DiócesisHomilías Mons. Dorado

La vida no termina, se transforma

Publicado: 22/04/2008: 921

Misa exequial por la hermana del Rvdo. D. Matías Baño Sánchez-Mateos

La muerte nos desconcierta y suele estar acompañada de dolor por la separación de los seres queridos.

Como humanos que somos, los católicos experimentamos también el miedo y el dolor, sin que tales sentimientos signifiquen que nuestra fe sea débil. Santa Teresita del Niño Jesús, por poner un ejemplo llamativo, vivió la proximidad de su muerte envuelta en oscuridad y sobresaltos, sin que estos sentimientos mengüen su santidad. Y los evangelistas nos han relatado que Jesús llegó incluso a sudar sangre mientras oraba en Getsemaní.

Sin embargo, los cristianos tenemos que mirar la muerte a la luz de la esperanza. No sólo creemos en la inmortalidad del alma, sino que la fe nos enseña que también vamos a resucitar en el Señor. Desconocemos el modo en que se va a realizar este fenómeno. Y San Pablo decía a los cristianos de su tiempo que será como el grano de trigo que se pudre primero bajo la tierra para dar luego fruto. Pero todas las comparaciones resultan inadecuadas cuando queremos hacernos una idea.

Sin embargo, lo que cuenta es la promesa, y esta fe en la resurrección ilumina la existencia del hombre y da sentido a nuestra vida y a cada uno de nuestros actos. Pues, como dice el Concilio Vaticano II, “el hombre no sólo es atormentado por el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la existencia perpetua. Juzga certeramente por in instinto de su corazón, cuando aborrece y rechaza la ruina total y la desaparición definitiva de la persona. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia, se rebela contra la muerte” (LG, 18).

Si nuestro destino final fuera la nada, todo el esfuerzo de búsqueda y de creatividad que es la historia de los hombres, carecería de interés y consistencia.

Pero la fe cristiana nos dice que caminamos al encuentro del Señor, y allí encontraremos transfigurados nuestros logros más hermosos, porque Dios saciará el hambre de amor y de felicidad que anida en nuestro espíritu y constituye una promesa y un signo de lo que nos espera al otro lado. También hallaremos a las personas que nos han precedido a la Casa del Padre, donde Dios enjugará todas las lágrimas. Al contemplarle cara a cara y acoger su amor, seremos semejantes a Él y cantaremos eternamente su alabanza.

Esto es lo que desea inculcarnos la Iglesia, para que recemos por los seres queridos en un horizonte de esperanza serena. Pues, como dice San Pablo en la Carta a los cristianos de Tesalónica, en Grecia, nosotros no tenemos que sucumbir a la tristeza “como los que no tienen  esperanza”, pues, “si creemos que Jesús murió y resucitó, de la misma manera, Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes 4, 14-17). También nosotros podemos decir, como el autor del libro del Apocalipsis (21, 1-8): “Yo vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios y arreglada como una novia se adorna para su esposo. Y escuché una voz que decía desde el trono:

“esta es la morada de Dios con los hombres; acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado”.

Y el que estaba sentado en el trono dijo:

“Todo lo hago nuevo”.

Rezamos todos con la Oración Colecta del martes de la V Semana de Pascua:

“Señor, Tú que en la Resurrección de Jesucristo nos has engendrado de nuevo para que renaciéramos a una vida eterna, fortifica la fe de tu pueblo y afianza su esperanza a fin de que nunca dudemos que llegará a realizarse lo que nos has prometido”.

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

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