DiócesisHomilías Mons. Dorado

Eucaristía en el funeral de D. José Álvarez Curiel

Publicado: 18/04/2008: 713

1.- La muerte de un ser querido es siempre para los cristianos un motivo especial de oración y de avivar nuestra fe. Necesitamos comunicarnos con Dios. Y ésta es precisamente la razón por la que nos reunimos hoy y el sentido de nuestra celebración religiosa: orar, ponernos en contacto con Dios, darle gracias, solicitar su y su misericordia.

Y consolarnos mutuamente con la Palabra de Dios. Es lo que decía San Pablo a los primeros cristianos de la Iglesia de Salónica que estaban afligidos ante el misterio de la muerte de sus seres queridos: Bendecimos a Dios que lo ha sostenido en su vida y le ha purificado en su enfermedad,

Meditamos junto a su recuerdo en el misterio cristiano de la muerte. Recogemos con suma atención el aviso amoroso e interpelador de Dios, contenido siempre en la muerte de una persona próxima a nosotros.


2.- La meditación cristiana de la muerte nos conduce eficazmente a aprovechar el máximo la vida. No es saludable aquella obsesiva meditación sobre la muerte que tal vez ensombreció con exceso nuestros años pasados.

Tampoco es saludable el actual olvido sistemático y deliberado de la perspectiva de la muerte. Este olvido se ha convertido hoy en una obsesión de signo contrario. Muchas personas reprimimos el pensamiento de la muerte. Esta represión, lejos de ser fuente de alegría y libertad, es origen de malestar y de trastornos. Reflexionar cristianamente sobre nuestra muerte nos conduce además a vivir ante Dios como hijos y como hermanos. Siempre me pareció muy cristiana la ponderada afirmación de Quevedo: “Amo la vida con saber que es muerte y amo la muerte por saber que es vida.

La muerte de D. José debe conducirnos a formularnos una pregunta única y múltiple: ¿estoy aprovechando o malogrando mi vida? ¿Estoy preparando a conciencia el último examen? ¿Estoy dispuesto a responder a Jesucristo el día en que me llame? ¿Estoy sembrando semillas de Resurrección? ¿Tengo ceñida la cintura y encendidas las lámparas?


3.- Deseamos y esperamos que nuestro hermano José ya esté experimentando la verdad de las palabras del Señor:

“Venid, los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… Yo soy manso y humilde de corazón… En Mi encontraréis descanso…”

Esperamos que ya haya comprobado que nada ni nadie, ni la aflicción, ni la angustia, ni peligro alguno, ni la vida, ni la muerte, nos pueden separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.
Porque la Virgen María, la Madre de tu Hijo, Madre también nuestra, siempre estuvo presente en la vida y en la muerte de nuestro hermano José, y porque sabemos que nos acompaña en todo momento, ¡te damos gracias, Señor!

Y hacemos nuestra hoy la proclamación de un cristiano del siglo II:

“Al solo Dios invisible, Padre de la Verdad, que nos ha enviado al Salvador y Autor de nuestra incorruptibilidad, por el cual nos ha dado también a conocer la verdad y la vida celestial, a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga
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