DiócesisHomilías Mons. Dorado

Funeral del Rvdo. D. Bonifacio Guzmán Villalobos

Publicado: 29/12/2005: 571

1.- El día 12 de este mes de diciembre me decía Bonifacio: “Me siento bien; pero estoy preparado”. “Puede usted disponer de la parroquia de Vélez y nombrar a otro párroco. Ya son muchos meses sin poder atenderla. El Señor pude venir en cualquier momento. Si me pongo bien ya iré a otra parroquia”. Dos semanas más tarde, el Señor ha llamado a su puerta.

Este hombre menudo, inquieto, conversador, emotivo, ha ido madurando la aceptación de su muerte. No había desaparecido la esperanza y al mismo tiempo el temor al momento de morir. Pero sí observaba en él una creciente familiaridad con la muerte. Supo someter amorosa y confiadamente sus ganas de seguir viviendo a lo que Dios quisiera. Y Dios Padre le ha abierto la puerta, después de un largo Adviento, y acogiéndole en un abrazo le ha hecho plenamente hijo.


2.- Uno de los puntos oscuros de nuestro tiempo es la dificultad especial para aceptar la muerte. Siempre ha sido temible la muerte para el ser humano, que es, en su misma entraña, voluntad de vivir. Hoy, en la medida misma en que se debilita en tantas personas, incluso creyentes, la perspectiva de la resurrección y de la vida eterna, el natural temor a morir se nos ha convertido en miedo patológico.

Y ante este miedo podemos defendernos de muchas maneras: o manteniendo a la muerte lejos de nuestro pensamiento –el hombre y la mujer de nuestro tiempo ha decidido no pensar en la muerte, como si el hecho de no pensar en ella la volviera inexistente-, o nos defendemos de la muerte viviendo frenéticamente nuestra vida; es poner en práctica el lema de los antiguos epicúreos: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”.


3.- Pero no son éstas las reacciones de los auténticamente creyentes, ni lo que Jesús nos pide a nosotros. El Evangelio lo dice en una sola palabra: “VELAD”.

VELAR significa en primer lugar educar nuestros sentimientos. Dios no nos evita que temamos a la muerte, pero como hizo en Bonifacio, nos va familiarizando con ella. En el corazón mismo de nuestro temor Él pone esperanza. Nos va haciendo no sólo creer, sino sentir que, porque Jesucristo ha muerto y resucitado, tras la muerte está para nosotros la vida plena. Nos ayuda a desear esa vida eterna a medida que nos acercamos a ella. De esta manera Dios educa por su gracia nuestros deseos y nuestros temores. Ser creyente maduro equivale a domesticar nuestro miedo a la muerte y experimentar el deseo de la Vida Eterna.

Pero Dios no educa sólo nuestros sentimientos; dinamiza también nuestras fuerzas y nuestros brazos. VELAR significa intentar llenar nuestras manos de obras de piedad, honradez y misericordia.

VELAR significa también en el Evangelio llevar una vida en al que hagamos cuanto está en nuestras manos para:

- escuchar a Dios,
- para cumplir con nuestro deber,
- para querer y servir a las personas, y
- para ayudar a los necesitados.

Creo que Dios enseñó a Bonifacio a velar de esta doble manera.

Que la fuerza de la Palabra de Dios y la gracia de la Eucaristía nos ayuden a entender, a digerir y a gustar el misterio de la muerte.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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