DiócesisHomilías Mons. Dorado

La Samaritana o sobre la Vida Eterna

Publicado: 24/02/2008: 922

Domingo III de Cuaresma. Ciclo A

El Evangelio de este III Domingo de Cuaresma es el fragmento de San Juan sobre la samaritana en el pozo. Todo el episodio está centrado sobre el simbolismo del agua. Jesús, cansado, se sienta junto al brocal del pozo. Viene allí una mujer de Samaria a sacar agua. Samaria es la actual Nablus, que es uno de los puntos calientes del conflicto hebreo-palestino. Le dice Jesús: “Dame de beber”.

Era como si en el Nablus de hoy un judío pidiera de beber a un palestino. La mujer se lo hace notar, pero Jesús replica: “Si conocieran el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú y él te daría agua viva”.

La mujer intuye que aquel desconocido con aire de profeta está buscando llevarla a un terreno “peligroso”, y se defiende cogiéndose al sentido material de sus palabras: “Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo…”, pero Jesús insiste: “el que bebe del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá, dentro de él, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.

Los dos tipos de agua, puestos en contraste aquí, indican dos modos de concebir y de realizar la propia vida, dos fines, dos horizontes distintos. La mujer samaritana ha buscado hasta ahora darle un sentido a su vida y llenar el vacío de su corazón con el amor de un hombre; pero, inútilmente, si, como le revela Jesús, ha pasado a través de cinco maridos y al presente vive con su amante. Hasta ahora no ha hecho más que beber el agua que no está en disposición de extinguir la sed; esto es, buscar la felicidad donde no está o es de corta duración.

A la samaritana y a todos los que en cierta medida se reconocen en su circunstancia, Jesús les hace una propuesta radical: buscar “otra agua”, dar un sentido y un horizonte nuevo a la propia vida: “¡un horizonte eterno!”.

“Eternidad” es una palabra caída hoy en “desuso”. Ha llegado a ser una especie de “tabú” para el hombre moderno. Nos admira y nos hace sonreír el pensamiento de lo que fue en su tiempo esta idea que dirigía e iluminaba toda la vida humana. Se cree que este pensamiento puede apartar del compromiso histórico concreto para cambiar el mundo, que es una evasión, un “desperdiciar en el cielo los tesoros destinados a la tierra”, decía Hegel, un ateo moderno: “No más cielo, ni más infierno; ya nada más que tierra”.

Pero, ¿cuál es el resultado? La vida, el dolor humano, todo, se hace inmensamente más absurdo. Se ha perdido la medida. Si falta el contrapeso de la eternidad, todo sufrimiento, todo sacrificio parece absurdo, desproporcionado, nos “desequilibra”, nos echa por tierra. San Pablo escribió: “la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”. En comparación con la eternidad de la gloria, el peso de la tribulación le parece “ligero” (¡a él, que sufrió tanto en la vida!), precisamente porque es “de un momento”. En efecto, añade: “Las cosas visibles son pasajeras, más las invisibles son eternas” (2 Cor 4, 17-18).

El filósofo Miguel de Unamuno, que era un pensador “laico”, a un amigo que le reprochaba, como si fuera orgullo o presunción, su búsqueda de la eternidad, respondía en estos términos: “Ya no digo que merezcamos un más allá, ni que la lógica nos lo demuestre; digo que lo necesitamos, lo merezcamos o no, y basta. Digo que lo que pasa no me satisface, que tengo sed de eternidad y que sin ésta todo me es indiferente. Sin ella no existe la alegría de vivir… Es demasiado fácil afirmar: “Hay que vivir, hay que conformarse con esta vida”. ¿Y los que no se conforman? No es quien desea la eternidad el que muestra que no ama la vida, sino quien no la desea, dado que se resigna tan fácilmente al pensamiento de que aquella deba terminar”.

Sería una enorme ganancia, no sólo para la Iglesia, sino también para la sociedad, redescubrir el sentido de eternidad. Ayudaría a reencontrar el equilibrio, a relativizar las cosas, a no caer en la desesperación ante las injusticias y el dolor que hay en el mundo, aún luchando contra ellas, a vivir menos frenéticamente.

En la vida de toda persona ha habido un momento en que se ha tenido una cualquier intuición de eternidad, un destello, un sentimiento, aunque confuso, de lo infinito. El sentido de la eternidad duerme dentro de cada uno de nosotros. Basta despertarlo para que se expanda de nuevo y nos invada con su perfume.
Hay que estar atento a no buscar la experiencia del infinito en la droga, en el sexo desenfrenado y en otras cosas, en las que, al final, sólo queda desilusión y muerte. “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed”, dijo Jesús a la samaritana. Hay que buscar lo infinito en lo alto, no hacia abajo. Por encima de la razón, no por debajo de ella, en las ebriedades irracionales.

Está claro que no basta con saber que existe la eternidad; se necesita también saber qué hacer para alcanzarla. Preguntarse como el joven rico del Evangelio: “Maestro, ¿qué debo hacer para tener la vida eterna?”. Leopardi, en la poesía “El infinito”, habla de un cercado que oculta de la vista el último horizonte. ¿Cuál es para nosotros ese cercado que oculta de la vista el último horizonte, hacia lo eterno? La samaritana aquel día comprendió que debía cambiar algo en su vida si deseaba obtener la “vida eterna”, porque en poco tiempo la encontramos transformada en una evangelizadora que relata a todos, sin vergüenza, cuanto le ha dicho Jesús. Lo más hermoso para un apóstol sería poder oír lo que los ciudadanos dijeron después de haber escuchado a Jesús: “Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que Este es verdaderamente el Salvador del mundo”.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

@DiocesisMalaga