DiócesisHomilías Mons. Dorado

Misa “in Coena Domini”

Publicado: 20/03/2008: 558

1.- La Iglesia conmemora en este día de Jueves Santo la Última Cena de Jesús: Cena que se hace presente en la Eucaristía, en la Santa Misa.

Según los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas, la Última Cena tuvo lugar el día en que los judíos celebraban la gran Fiesta de la Pascua. Por eso la Primera Lectura de hoy refiere las disposiciones dadas por Dios el pueblo judío para la Pascua, antes de la salida de Egipto, donde estaban esclavizados.

La Segunda Lectura es el relato que hace San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, 11, 23-26, de la Cena del Señor en la noche en que iba a ser entregado.

El Evangelio (Juan 13, 1-15), recoge otro episodio de la misma noche: Jesús, en actitud de siervo, lava los pies a los discípulos.


2.- La Pascua ha sido un momento decisivo en la vida del pueblo judío. El pueblo se encuentra en Egipto esclavo, sufriendo una opresión que se volvía cada vez más pesada y mortífera, porque además de las medidas de represión adoptadas por el faraón, estaba también la muerte de los niños judíos varones.

El Señor interviene y ordena a Moisés y Aarón preparar la Pascua. Los judíos deben procurarse un cordero por familia; después, a la noche, deben matarlo y untar con su sangre las jambas y el dintel de las puertas de las casas donde los judíos habitan.

El Señor explica: “esa noche atravesaré todo el territorio egipcio dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales, y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor”. De este modo, gracias a esta intervención decisiva del Señor, se pondrá fin a la opresión.

“La sangre será vuestra contraseña en las casas donde estéis: cuando vea la sangre pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora cuando yo pase hiriendo a Egipto”. La sangre será la señal para que el ángel exterminador pase de largo. La palabra “Pascua” significa, en efecto, “pasar de largo”.

Así empieza la historia del pueblo judío; la historia de la liberación y del camino hacia la Tierra Prometida.

Jesús debe celebrar su Pascua durante la fiesta judía, y la hace preparar con gran cuidado. San Pablo nos lo ha contado en la Segunda Lectura.

Esta es la pascua cristiana: un paso extraordinariamente dramático y positivo. El Señor Jesús transforma toda la situación del mundo con estos gestos sencillos y con esas palabras inesperadas. Toda nuestra vida cristiana se basa en esta transformación de la muerte de Jesús en acontecimiento de Alianza, en virtud de la generosidad de amor y de corazón que Jesús manifiesta la noche de la Última Cena, que se hace presente para nosotros cada vez que celebramos la Santa Misa o la Eucaristía, que es la expresión del amor humilde y servicial de Dios, que es el alma de la vida cristiana.

La Eucaristía, como dice el Vaticano II, es la fuente y la meta de la vida cristiana, del amor verdadero, de la Caridad.

La historia de la Iglesia nos ha legado el testimonio precioso y conmovedor de un grupo de cristianos que, en tiempos de la persecución de los emperadores romanos, son sorprendidos por los soldados celebrando “clandestinamente” –porque estaba prohibido bajo pena de muerte- la Eucaristía. Al ser apresados para ser condenados, ellos responden a sus perseguidores: “no podemos vivir sin celebrar la Eucaristía”. Aquellos mártires de Abilene habían comprendido que una vida cristiana que no va a Misa el Domingo, no puede subsistir.

La Eucaristía que, celebrada en todos los rincones del mundo, actualiza para nosotros la Muerte y la Resurrección de Jesucristo, es el Misterio de Dios, que suministra y comunica a toda la Iglesia y a cada uno de nosotros, la energía necesaria para amar, servir, perdonar, aguantar, esperar y orar.

Nosotros vivimos básicamente de la Eucaristía, no de los cursillos, las sesiones de catequesis ni de las obras de caridad. Toda esta actividad y el espíritu necesario para realizarla, requieren el flujo vital de la misma Eucaristía. Al participar en la Eucaristía entramos de lleno en el Misterio Pascual de Cristo y recibimos la fuerza de su Pasión y la acción del Espíritu Santo para seguir adelante.

En la novela “Quo vadis?”, un pagano pregunta a Pedro, recién llegado a Roma: “Atenas nos ha dado la sabiduría, Roma la ley y el poder. ¿Qué nos ofrece vuestra Religión Católica?”. Y Pedro responde: “el Amor”. Esta es la gran aportación de nuestra fe a la comunidad humana: el relieve, la fuerza, el testimonio de amor que ha ofrecido a un mundo siempre tentado de priorizar el dinero, la producción, la fuerza, el poder, la ciencia, la explotación.

Sabemos por experiencia en qué se convierten esos valores cuando les falta el amor. Seamos testigos del amor recio, comprometido, servicial, humilde, compasivo, afectuoso. Este es nuestro primer testimonio. La Eucaristía es la fuente siempre activa del amor verdadero, que es más duradero que el amor pasional, más generoso que el amor simplemente erótico, más fiel que el amor basado en un intercambio de intereses.

San Juan nos dice en su Evangelio que “Dios es amor”: y esa es la convicción central de nuestra vida cristiana. Sólo este amor cura nuestras heridas, da sentido a la vida y motivos para vivir y sufrir.

Sólo este amor cura nuestras heridas, nos hace capaces de sobrellevarnos y de perdonarnos. Sólo el amor cristiano nos permite ponernos en la piel del otro, sentir su interior y compartir con él nuestro sufrimiento.

Hoy pedimos al Señor que infunda en nuestro corazón el espíritu de amor y servicio, que puede transformar el mundo que nos rodea.

“En todo amar y servir”. Esta es la gran enseñanza del Jueves Santo.


+ Antonio Dorado Soto,
Obispo de Málaga

Diócesis Málaga

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