a llorar la muerte de un hermano, de un buen amigo, sino que venimos fundamentalmente a proclamar la resurrección de Jesucristo, el primogénito de todos, y a fortalecer nuestra fe y nuestra esperanza de que un día todos resucitaremos con Él.

Es lo que nos enseña también nuestra Madre, Santa María de la Victoria, que se mantuvo firme junto a la cruz de su hijo y, según testimonio de San Lucas, permaneció con los Apóstoles en oración, hasta que se les abrieron los ojos de la fe y acogieron con gozo la luz del Espíritu. Seguramente Ella le ha conducido de la mano, en la presencia de Dios, hasta su madre de la tierra que perdió siendo muy niño. 

También nosotros podemos hacer nuestra hoy las palabras de otro buen sacerdote y excelente poeta en las vísperas de su muerte:

“Morir solo es morir.
Morir no acaba.
Morir es una hoguera fugitiva
Es… cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.”

Eso es lo que pedimos para nuestro querido Paco Parrilla: que donde está Jesucristo esté también él, de modo que contemple su gloria para siempre. Nos consuelan las palabras con las que se dirige Jesús al Padre en la oración sacerdotal:

“Padre, este es mi deseo: que los que me confiaste estén siempre conmigo, donde yo estoy, y contemplen mi gloria” (Jn. 17, 24).

Pedimos a Dios con la oración del Beato D. Manuel González:

“Pastor Bueno,
haznos buenos pastores
dispuestos a dar la vida
por las ovejas.”

Danos numerosos y Santos Sacerdotes.

Descanse en paz D. Francisco Parrilla. Y como decía Santa Teresa de Jesús, a la que tanto admiraba, ha muerto “como hijo fiel de la Iglesia”, a la que ha querido más que a nada en el mundo y a la que trató de servir tan amorosamente.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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