DiócesisHomilías Mons. Dorado

Jornada Mundial de la Vida Consagrada

Publicado: 02/02/2007: 418

Jornada Mundial de la Vida Consagrada

“Huellas de la Trinidad en la historia” (Cita Consecrata, 20)


1.- “Impulsado por el Espíritu Santo, fue al templo” (Lc 2, 27).

Con estas palabras explica el evangelista San Lucas el motivo más profundo del encuentro del anciano Simeón con Jesús. Y pienso que también son las que mejor definen nuestra presencia aquí esta tarde: en algún momento de nuestra vida, nosotros nos hemos sentido llamados e impulsados por el Espíritu Santo a dejarlo todo y seguir sus huellas. Al contemplar nuevamente hoy la presentación de Jesucristo al Padre y escuchar que es proclamado por el Espíritu “Gloria de Israel y luz de las naciones”, nuestro corazón se llena hoy de alegría nuevamente. Y hemos pedido a Dios “la gracia de ser presentados delante de Él con el alma limpia para que podamos salir al encuentro del Señor” (Prefacio), que se hace presente cada día en la Palabra, en los Sacramentos, en la Comunidad y en todos los hermanos. Éste es el significado profundo de la Fiesta litúrgica que hoy celebramos. Un significado que encierra connotaciones muy especiales para las personas consagradas, don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu.

2.- “¿Qué sería del mundo si no existieran los Religiosos?”, se preguntaba Santa Teresa (Libro de la Vida, cap. 32, 11). Esta misma inquietud ha llevado a la Iglesia a establecer la Jornada de la Vida Consagrada. Es un medio más para redescubrir y proclamar que “la misión de la vida consagrada en el presente y en el futuro de la Iglesia… no afecta sólo a quienes han recibido este especial carisma, sino a toda la comunidad”. Como dice la Exhortación Apostólica “Vita Consecrata”, “la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia y es elemento decisivo para su misión” (VC, 3). Precisamente por eso, uno de los objetivos de esta Jornada consiste en promover en todo el pueblo de Dios el conocimiento y la estima de la Vida Consagrada, que, como dice el lema de este año, “se convierte en una de las huellas concretas que la Santísima Trinidad deja en la historia para que los hombres puedan descubrir el atractivo y la nostalgia de la belleza divina” (VC, 20).

La legítima insistencia en la vocación de los seglares, y en su misión evangelizadora, puede haber dejado en la penumbra, de manera involuntaria, la grandeza de la Vida Religiosa y de su papel insustituible dentro de la Iglesia.

De ahí que hayamos de buscar formas de presentar a nuestras comunidades cristianas el tesoro tan inestimable de espiritualidad, de trabajo con los más pobres, de promoción de la mujer, de educación de la infancia y la juventud y de atención a los enfermos y a los mayores, que estáis llevando adelante los Religiosos y las Religiosas… Vuestros carismas y las tareas que desarrolláis en campos muy diversos, han enriquecido la vida de la Iglesia por una parte; pero han sido también una valiosa aportación al desarrollo y al progreso de la sociedad. Con mucha frecuencia habéis sido, y seguís siéndolo, pioneros en la atención a los enfermos, en el cuidado de ancianos, la promoción de la mujer, en los más variados aspectos del campo de la enseñanza y ante las nuevas formas de pobreza.

Mas, con ser importante vuestro servicio a la sociedad, la grandeza de la Vida Consagrada, se echa de ver en la belleza intrínseca de esta vocación en la que una persona lo deja todo por servir a Dios en sus hermanos. Lo que más impresiona es el sentido mismo de la vida religiosa; el que existan personas seducidas por el amor de Dios, capaces de entender y plantear la vida como don gratuito, según los consejos evangélicos. Sin pretenderlo, sois una denuncia frente a la sociedad hedonista y sois el anuncio de otra forma de vida más apasionante y más humanizadora.

3.- “José y María, la madre de Jesús, estaban admirados de lo que se decía del Niño” (Lc 2, 23).

Sorprende que María y José necesitasen ayuda para conocer quien es ese Niño que Dios les ha confiado; pero así de desconcertante es cuanto se refiere a la Encarnación del Hijo de Dios.

Por eso es bueno que os ayudemos los demás a redescubrir la grandeza y la belleza de la Vida Consagrada. Vosotros la vivís desde dentro y palpáis de cerca el aspecto de humillación y de ocultamiento que tiene el seguimiento de la Vida de Jesús en la vida religiosa; y por ello es posible que la oscuridad de la fe y la realidad de la Cruz os priven a veces de saborear la grandeza de vuestra vida. De ahí que otro de los objetivos que persigue esta Jornada es el de ayudaros a redescubrir que vuestra vocación es el tesoro que llena vuestra vida.

Como dice el Papa: “En un mundo con frecuencia agitado y distraído, las personas consagradas, comprometidas a veces en trabajos sofocantes, serán también ayudadas por la celebración de esta Jornada anual a volver a las fuentes de su vocación, a hacer un balance de su vida, a renovar el compromiso de su consagración”.

Quiere la Iglesia que esta Jornada os ayude a descubrir la belleza divina de vuestra vocación y la abundante riqueza de dones con que el Espíritu Santo os ha ido bendiciendo. Muchas veces no logramos entender los caminos de Dios, pero al revisar el pasado y contemplar con fe nuestra historia, advertimos que Él nos ha ido llevando con delicadeza y con amor de Padre. María y José nos lo dicen con su ejemplo sencillo y maravilloso.

Por una parte, Dios no les ahorró dificultades y preguntas inquietantes; más, por otra, los sostuvo y los fue guiando con su amor entrañable y cercano.

4.- “Oh, Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra”. Son las palabras del canto de entrada de la Misa de hoy, y son también el objetivo primero y principal de esta Jornada: “alabar más solemnemente al Señor y darle gracias por el gran don de la vida consagrada”. En primer lugar, cada uno y cada una por su vocación y por el propio carisma, que ha enriquecido la Iglesia.

De forma especial, por tantos religiosos y religiosas que han consumido su vida en el silencio y que, ya mayores, son un espléndido ejemplo de humildad, sencillez, de obediencia madura, de piedad sólida, de austeridad alegre y de celo apostólico ardiente. Los conocéis bien, porque habitan en vuestras casas y los cuidáis con cariño en vuestras comunidades.

Finalmente por quienes llevan hoy, en este tiempo de sequía vocacional y esperanza contra toda esperanza, el peso duro de un trabajo que sobrepasa lo que parece humanamente razonable.

Para terminar, vamos a pedirle a la Virgen, que tuvo el gran privilegio de presentar al Padre a Jesucristo, su Hijo Unigénito, como oblación pura y santa, “que nos alcance estar constantemente abiertos y receptivos a las grandes obras que Él mismo no cesa de realizar para bien de la Iglesia y de la humanidad entera” (Juan Pablo II).

 

+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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