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Su herencia no puede quedar encerrada en una tumba. Funeral de Mons. Emilio Benavent Escuín

Publicado: 05/01/2008: 630

S.I. Catedral 


1.- La muerte de un ser querido –y D. Emilio lo ha sido muchísimo para todos nosotros- es siempre para los cristianos un motivo especial de oración. Necesitamos comunicarnos con Dios.

Y éste es precisamente el motivo que nos reúne hoy y el sentido fundamental de esta celebración eucarística: orar, ponernos en contacto con Dios, darle gracias, solicitar su misericordia y consolarnos mutuamente con la Palabra de Dios. Es lo que decía San Pablo a los primeros cristianos de la Iglesia de Tesalónica, que estaban afligidos ante el misterio de sus muertos como “quienes no tenían esperanza”. Y es seguramente algo que estamos necesitando todos.


2.- “Su herencia no puede quedar encerrada en una tumba”, dijo el cardenal Montini en la oración fúnebre del Papa Juan XXIII, en la catedral de Milán. La muerte de D. Emilio Benavent nos congrega hoy en esta celebración eucarística, que debe caracterizarse por la oración y por el recuerdo amoroso y emocionado de quien fue nuestro padre y pastor durante muchos años.

Oración al Padre, por Cristo, en el Espíritu para que le sean concedidas la paz eterna y el gozo del encuentro con Dios a este fidelísimo ministro de la Iglesia. Una oración piadosa y agradecida, a fin de que nuestro querido D. Emilio oiga la voz potente que describe el libro del Apocalipsis:

“Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, pues lo de antes ha pasado”.

Una oración confiada, para que la muerte sea para él cumplimiento feliz de la promesa del Señor:

“Volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo, estéis también vosotros”.

Nos alegra la esperanza de que Dios “le ha hallado digno de sí” y de que “permanecerá junto a Él en el amor”, como dice el libro de la Sabiduría, porque “el que teme y practica la justicia, le es grato”.

Oración por D. Emilio Benavent y oración también por nosotros y por toda la Iglesia diocesana de Málaga y Melilla, para que sepamos valorar el testamento espiritual de este gran creyente, que amó tanto a Jesucristo y a los hombres, sus hermanos; y para que lo asumamos en nuestra vida personal y en nuestro trabajo apostólico como sacerdotes, como religiosos y como seglares.

De este modo, nuestra oración se convierte hoy en memorial, en memoria agradecida. “Su herencia no puede quedar encerrada en una tumba”, decimos también nosotros.


3.- No es fácil hacer un retrato de la figura espiritual de D. Emilio, ni un inventario de su acción pastoral como sacerdote y como Obispo. Fue ordenado sacerdote en 1943; y Obispo, en 1955. Fue Obispo Auxiliar y Coadjutor de la Diócesis de Málaga durante 12 años. Anteriormente fue párroco de San Patricio y canónigo de nuestra Catedral. En 1967 tomó posesión como Obispo de Málaga, pasando después a Granada como Arzobispo y más tarde a Madrid como Arzobispo Castrense.

Don Emilio Benavent asumió sin titubeos la empresa del concilio Vaticano II, apostó decididamente por la renovación de la Iglesia y, durante toda su vida, la mayor parte de sus actuaciones doctrinales y pastorales ha estado encaminada a poner en práctica los criterios y acuerdos del Vaticano II, venciendo la resistencia de los inmovilistas y reteniendo los bríos y las inconsciencias de los irresponsables. En este formidable empeño, siempre procedió con una profunda y paciente actitud de diálogo y de cercanía, sin caer en el dogmatismo de quien defiende la verdad sin tener en cuenta el respeto al hombre; y sin el relativismo a ultranza de la búsqueda de la unidad y del aplauso fácil, sin prestar atención al valor de la verdad.

Su grandeza y lo más valioso que nos queda de él es su recia vida teologal. Fue sencillamente un hombre de Dios.

Nos queda la herencia:

  De un hombre de Fe, que creyó siempre en Dios y, por eso, fue soberanamente libre para decir la verdad y defender la justicia a tiempo y a destiempo, sin acepción de personas.

  De un hombre de esperanza, que supo “soportar la cruz sin miedo a la ignominia” y nunca desfalleció falto de ánimos.

  Nos queda, sobre todo, la herencia de un hombre de amor generoso y sacrificado. Y como Jesús, con un amor preferencial por los pobres, por los oprimidos, por los que no contaban nada para nadie. Como ha dejado escrito, D. Francisco Parrilla, secretario suyo durante varios años: “La cercanía de D. Emilio a los obreros rompe distancias. Se crean relaciones nuevas entre el pueblo y la Iglesia”.


4.- Con la esperanza que nos la fe en la resurrección y en la vida eterna, y con el consuelo que nos ofrece la confianza en que D. Emilio ha llegado ya al encuentro que anheló en su constante búsqueda de Dios y que así estará siempre con el Señor, en torno a sus restos mortales celebramos esta misa funeral.

En ella:

- Damos gracias a Dios por las maravillas que ha realizado en D. Emilio y a través de su vida.

- Bendecimos a Dios, que le ha dado una larga vida y le ha purificado en su dolorosa enfermedad.

- Meditamos ante su cadáver en el misterio cristiano de la muerte.

- Recogemos con suma atención el aviso amoroso e interpelador de Dios en la muerte de una persona tan querida para nosotros.

- Deseamos que nuestro hermano ya esté experimentando la verdad de las palabras del Señor: “Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados y yo os consolare. Yo soy manso y humilde de corazón. En mi encontraréis descanso.

- Y esperamos que ya haya comprobado, como decía San Pablo: “Que nada ni nadie, ni la aflicción, ni la angustia, ni peligro alguno, ni la vida, ni la muerte nos puede separar de l amor de Dios, manifestado en Cristo”.

Dios es admirable en sus santos y nosotros nos reunimos para celebrar sus maravillas. El Señor ha estado grande con D. Emilio y estamos alegres, y damos gracias en esta Eucaristía de su paso por estas tierras nuestras como sacerdote y como Obispo.

Que el Señor acoja en su gozo a su siervo bueno y fiel. Amén

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga
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