DiócesisHomilías Mons. Dorado

Domingo I de Cuaresma. Ciclo A

Publicado: 10/02/2008: 576

1.- En el Evangelio de hoy, primer Domingo de Cuaresma, se nos dice que fue el Espíritu Santo quien guió los pasos de Jesús hacia el desierto. Allí, con aquel ejercicio ascético de cuarenta días y cuarenta noches, en un ambiente de soledad y de oración, nos dejó el modelo de la Cuaresma cristiana.

Nuestra Cuaresma debe ser un ejercicio práctico de Espiritualidad. Las lecturas de hoy nos señalan las tentaciones y dificultades con las que tropezamos para vivir nuestra vocación de hijos de Dios, de amar a Dios como Padre y nos invitan a pedirle a Dios, como Jesús nos enseñó, que “no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal”.


2.- La Primera Lectura nos presenta la figura de Adán, rendida al pecado por la tentación, que consiste en querer ser Dios sin Dios.

En el Evangelio contemplamos la figura de Cristo venciendo al “tentador”, con una actitud de confianza en Dios, de obediencia y de oración.

La Carta a los Romanos (Segunda Lectura), compara y describe las dos situaciones respectivas del hombre:

  bajo el dominio del pecado, por su solidaridad con Adán,

  y en el Reino de la Gracia, por su incorporación a Cristo en el Bautismo.


3.- El proceso de la tentación y del pecado está descrito en el libro del Génesis de mano maestra: es el intento del hombre de ser como Dios sin Dios; ser el árbitro autónomo del bien y del mal.

En nuestro tiempo es el rechazo de Dios Padre porque entorpece la maduración del hombre, o frena la justicia social, o porque debilita el amor a la vida o recorta la libertad del hombre. En resumen, es la creencia de que hay que negar o prescindir de Dios, o reducirlo al ámbito privado, para afirmar al hombre y para que sea feliz.

El resultado, según el Génesis, es la desnudez, que es la manera bíblica de expresar la absoluta, miserable y ridícula indiferencia de la “Nada” que ha rechazado su apoyo en el Todo, en Dios. Esta Primera Lectura es una llamada a todo hombre sincero a que sepa reconocer en su propia fisonomía el parentesco que le une a Adán. El Salmo, que hemos rezado, es la respuesta del hombre sincero: “Misericordia, Señor, hemos pecado”.


4.- Jesús, que había sido proclamado Hijo de Dios en el Bautismo, experimenta también la tentación que consiste en apartar a Dios, que, ante todo lo que parece más urgente en nuestra vida, pasa a ser secundario o incluso superfluo y molesto.

Poner orden en nuestro mundo por nosotros solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades, reconocer como verdaderas solas las realidades políticas y materiales, y dejar a Dios de lado como algo ilusorio: ésta es la tentación que nos amenaza de muchas maneras. Jesús las vence en un ambiente de austeridad, oración y reflexión sobra las Sagradas Escrituras.

Su firme docilidad al camino trazado por el Padre es norma y criterio para que en la Iglesia de los hijos de Dios nunca se doble la rodilla ante Satanás. Y nos viene a decir que el deseo de todo hombre de ser como Dios, sólo se consigue viviendo como Hijo de Dios. En la tentación a que se ve sometida su condición de Hijo de Dios, Él responde reafirmando sus actitudes y comportamientos filiales, entre los que destacan:

  su confianza filial, llena de amor, en todas las situaciones de la vida: “el hombre no vive sólo de pan, sino de toda Palabra que sale de la boca del Padre”.

  su obediencia al Padre, como expresión de su amor filial: “No tentarás al Señor tu Dios”. Hacer la voluntad del Padre no es una obligación ni una carga, sino el alimento de su vida y el reconocimiento del amor del Padre.

  su reconocimiento de Dios como único Señor y centro de la vida: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás”.


5.- San Pablo, en la Segunda Lectura, proclama el gozoso mensaje de que por Cristo y en Cristo el hombre es elevado de la condición de pecador en Adán a la participación de la santidad de Dios.

Señor Jesús, tentado como nosotros: te damos gracias por habernos revelado, con tu ejemplo de fidelidad insobornable al Padre, el camino que nos lleva a la felicidad.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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